Archive for January, 2007
Túnez día 72: Sobre gacelas y dromedarios

20070128235357-dibujo.jpg

 

Los tunecinos son, a veces, unos poetas. ¿Que una muchacha es guapa y está de buen ver? Pues se le dice gacela y santas pascuas. Si se piensa detenidamente, sin acritud, es un piropo bastante conseguido. El que no lo crea así que vea algún documental de esos que echaban en La2 (ha pasado tanto tiempo desde la última vez que no me atrevo a afirmar con rotundidad que aún siga emitiéndolos). Las gacelas son animales realmente bellos. A mi no me importaría que me llamasen gacela.

He pasado en este país 72 días, sin contar los días de vacaciones que he regresado a España (aclaro esto porque ya me ha comentado algún que otro conocido que no le salían las cuentas). Me han parado policías, en controles y haciendo autostop, he estado en zocos y he regateado, no siempre con éxito, con bastantes vendedores. En las ciudades se me han acercado guías espontáneos en busca de negocio. He coincido con gente de lo más variopinta en los hoteles. He hablado, discutido, regateado, reído e ignorado a un sinfín de personas y he provocado un sinfín de reacciones. Ninguna comparable con el hecho de pasear con una gacela por Túnez.

Las situaciones más graciosas se producen cuando a ELLA la confunden con una aborigen del país. Si no fuese porque su piel es bastante más clara el resto de sus rasgos tienen ese misterio de la belleza de ciertas mujeres árabes.

El caso es que en Djerba un policía nos lo dijo abiertamente y de hecho continuamos nuestro paseo sin convencerle de que “Elle ne est pa tunisienne”. O como el vendedor de Medenine que me pregunto de donde había sacado esa “gazelle tunisienne” En ciertos lugares donde los policías nunca me habían parado al verla a ELLA lo hacen y al comprobar mi pasaporte español algunos nos miran asombrados. Otros ríen como intentando decidir quien tiene más suerte si yo por ir con una bella tunecina o ella por haber cazado a un joven extranjero.

Así estamos recorriendo el país. ELLA levantando pasiones y yo con cara de dromedario.

Túnez, día 71: ¿Se puede pedir más?

20070128205750-27-enero-2007-ksar-ghilane-023.jpg

 

ELLA está aquí.

De hecho lleva unos días conmigo aquí en Túnez. Ya he comentado alguna vez y si no lo hago ahora, que no me importa viajar solo. Aprecio bastante las ventajas de esta situación y me acomodo rápidamente a las desventajas.

A partir de ahora no ocurrirá así. Cada vez que me encuentre solo me acordaré de este viaje. Recorrer un país con ELLA, descubrir nuevos detalles, organizar las cosas pensando que todo salga bien, no solo para disfrutarlo yo sino para que lo disfrutemos los dos.

No es el primer viaje que hacemos juntos pero si el primero en el que estamos solos sin tener que “coordinarnos” con nadie, ni compañeros ni anfitriones (desde aquí millones de besos a todos por vuestra compañía y vuestra hospitalidad).

A los que me conocéis y a los que no deciros que ELLA está aquí. ¿Se puede pedir más?

Túnez, día 64: Árboles que nunca caen

chorradas-en-gafsa-013.jpg

Hay quien dice que si un árbol cae en la soledad de un bosque y  no hay nadie que lo escuche caer no se produce ningún ruido. Hay quienes se limitan a afirmar que  no podemos afirmar con seguridad que se produzca ruido alguno.

 

¿Es condición para existir ser percibidos por el mundo que nos rodea? ¿Si no existe percepción las cosas dejan de existir?

 

El otro día tuve un sueño bastante extraño. Por alguna razón que no llego a recordar me era imposible empezar ninguna comunicación desde Túnez con ninguna de las personas conozco. No me refiero a la gente de aquí. Me refiero que no podía hacer ninguna llamada telefónica, ni escribir ningún correo electrónico ni ninguna carta convencional.

Por extraño que parezca solo podía contestar a las llamadas, responder a los correos electrónicos que me llegasen y utilizar el mismo sobre y el mismo sello para enviar mis cartas.

 

Pero no se producían llamadas, ni recibía correo de ningún tipo. La gente dejó de recibir noticias mías y a nadie le extraño. En el sueño no se daba ninguna razón para ello. “Por ahí andará dando vueltas e ingeniándoselas para seguir adelante” pensarían.

 

Un día me llego una carta de la empresa y me trasladaron de país. No pude notificárselo a nadie. La vida pasaba, los hechos se sucedían y nadie se enteraba. La gente de Túnez y de mi nuevo país no contaba en el sueño. Quizás porque cambiaba continuamente de ciudad como para que se diesen cuenta de mi existencia. En algunos pueblos llegaba al atardecer, trabajaba de noche y me iba antes de que amaneciese.

Poco a poco empecé a deambular como un fantasma, como una sombra. En el sueño sentía como la gente se iba olvidando de mi. La vida pasaba y yo me iba con cada recuerdo que el tiempo les arrancaba de la memoria. Iba enfermando, de melancolía dirían  los antiguos doctores, de falta de memoria diría yo. Casi no comía, veía las cosas borrosas y los sonidos me llegaban como susurros traídos por el viento. Las fuerzas me iban fallando y mi piel adquiría un tono violáceo.

 

Un día al despertar sentí que no era capaz de levantarme. Con cada bocanada de aire que salía de mis pulmones se me iba la poca vida que aún me quedaba. Suspiré resignado a mi suerte, llorando por no poder despedirme de mis seres queridos. Los ojos se inundaron de tristeza pero no pude secármelos. No podía mover ni un solo músculo.

En ese momento, en el último instante de mi vida sonó el teléfono. Podía oírlo en la lejanía aunque sabía perfectamente que estaba a unos centímetros de mi cabeza, en la mesilla de noche, junto al vaso de agua y al mando de la televisión que había sido mi única compañera durante los últimos días.

 

El teléfono seguía sonando y sonreí tranquilo al saber que en el momento de mi muerte alguien se acordaba de mi.

 

No pude exhalar el suspiró final porque en ese instante me desperté, la almohada empapada en lágrimas y sudor. En la mesilla el teléfono sonaba avisando de que era hora de empezar un  nuevo día. Tardé unos minutos en reaccionar Al levantarme abrí la ventana de mi habitación y me alegré al escuchar los cientos de sonidos que llegaban desde el exterior, al sentir el aire en mis pulmones y ver el Sol surcando el horizonte. No se si que yo sienta la vida será condición para que exista, pero a mi me hicieron sentir más vivo que nunca.

Túnez, día 59: No quiero ser un turista más.

tunez-nefta-y-chebika-171.jpg

Ayer bajé de nuevo al desierto. No me aburre. Cada vez me gusta más. Me gustaría tener un poco más de tiempo para adentrarme en el y no quedarme tan solo en la frontera, intuyendo mil y un secretos. Secretos que estando al alcance de mi mano aún no he reunido el valor de ir a reclamarlos solo para descubrir después que muchos antes que yo lo intentaron. Los hallaron y tuvieron que dejarlos allí para que los reclamen los que les siguieron. Una vieja ley de la aventura: nada te pertenece aunque lo hayas conseguido. El único premio es la experiencia de haber llegado.

Y así bajo una y otra vez a observar lo que nunca será mío ni de nadie.

Sacando al guía turístico que todos llevamos dentro lleve a uno de mis compañeros de trabajo a que conociera Nefta, Chebika, el Chott y viese la puerta del desierto. Excursión que no es nueva para mi y sin embargo llena de nuevos detalles. Esta vez detalles que me han hecho reflexionar, como casi todos, sobre mi condición de extranjero y turista en este país que me acoge.

La última vez que estuve en Nefta ya conté que contrate los servicios de un guía (ver Túnez día 34: Otro domingo, otro regalo). Cuando nos despedimos me pidió que le enviase alguna de las fotos que había tomado y le dije que no se preocupara que seguro que volvía por allí y que yo mismo se las llevaría. Después de aquello he estado un par de veces en Sevilla y aunque me he acordado de mi promesa nunca he encontrado el tiempo (pobre excusa) de imprimir alguna foto. Y así me plante ayer en Nefta, sin ninguna foto que llevarle. Se que no le debo nada pero no es bueno empeñar la palabra con promesas vacías.

Como el mundo es un pañuelo y estas pequeñas ciudades lo son aún más me encontré con el guía paseando por la Medina de Nefta. Yo con mi compañero y el con un matrimonio alemán. Le salude al pasar y el me devolvió el saludo no se si por educación o porque se acordaba de mi. No pude descifrar la expresión de su cara. Pasé el resto de la mañana pensando que hubiese pasado si hubiese llevado las fotos encima. Quizás he dejado pasar la oportunidad de hacer un amigo en un lugar tan remoto como este o quizás…

Antes de comer y siguiendo la misma ruta que me enseñó el guía, por cierto se llamaba y se llama Naceur, la última vez nos adentramos un poco en el desierto para encontrar las primeras dunas de arena. Hay un camino transitable por vehículos, posiblemente por el que pasan todos los turistas y por el abandonamos la carretera. Pocos cientos de metros más adelante distinguimos las primeras dunas. Cerca de ellas había una jaima con camellos y se podían distinguir algunas personas con trajes beréberes. Al pasar a su lado mi compañero le saludo y vimos como una docena de niñas, 11 a 13 años, y un par de mujeres se levantaban y seguían el coche. Seguimos el camino otros quinientos metros o algo más y nos bajamos del coche para pasear por las dunas. Al mirara atrás vimos que el grupo de beréberes se acercaba. Las niñas con muchos objetos en las manos y un hombre con un dromedario. Reconocí al mismo hombre, no al animal, que me ofreció un paseo en dromedario la primera vez que estuve aquí. Como tampoco había mucho más que ver y siendo ya la hora de comer nos acercamos al coche. A las niñas les quedaban unos cien metros para llegar a nuestra posición. Al ver que nos dirigíamos al automóvil empezaron a correr como posesas incluida la mujer que ya estaba algo entrada en años. Fue impresionante ver como se desplegaron cerrando todo camino de escape y como se lanzaron sobre el coche. Yo, en cuanto las vi correr entré y cerré mi puerta aunque no arranque a pesar de las protestas de mi compañero. No quería empezar a mover el coche con alguna delante porque veía la desesperación en sus caras y no me fiaba que se apartasen. Mi compañero a su vez se ocupó su asiento pero no cerro la puerta, no se si por inconciencia o por falta de reflejos. El caso es que 6 o 7 niñas se abalanzaron sobre él, peleándose por un sitio en primera fila y poniendo objetos de artesanía, pulseras y unos camellos de lana feísimos, en las manos y el regazo de mi copiloto. La situación era grotesca, al principio reímos e incluso saqué unas fotos del ataque. Deje de hacerlo cuando miré la cara de aquellas niñas, su expresión de verdadera desesperación por vender algo, los codazos que se daban con saña. En un intento de calmar las cosas cogí un camello y una pulsera y pagué con las monedas que salieron de mi bolsillo. No las miré, la niña que las cogía tampoco. Di un par de palmadas, grite “Le, le, le” y “Sava” pero como si predicase en el desierto. No se apartaron de la puerta que seguía abierta. Mi compañero dio un grito de desesperación. Yo arranqué el motor y viendo que no había ninguna delante aceleré fuertemente en punto muerto y con el freno de mano puesto. Alguna de nuestras atacantes se apartó. Quité el freno, puse primera y avancé. Todas las niñas dieron un paso atrás y cuando mi amigo intento cerrar la puerta la mujer mayor se agarró a ella y empezó a seguirnos. Aceleré un poco pero la pobre mujer no quería soltar su presa. Frené un poco lo que hizo que se golpease contra la puerta pero no se soltó. Mi copiloto le empezó a hacer cosquillas, creo incluso que le cogió una teta sin querer, y la mujer se limito a reír pero no se soltó. Aceleré un poco más y al final le faltaron las fuerzas y nos dejó marchar.

Viéndonos “libres” de aquella situación mi amigo y yo reímos a carcajada limpia.

Por la tarde, antes de emprender el viaje de regreso, mientras contemplaba de nuevo uno de los más bellos atardeceres de mi vida reflexione sobre el asunto y sobre lo triste que puede ser la vida. Quizás algún día os cuente mi opinión al respecto.

Túnez día 55: Volvemos a las andadas

Hace ya algún tiempo escribí sobre lo fácil que puede llegar a ser acostumbrarse a ciertas cosas. Recuerdo aún que el post fue un  tanto “polémico” por la contestación de uno de mis lectores.

Yo no le di mucha importancia, a mis opiniones me refiero. Pensaba en el fondo que cada cual es como es se vea obligado a dormir por una vez en colchón de plumas o sobre la hierba.

 

Que de cierto es eso que la disciplina fortalece el espíritu y los vicios, ya sean estos simples lujos o no tan simples, lo debilitan.

 

Estoy alojado en un buen hotel. La habitación es limpia y confortable. La cama cómoda y el agua de la ducha caliente.

A punto he estado de pedir que me la cambien.

Indignado por la falta de consideración.

¿Qué han sido de las habitaciones en primera planta, con terraza al jardín y distribución duplex en la que me había alojado en las otras ocasiones?

Me acabo de duchar con agua fría como castigo a mis pensamientos sibaritas.

 

Aún estoy pensando si dormir hoy en el suelo para redondear el escarmiento

Túnez, día ya ni se sabe.

Hace bastantes días que no escribo nada en este diario de viaje y por ende no he publicado nada en el blog. Hoy por hoy uno es el otro y el otro es uno.

Acabo de comprobarlo, nueve días. Eso es mucho tiempo. Además ni siquiera voy a publicar esto hoy o mañana o quizás pasado mañana.

Reflexionando sobre lo sucedido veo días aburridos de trabajo y viaje.  Veo un viaje relámpago a casa.

Regreso al hogar por Navidad, como el turrón. Sorpresas para todos, llantos y risas por igual. Emoción a raudales.

Noche Buena y Navidad. Dos fechas entrañables y llenas de recuerdos han pasado igual de fugaces que mi estancia en el hogar.

 

Aún recuerdo esas largas veladas del 24 de Diciembre. Esa cena pausada seguida de un festín de dulces al calor de la mesa de camilla. Villancicos, risas y por alguna extraña razón la televisión sintonizada en la única cadena que había la Primera (la segunda es documental e informativa, pero no navideña, así que no cuenta). No se le hacía mucho caso pero el especial de Noche Buena era el hilo musical de la larga sobremesa. Pero para larga la sobremesa de Navidad, que se extendía durante horas interminables. Los postres se hacían merienda y las sobras se convertían en cena. Entre comida, juegos y primos parecía que ese día no iba a acabar nunca y acaba cuando empezaba a empachar, justamente cuando debía de hacerlo.

 

Ahora, cuando he querido saborear los mazapanes, me he encontrado subido a un avión rumbo a Túnez. Y siento decirlo pero aunque me hubiese quedado un mes en casa las fiestas hubiesen sido igual de rápido. Creo que cuando se crece el reloj decide ir a un ritmo diferente que cuando eres niño.

 

Niños…es por eso por lo que he empezado a escribir hoy.

No, realmente he empezado a escribir porque he tenido un momento de tranquilidad. Me encuentro en el tren y rítmico va y ven con el que te acuna siempre me ha hecho pensar. No ocurre lo  mismo con el autobús o el avión. Tienen otros encantos pero el tren te permite encontrarte contigo mismo. Al menos te permite descansar y pensar durante un rato. 

He pasado mucho tiempo de mi vida cuidando niños. He sido voluntario en un par de asociaciones infantiles y juveniles. Es sorprendente con que sencillez se enfrentan a la vida. Sencillez que a veces los adultos no llegamos a comprender.

 

Hoy me han acompañado muchos niños en mi viaje de regreso a casa. Desde la pequeña futura Miss España, una pequeña rubia que jugaba con maquillaje y que tenía embobados a todos los azafatos de Tunisair, incluyendo el mostrador de facturación hasta una criatura de 3 meses que miraba todo con sus ojos bien abiertos como

Sin olvidarnos con el niño rizado con el que he estado jugando al escondite en el avión o era en la jungla, quizás fuese en un barco pirata. No lo recuerdo con seguridad.

 

La mirada de un niño, su capacidad para imaginar mil y un mundos maravillosos. Me pregunto hasta que punto nosotros, los adultos y nuestro mundo, les influenciamos, los moldeamos hasta adaptarlos a lo que creemos es la visión correcta de la vida.

Hoy en el avión, tras el despegue he vuelto a mirar por la ventanilla. Esta vez más interesado que otras porque un niño que se sentaba detrás de mí miraba casi con devoción, le faltaban ojos y ventanilla para descubrir todo lo que quería.

 

En un momento dado se ha girado y le ha dicho al padre: ¡Mira papa, mira! Las casas…que pequeñas. Se parece al Googlemap.

La normalidad, la referencia para este niño es una pantalla de ordenador. El mundo real lo ve cada día en su cuarto y este avión con su pequeña ventanilla no son más que intentos no muy conseguidos de imitar esa realidad.