Las últimas semanas una plaga de luciérnagas ha invadido mi ciudad. Especies de diferentes colores han ocupado árboles, comercios y monumentos.
Con su titilar y sus luces brillantes habÃan hipnotizado a los habitantes. Como bobos hombres, mujeres y niños deambulaban por las calles con una sonrisa, forzada o sincera, dibujada en la cara. RendÃan pleitesÃa al ejercito de los insectos luminosos deseándose felicidad y alegrÃa los unos a los otros. Eran felices por prescripción médica.
Según he podido comprobar en otras ciudades del mundo estaba ocurriendo un fenómeno similar.
Una marabunta cargada de paquetes entraba y salÃa de las tiendas. Hambrienta de necesidad buscaban algo que por desgracia no se puede encontrar en los supermercados.
Ayer se termino de desatar la locura. Los más afectados han sido los niños. Todo un dÃa desenvolviendo regalos. Semanas de comidas copiosos. Felicidad forzada para alejarlos de una realidad que cada vez interesa menos.
Pobres. No como otros niños que no tienen que sufrir estos problemas. Como Guhlam, la niña de la foto. Una afgana de 11 años en el dÃa de su boda junto a su marido de 40 años.
Foto: La foto del año 2007 de Unicef, Stepahie Sinclear
