En el jardÃn se está ahora más fresco. Tuna ha pasado el dÃa tumbada en el césped. Arrastrándose con la sombra de los olivos como quién persigue el aire. La tarde cae cayendo con ella un manto de frescor que todos agradecen. Ya ha pasado esa hora en la que hasta las chicharras callan por miedo a se descubiertas por el calor. Tuna ha abandonado su puesto par ir a beber un poco. Lentamente empieza a desperezarse de ese sueño de rayos de sol enredados en su rizado pelo blanco.
Tuna me mira al pasar con sus ojos tristes inundados por esa mirada nostálgica de agradecimiento que solo algunos perros saben tener. En esos ojos puedo leer el valor de las cosas sencillas, el valor de un hogar donde sentirse seguro.
A Tuna la recogimos hace unos años en una carretera secundaria cerca de la aldea del RocÃo. TenÃa una pierna rota y estaba desnutrida. Al acercarnos intento huir aunque no pudo levantarse. En sus ojos estaba grabado el miedo como en una lápida.
Hace un año se escapó, alguien habÃa dejado la puerta abierta. La encontré al dÃa siguiente en la esquina de la casa con una pierna rota. La misma que la vez anterior. La habÃan vuelto a atropellar.
Se oye pasar una pareja caminando por la calle, les acompaña un hermoso pastor alemán. Tuna se olvida del agua y corre como un rayo hacia la valla. Tuna no es grande. Tuna es una pequeña perra de aguas. Aún asà asoma la cabeza entre las tuyas y ladra. Corre de un lado a otro a lo largo de la valla y ladra. No se un ladrido fiero. Tuna es una pequeña perra de aguas, blanca como las casas de AndalucÃa. Lo suyo es el campo, las marismas, traer las piezas que su amo cobra durante la caza. Aún asà ladra. No es un ladrido potente, pero si es un ladrido firme.
Tuna se acerca a mi. Apoya su cabeza en mi regazo y me mira. En su mirada de lluvia brilla un relámpago de orgullo. Recibe las caricias cerrando los ojos y elevando su pequeño hocico al aire, disfrutando del roce de mi piel y de los mil aromas, a azahar, a espliego, a romero y a jazmÃn que trae el frescor de la noche.
De un salto Tuna se incorpora de nuevo y se dirige al cubo con agua situado en la parte trasera del jardÃn. Junto a su caseta, la que nunca usa. Ni siquiera en los extraños dÃas de lluvia.
Pasa al lado de la puerta del jardÃn. Está abierta. Se sienta delante durante un buen rato. No esta mirando nada en concreto. Tan solo mira hacia fuera. Da un paso hacia delante y olisquea un poco el dintel. Allá fuera huele a libertad.
De vez en cuando gira la cabeza y fija su mirada en donde yo estoy sentado. Puedo leer en sus ojos el vértigo y la duda.
Tuna da otro paso y asoma la cabeza al exterior. Me parece verla sonreÃr.
Retrocede los dos pasos que acaba de dar y vuelve a sentarse delante de la puerta. La oigo ladrar. Esta vez su tono es diferente. Le tiembla la voz. Me fijo en ella y veo que me mira de nuevo.
Sigue ladrando. Me está ladrando a mi.
Me levanto lentamente y me acerco a la puerta. La cierro. Tuna me lame las manos agradecida. La veo alejarse tranquila hacia el cubo de agua. Ahora todo en el jardÃn está en orden.