Cuatro paredes frÃas, allá donde vaya solo hay cuatro paredes desconocidas a pesar de los dÃas que llevo viviendo en ellas.
Cuatro paredes en mi habitación, cuatro paredes en la cafeterÃa, cuatro paredes de aire, sol y viento en el jardÃn. Pasan las horas, apenas me da tiempo a saludarlas y charlar un rato con ellas cuando deciden que deben marcharse. Las paredes son aún más aburridas. Nunca se han dignado a dirigirme la palabra y creedme yo les doy los buenos dÃas cada mañana.
El viernes hice acopio de provisiones, coca cola, zumo y agua para combatir la sed; patatas fritas, galletas y chocolate acompañaran a lo que logre cazar…que pena de no haber comprado al menos un arco y unas flechas.
Veinte megas de música en el ordenador, tres o cuatro libros y media docena de pelÃculas. Tras semejante trinchera cualquiera se siente a salvo del enemigo. Aunque en estos casos no hay peor enemigo que uno mismo.
Sorprende, o quizás no tanto, como nos imponemos a nosotros mismos ciertas obligaciones entupidas que por el hecho mismo de ser obligaciones nos resulta imposible cumplir.
¿Fin de semana de retiro espiritual? ¿Leer, estudiar?¿Relajarse?¿Solo porqué tu lo dices? asà no hay manera.
Siento como las paredes se rÃen de mi al verme tumbado en el sofá, saben que en cuanto me levante y decida salir a la terraza que da al jardÃn desaparecerá ese hermoso sol y el viento vendrá de nuevo a tomar el té de las cinco. Ya lo hizo las tres, a las cuatro, a las…, todas las veces que he intentado salir. Las pelÃculas me aburren, volver a estudiar se me hace más duro que volver a ponerme en forma, paso las canciones sin dejar que ninguna suene mas de 23 segundos.
Una vez leà una cita de Oscar Wilde:
“Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre,
y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos donde deberÃamos intentar vivir”
No se si es en ese mundo interior donde deberÃamos vivir, pero quizás sea el que debamos cuidar para poder hacerlo en el mundo exterior en el que el azar nos ha colocado.
Duermo toda la tarde del sábado. Sueño y busco ese mundo interior de Oscar Wilde.
De un salto me cuelo por mi nariz pero al intentar abrirme paso entre mis pilosidades nasales me hago cosquillas y estornudo. Salgo despedido a toda velocidad por la ventana. Un poco mareado cierro los ojos y cuando los abro descubro que estoy ascendiendo lentamente en una pompa de jabón. Espero que sea de jabón, pienso.
En seguida deduzco que posiblemente me haya equivocado de camino. La razón no es que me encuentre a miles de kilómetros de la tierra, surcando el basto universo, protegido tan solo por una delgada pompa de jabón. Tampoco porque me encuentre desnudo vistiendo tan solo una pajarita amarilla y un sombrero de copa. No, la razón de que piense que quizás no me encuentre donde deberÃa estar es un cartel fluorescente que pone “Men not Allowed” y el hecho de verme rodeado de cientos de pompas de jabón en cada una de las cuales viaja una mujer vestida de novia con velo, ramo y toda la parafernalia que me miran con ojos asesinos.
Ojeo con avidez el manual de vuelo, pulso algunos botones, acelero, freno bruscamente y aunque creo que fÃsicamente es imposible consigo que la pompa de jabón entre en barrena. Desciendo a toda velocidad hacia la Luna. La pompa decide no esquivarla y alunizo sin mucha brusquedad en el Mar de la Tranquilidad como indica otro cartel fluorescente “Coolens Sea”.
En esa playa me he quedado todo el fin de semana y la verdad que no me ha ido del todo mal. No he encontrado mi mundo interior (mañana intentaré entrar por una de las orejas) pero he conseguido estudiar un poco, he disfrutado de la música y las pelÃculas e incluso he hecho algo de ejercicio.
Todo un milagro
