Hace bastantes dÃas que no escribo nada en este diario de viaje y por ende no he publicado nada en el blog. Hoy por hoy uno es el otro y el otro es uno.
Acabo de comprobarlo, nueve dÃas. Eso es mucho tiempo. Además ni siquiera voy a publicar esto hoy o mañana o quizás pasado mañana.
Reflexionando sobre lo sucedido veo dÃas aburridos de trabajo y viaje. Veo un viaje relámpago a casa.
Regreso al hogar por Navidad, como el turrón. Sorpresas para todos, llantos y risas por igual. Emoción a raudales.
Noche Buena y Navidad. Dos fechas entrañables y llenas de recuerdos han pasado igual de fugaces que mi estancia en el hogar.
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Aún recuerdo esas largas veladas del 24 de Diciembre. Esa cena pausada seguida de un festÃn de dulces al calor de la mesa de camilla. Villancicos, risas y por alguna extraña razón la televisión sintonizada en la única cadena que habÃa la Primera (la segunda es documental e informativa, pero no navideña, asà que no cuenta). No se le hacÃa mucho caso pero el especial de Noche Buena era el hilo musical de la larga sobremesa. Pero para larga la sobremesa de Navidad, que se extendÃa durante horas interminables. Los postres se hacÃan merienda y las sobras se convertÃan en cena. Entre comida, juegos y primos parecÃa que ese dÃa no iba a acabar nunca y acaba cuando empezaba a empachar, justamente cuando debÃa de hacerlo.
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Ahora, cuando he querido saborear los mazapanes, me he encontrado subido a un avión rumbo a Túnez. Y siento decirlo pero aunque me hubiese quedado un mes en casa las fiestas hubiesen sido igual de rápido. Creo que cuando se crece el reloj decide ir a un ritmo diferente que cuando eres niño.
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Niños…es por eso por lo que he empezado a escribir hoy.
No, realmente he empezado a escribir porque he tenido un momento de tranquilidad. Me encuentro en el tren y rÃtmico va y ven con el que te acuna siempre me ha hecho pensar. No ocurre lo mismo con el autobús o el avión. Tienen otros encantos pero el tren te permite encontrarte contigo mismo. Al menos te permite descansar y pensar durante un rato.Â
He pasado mucho tiempo de mi vida cuidando niños. He sido voluntario en un par de asociaciones infantiles y juveniles. Es sorprendente con que sencillez se enfrentan a la vida. Sencillez que a veces los adultos no llegamos a comprender.
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Hoy me han acompañado muchos niños en mi viaje de regreso a casa. Desde la pequeña futura Miss España, una pequeña rubia que jugaba con maquillaje y que tenÃa embobados a todos los azafatos de Tunisair, incluyendo el mostrador de facturación hasta una criatura de 3 meses que miraba todo con sus ojos bien abiertos como
Sin olvidarnos con el niño rizado con el que he estado jugando al escondite en el avión o era en la jungla, quizás fuese en un barco pirata. No lo recuerdo con seguridad.
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La mirada de un niño, su capacidad para imaginar mil y un mundos maravillosos. Me pregunto hasta que punto nosotros, los adultos y nuestro mundo, les influenciamos, los moldeamos hasta adaptarlos a lo que creemos es la visión correcta de la vida.
Hoy en el avión, tras el despegue he vuelto a mirar por la ventanilla. Esta vez más interesado que otras porque un niño que se sentaba detrás de mà miraba casi con devoción, le faltaban ojos y ventanilla para descubrir todo lo que querÃa.
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En un momento dado se ha girado y le ha dicho al padre: ¡Mira papa, mira! Las casas…que pequeñas. Se parece al Googlemap.
La normalidad, la referencia para este niño es una pantalla de ordenador. El mundo real lo ve cada dÃa en su cuarto y este avión con su pequeña ventanilla no son más que intentos no muy conseguidos de imitar esa realidad.