
Ayer bajé de nuevo al desierto. No me aburre. Cada vez me gusta más. Me gustarÃa tener un poco más de tiempo para adentrarme en el y no quedarme tan solo en la frontera, intuyendo mil y un secretos. Secretos que estando al alcance de mi mano aún no he reunido el valor de ir a reclamarlos solo para descubrir después que muchos antes que yo lo intentaron. Los hallaron y tuvieron que dejarlos allà para que los reclamen los que les siguieron. Una vieja ley de la aventura: nada te pertenece aunque lo hayas conseguido. El único premio es la experiencia de haber llegado.
Y asà bajo una y otra vez a observar lo que nunca será mÃo ni de nadie.
Sacando al guÃa turÃstico que todos llevamos dentro lleve a uno de mis compañeros de trabajo a que conociera Nefta, Chebika, el Chott y viese la puerta del desierto. Excursión que no es nueva para mi y sin embargo llena de nuevos detalles. Esta vez detalles que me han hecho reflexionar, como casi todos, sobre mi condición de extranjero y turista en este paÃs que me acoge.
La última vez que estuve en Nefta ya conté que contrate los servicios de un guÃa (ver Túnez dÃa 34: Otro domingo, otro regalo). Cuando nos despedimos me pidió que le enviase alguna de las fotos que habÃa tomado y le dije que no se preocupara que seguro que volvÃa por allà y que yo mismo se las llevarÃa. Después de aquello he estado un par de veces en Sevilla y aunque me he acordado de mi promesa nunca he encontrado el tiempo (pobre excusa) de imprimir alguna foto. Y asà me plante ayer en Nefta, sin ninguna foto que llevarle. Se que no le debo nada pero no es bueno empeñar la palabra con promesas vacÃas.
Como el mundo es un pañuelo y estas pequeñas ciudades lo son aún más me encontré con el guÃa paseando por la Medina de Nefta. Yo con mi compañero y el con un matrimonio alemán. Le salude al pasar y el me devolvió el saludo no se si por educación o porque se acordaba de mi. No pude descifrar la expresión de su cara. Pasé el resto de la mañana pensando que hubiese pasado si hubiese llevado las fotos encima. Quizás he dejado pasar la oportunidad de hacer un amigo en un lugar tan remoto como este o quizás…
Antes de comer y siguiendo la misma ruta que me enseñó el guÃa, por cierto se llamaba y se llama Naceur, la última vez nos adentramos un poco en el desierto para encontrar las primeras dunas de arena. Hay un camino transitable por vehÃculos, posiblemente por el que pasan todos los turistas y por el abandonamos la carretera. Pocos cientos de metros más adelante distinguimos las primeras dunas. Cerca de ellas habÃa una jaima con camellos y se podÃan distinguir algunas personas con trajes beréberes. Al pasar a su lado mi compañero le saludo y vimos como una docena de niñas, 11 a 13 años, y un par de mujeres se levantaban y seguÃan el coche. Seguimos el camino otros quinientos metros o algo más y nos bajamos del coche para pasear por las dunas. Al mirara atrás vimos que el grupo de beréberes se acercaba. Las niñas con muchos objetos en las manos y un hombre con un dromedario. Reconocà al mismo hombre, no al animal, que me ofreció un paseo en dromedario la primera vez que estuve aquÃ. Como tampoco habÃa mucho más que ver y siendo ya la hora de comer nos acercamos al coche. A las niñas les quedaban unos cien metros para llegar a nuestra posición. Al ver que nos dirigÃamos al automóvil empezaron a correr como posesas incluida la mujer que ya estaba algo entrada en años. Fue impresionante ver como se desplegaron cerrando todo camino de escape y como se lanzaron sobre el coche. Yo, en cuanto las vi correr entré y cerré mi puerta aunque no arranque a pesar de las protestas de mi compañero. No querÃa empezar a mover el coche con alguna delante porque veÃa la desesperación en sus caras y no me fiaba que se apartasen. Mi compañero a su vez se ocupó su asiento pero no cerro la puerta, no se si por inconciencia o por falta de reflejos. El caso es que 6 o 7 niñas se abalanzaron sobre él, peleándose por un sitio en primera fila y poniendo objetos de artesanÃa, pulseras y unos camellos de lana feÃsimos, en las manos y el regazo de mi copiloto. La situación era grotesca, al principio reÃmos e incluso saqué unas fotos del ataque. Deje de hacerlo cuando miré la cara de aquellas niñas, su expresión de verdadera desesperación por vender algo, los codazos que se daban con saña. En un intento de calmar las cosas cogà un camello y una pulsera y pagué con las monedas que salieron de mi bolsillo. No las miré, la niña que las cogÃa tampoco. Di un par de palmadas, grite “Le, le, le” y “Sava” pero como si predicase en el desierto. No se apartaron de la puerta que seguÃa abierta. Mi compañero dio un grito de desesperación. Yo arranqué el motor y viendo que no habÃa ninguna delante aceleré fuertemente en punto muerto y con el freno de mano puesto. Alguna de nuestras atacantes se apartó. Quité el freno, puse primera y avancé. Todas las niñas dieron un paso atrás y cuando mi amigo intento cerrar la puerta la mujer mayor se agarró a ella y empezó a seguirnos. Aceleré un poco pero la pobre mujer no querÃa soltar su presa. Frené un poco lo que hizo que se golpease contra la puerta pero no se soltó. Mi copiloto le empezó a hacer cosquillas, creo incluso que le cogió una teta sin querer, y la mujer se limito a reÃr pero no se soltó. Aceleré un poco más y al final le faltaron las fuerzas y nos dejó marchar.
Viéndonos “libres” de aquella situación mi amigo y yo reÃmos a carcajada limpia.
Por la tarde, antes de emprender el viaje de regreso, mientras contemplaba de nuevo uno de los más bellos atardeceres de mi vida reflexione sobre el asunto y sobre lo triste que puede ser la vida. Quizás algún dÃa os cuente mi opinión al respecto.