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Túnez, día 80: Ley o prejuicio

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No se como me saldrá esta historia. La he dejado reposar un poco. He preferido narrarla a partir de recuerdos algo asentados. Recuerdos un poco agridulces, más dulces que amargos porque al final todo salió bien

Ocurrió un domingo cualquiera. Pongamos que fuese este último. Mi nuevo compañero de trabajo, al que desde ahora llamaré Maumma, que es como le han puesto aquí los tunecinos, y yo nos disponíamos a pasar una agradable jornada de excursión por la zona.

Porque la vida es así de generosa está vez íbamos acompañados de dos jóvenes tunecinas que conocimos el viernes tomando café en el hotel. Una, Maissa, estudiante de animación sociocultural y la otra, Fátima, de geología en Gafsa aunque nacidas en Tunisia y Gabes respectivamente.

Aquí debería detenerme a contar que el sábado también lo pasamos con ellas y con otras dos amigas. También estudiantes y también muy agradables. Fue un buen día de turismo y por supuesto siendo la envidia de los nativos del lugar. Al finalizar la tarde, Maumma en un hábil movimiento torero le dijo a Maissa que al día siguiente íbamos seguir las excursiones pero que esta vez preferíamos que viniesen solas, ella y Fátima. Las dos amigas se habían incorporado sin avisar el sábado por la mañana.

Quedamos para el domingo a la misma hora sin saber muy bien cual sería el número de las comparecientes. Subrayar aquí que aunque mejorando mi francés sigue siendo pésimo y que mi amigo Maumma oficialmente y oficiosamente no habla ni francés ni ingles. Suerte que ellas si hablan algo mejor el inglés que yo el francés.

Finalmente solo aparecieron nuestras dos amigas.

No voy a entretenerme mucho con los detalles del viaje. La idea era ir en dirección sur, recorrer la carretera que atraviesa Chott el Jerid (IMPRESIONANTE) y después rodearlo por una carretera que de Este a Oeste va besando el desierto y que después gira hacia el Norte rozando la frontera con Argelia. Finalmente se llega a otra carretera que enlaza Tozeur y Nefta con Argelia.

Nuestras acompañantes disfrutaron muchísimo del viaje. Para ellas era la primera vez que veían el desierto. Me extraño en Fátima que siendo de Gabes tiene el desierto a tiro de piedra con ciudades tan típicas y bonitas como Tataouine (atentos los frikis de Star Wars). Cuando me cuenta que en total son 7 hermanos y 3 hermanas y que su padre es muy severo la entiendo un poco más. Para ella tiene que estar siendo una liberación irse a Gafsa a estudiar y el viaje tiene que haber sido toda una aventura. Para lo bueno y para lo malo.

Lo idílico del viaje acabó en el penúltimo tramo de carretera. La que marcha paralela a la frontera de Argelia. Allí había, por supuesto, un control de la “Garde National”.

Nos pidieron los pasaportes. Todo en regla. Luego los papeles de ellas. Tras mirar la documentación entregado les pidieron otro papel. A partir de aquí todo empieza a hacerse tan incomprensible como lo es para mi el árabe. Fátima me dice que está “interdit” prohibido, que las mujeres tunecinas viajen solas con extranjeros.

“La hemos liado” pensé, “¿Y por qué me lo dicen ahora?” Sabiéndolo no hubiésemos cogido una carretera con un control tan restrictivo como el que tiene que haber cerca de la frontera.

La discusión entre Maissa, Fátima y los guardias de la garita se iba alargando. Empezaron a salir más policías del cuartelillo. Cuando vi al oficial al mando en chanclas empecé a tranquilizarme. Los que salen tienen más pinta de curiosos de obra que de otra cosa. Uno de ellos se puso serio y nos pregunto si bebíamos o fumábamos. Con vaya par de dos había topado el pobre de antivicio. Maumma y yo somos de la liga antitabaco, el alcohol para mi es un buen vaso de vino con un buen chuletón y para Maumma es una cerveza fresquita después de la jornada de trabajo. Al contestar que no, se rió fuertemente y dijo lo que todo macho tunecino que se precie diría: “Los hombres de verdad fuman y beben. JAJAJAJA”.

A nuestras amigas las metieron en el cuartelillo, cosa que me mosqueó entonces y aún me mosquea al no tener muy claro que pasó dentro. Entre tanto el de “antivicio” hizo un tour por nuestro coche. Al ver las herramientas, CPU’s y arneses que llevábamos en el maletero nos dio la oportunidad de explicar que trabajamos en un proyecto de la empresa estatal de energía. El ambiente era cada vez más distendido, aunque Fátima y Maissa no saliesen. Explicamos unas cuantas veces de que va el proyecto. Maumma sacó la cámara de fotos y empieza a enseñar fotos de Sevilla, la Giralda y la Mezquita de Córdoba. El de “antivició” seguía con su tour y al encontrar el MP3 conectado a la radio del coche me pidió que pusiera música. Suena brasileña y el policía empieza a marcar el ritmo con las palmas y se rie de nuevo. Entre tanto todos hacían la misma pregunta usando un tono entre inquisitorial y morbosos: “¿Cual es vuestra relación con esas dos tunecinas? ¿Cómo las habéis conocido? ¿Os habéis acostado con ella?” Seis o siete veces tuvimos que explicar que éramos amigos, que las habíamos conocido tomando café y que no habíamos tenido ningún contacto físico indecente con ellas. Maumma estuvo a punto de soltar un “Si no se dejan” pero al final decidió callarse.

Finalmente Maissa y Fátima salieron del cuartelillo. Fátima va llorando. Empecé a temerme lo peor. Nos devolvieron los pasaportes, la documentación de ellas y al del coche. Reemprendimos el camino en silencio. Con lagrimas secas nuestras amigas nos explicaron que querían llamar a sus padres, más aún cuando apareció un policía que decías ser amigo del padre de Fátima.

Al final todo resultó un farol

Todo todo. Hoy me he enterado que no hay ninguna ley como la que mencionaron. La hora que nos pasamos allí y la bronca que recibieron Fátima y Maissa fueron tan solo para amedrentarlas. Para que no lo vuelvan a hacer.

Por un lado me parece lógico porque se montaron con dos desconocidos en un coche y se pasearon cerca de Argelia. Pero por otro lado ningún se merece llorar por algo así.

Le he contado la historia a muchos de mis amigos tunecinos y todos dicen lo mismo. Los guardias estaban aburridos y celosos de que unos extranjeros se paseen por ahí con “sus mujeres”

¿Queréis saber lo mejor del día? Media hora más tarde, antes de llegar a Nefta nos pararon en otro control. Una garita al lado de la carretera con dos policías. Tuvimos que pasarnos otra hora porque no eran capaces de contactar con el primer control. Maissa se puso mala del frío. Esta vez no las metieron en la garita pero uno de los dos policías se las llevo detrás de la garita para echarles la misma bronca sin que le viésemos.

Me mosqueó entonces y me sigue mosqueando la manía de llevárselas de nuestra vista. Quizás sea un paranoico mal pensado.

Túnez día 72: Sobre gacelas y dromedarios

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Los tunecinos son, a veces, unos poetas. ¿Que una muchacha es guapa y está de buen ver? Pues se le dice gacela y santas pascuas. Si se piensa detenidamente, sin acritud, es un piropo bastante conseguido. El que no lo crea así que vea algún documental de esos que echaban en La2 (ha pasado tanto tiempo desde la última vez que no me atrevo a afirmar con rotundidad que aún siga emitiéndolos). Las gacelas son animales realmente bellos. A mi no me importaría que me llamasen gacela.

He pasado en este país 72 días, sin contar los días de vacaciones que he regresado a España (aclaro esto porque ya me ha comentado algún que otro conocido que no le salían las cuentas). Me han parado policías, en controles y haciendo autostop, he estado en zocos y he regateado, no siempre con éxito, con bastantes vendedores. En las ciudades se me han acercado guías espontáneos en busca de negocio. He coincido con gente de lo más variopinta en los hoteles. He hablado, discutido, regateado, reído e ignorado a un sinfín de personas y he provocado un sinfín de reacciones. Ninguna comparable con el hecho de pasear con una gacela por Túnez.

Las situaciones más graciosas se producen cuando a ELLA la confunden con una aborigen del país. Si no fuese porque su piel es bastante más clara el resto de sus rasgos tienen ese misterio de la belleza de ciertas mujeres árabes.

El caso es que en Djerba un policía nos lo dijo abiertamente y de hecho continuamos nuestro paseo sin convencerle de que “Elle ne est pa tunisienne”. O como el vendedor de Medenine que me pregunto de donde había sacado esa “gazelle tunisienne” En ciertos lugares donde los policías nunca me habían parado al verla a ELLA lo hacen y al comprobar mi pasaporte español algunos nos miran asombrados. Otros ríen como intentando decidir quien tiene más suerte si yo por ir con una bella tunecina o ella por haber cazado a un joven extranjero.

Así estamos recorriendo el país. ELLA levantando pasiones y yo con cara de dromedario.

Túnez, día 71: ¿Se puede pedir más?

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ELLA está aquí.

De hecho lleva unos días conmigo aquí en Túnez. Ya he comentado alguna vez y si no lo hago ahora, que no me importa viajar solo. Aprecio bastante las ventajas de esta situación y me acomodo rápidamente a las desventajas.

A partir de ahora no ocurrirá así. Cada vez que me encuentre solo me acordaré de este viaje. Recorrer un país con ELLA, descubrir nuevos detalles, organizar las cosas pensando que todo salga bien, no solo para disfrutarlo yo sino para que lo disfrutemos los dos.

No es el primer viaje que hacemos juntos pero si el primero en el que estamos solos sin tener que “coordinarnos” con nadie, ni compañeros ni anfitriones (desde aquí millones de besos a todos por vuestra compañía y vuestra hospitalidad).

A los que me conocéis y a los que no deciros que ELLA está aquí. ¿Se puede pedir más?

Túnez, día 64: Árboles que nunca caen

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Hay quien dice que si un árbol cae en la soledad de un bosque y  no hay nadie que lo escuche caer no se produce ningún ruido. Hay quienes se limitan a afirmar que  no podemos afirmar con seguridad que se produzca ruido alguno.

 

¿Es condición para existir ser percibidos por el mundo que nos rodea? ¿Si no existe percepción las cosas dejan de existir?

 

El otro día tuve un sueño bastante extraño. Por alguna razón que no llego a recordar me era imposible empezar ninguna comunicación desde Túnez con ninguna de las personas conozco. No me refiero a la gente de aquí. Me refiero que no podía hacer ninguna llamada telefónica, ni escribir ningún correo electrónico ni ninguna carta convencional.

Por extraño que parezca solo podía contestar a las llamadas, responder a los correos electrónicos que me llegasen y utilizar el mismo sobre y el mismo sello para enviar mis cartas.

 

Pero no se producían llamadas, ni recibía correo de ningún tipo. La gente dejó de recibir noticias mías y a nadie le extraño. En el sueño no se daba ninguna razón para ello. “Por ahí andará dando vueltas e ingeniándoselas para seguir adelante” pensarían.

 

Un día me llego una carta de la empresa y me trasladaron de país. No pude notificárselo a nadie. La vida pasaba, los hechos se sucedían y nadie se enteraba. La gente de Túnez y de mi nuevo país no contaba en el sueño. Quizás porque cambiaba continuamente de ciudad como para que se diesen cuenta de mi existencia. En algunos pueblos llegaba al atardecer, trabajaba de noche y me iba antes de que amaneciese.

Poco a poco empecé a deambular como un fantasma, como una sombra. En el sueño sentía como la gente se iba olvidando de mi. La vida pasaba y yo me iba con cada recuerdo que el tiempo les arrancaba de la memoria. Iba enfermando, de melancolía dirían  los antiguos doctores, de falta de memoria diría yo. Casi no comía, veía las cosas borrosas y los sonidos me llegaban como susurros traídos por el viento. Las fuerzas me iban fallando y mi piel adquiría un tono violáceo.

 

Un día al despertar sentí que no era capaz de levantarme. Con cada bocanada de aire que salía de mis pulmones se me iba la poca vida que aún me quedaba. Suspiré resignado a mi suerte, llorando por no poder despedirme de mis seres queridos. Los ojos se inundaron de tristeza pero no pude secármelos. No podía mover ni un solo músculo.

En ese momento, en el último instante de mi vida sonó el teléfono. Podía oírlo en la lejanía aunque sabía perfectamente que estaba a unos centímetros de mi cabeza, en la mesilla de noche, junto al vaso de agua y al mando de la televisión que había sido mi única compañera durante los últimos días.

 

El teléfono seguía sonando y sonreí tranquilo al saber que en el momento de mi muerte alguien se acordaba de mi.

 

No pude exhalar el suspiró final porque en ese instante me desperté, la almohada empapada en lágrimas y sudor. En la mesilla el teléfono sonaba avisando de que era hora de empezar un  nuevo día. Tardé unos minutos en reaccionar Al levantarme abrí la ventana de mi habitación y me alegré al escuchar los cientos de sonidos que llegaban desde el exterior, al sentir el aire en mis pulmones y ver el Sol surcando el horizonte. No se si que yo sienta la vida será condición para que exista, pero a mi me hicieron sentir más vivo que nunca.

Túnez, día 59: No quiero ser un turista más.

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Ayer bajé de nuevo al desierto. No me aburre. Cada vez me gusta más. Me gustaría tener un poco más de tiempo para adentrarme en el y no quedarme tan solo en la frontera, intuyendo mil y un secretos. Secretos que estando al alcance de mi mano aún no he reunido el valor de ir a reclamarlos solo para descubrir después que muchos antes que yo lo intentaron. Los hallaron y tuvieron que dejarlos allí para que los reclamen los que les siguieron. Una vieja ley de la aventura: nada te pertenece aunque lo hayas conseguido. El único premio es la experiencia de haber llegado.

Y así bajo una y otra vez a observar lo que nunca será mío ni de nadie.

Sacando al guía turístico que todos llevamos dentro lleve a uno de mis compañeros de trabajo a que conociera Nefta, Chebika, el Chott y viese la puerta del desierto. Excursión que no es nueva para mi y sin embargo llena de nuevos detalles. Esta vez detalles que me han hecho reflexionar, como casi todos, sobre mi condición de extranjero y turista en este país que me acoge.

La última vez que estuve en Nefta ya conté que contrate los servicios de un guía (ver Túnez día 34: Otro domingo, otro regalo). Cuando nos despedimos me pidió que le enviase alguna de las fotos que había tomado y le dije que no se preocupara que seguro que volvía por allí y que yo mismo se las llevaría. Después de aquello he estado un par de veces en Sevilla y aunque me he acordado de mi promesa nunca he encontrado el tiempo (pobre excusa) de imprimir alguna foto. Y así me plante ayer en Nefta, sin ninguna foto que llevarle. Se que no le debo nada pero no es bueno empeñar la palabra con promesas vacías.

Como el mundo es un pañuelo y estas pequeñas ciudades lo son aún más me encontré con el guía paseando por la Medina de Nefta. Yo con mi compañero y el con un matrimonio alemán. Le salude al pasar y el me devolvió el saludo no se si por educación o porque se acordaba de mi. No pude descifrar la expresión de su cara. Pasé el resto de la mañana pensando que hubiese pasado si hubiese llevado las fotos encima. Quizás he dejado pasar la oportunidad de hacer un amigo en un lugar tan remoto como este o quizás…

Antes de comer y siguiendo la misma ruta que me enseñó el guía, por cierto se llamaba y se llama Naceur, la última vez nos adentramos un poco en el desierto para encontrar las primeras dunas de arena. Hay un camino transitable por vehículos, posiblemente por el que pasan todos los turistas y por el abandonamos la carretera. Pocos cientos de metros más adelante distinguimos las primeras dunas. Cerca de ellas había una jaima con camellos y se podían distinguir algunas personas con trajes beréberes. Al pasar a su lado mi compañero le saludo y vimos como una docena de niñas, 11 a 13 años, y un par de mujeres se levantaban y seguían el coche. Seguimos el camino otros quinientos metros o algo más y nos bajamos del coche para pasear por las dunas. Al mirara atrás vimos que el grupo de beréberes se acercaba. Las niñas con muchos objetos en las manos y un hombre con un dromedario. Reconocí al mismo hombre, no al animal, que me ofreció un paseo en dromedario la primera vez que estuve aquí. Como tampoco había mucho más que ver y siendo ya la hora de comer nos acercamos al coche. A las niñas les quedaban unos cien metros para llegar a nuestra posición. Al ver que nos dirigíamos al automóvil empezaron a correr como posesas incluida la mujer que ya estaba algo entrada en años. Fue impresionante ver como se desplegaron cerrando todo camino de escape y como se lanzaron sobre el coche. Yo, en cuanto las vi correr entré y cerré mi puerta aunque no arranque a pesar de las protestas de mi compañero. No quería empezar a mover el coche con alguna delante porque veía la desesperación en sus caras y no me fiaba que se apartasen. Mi compañero a su vez se ocupó su asiento pero no cerro la puerta, no se si por inconciencia o por falta de reflejos. El caso es que 6 o 7 niñas se abalanzaron sobre él, peleándose por un sitio en primera fila y poniendo objetos de artesanía, pulseras y unos camellos de lana feísimos, en las manos y el regazo de mi copiloto. La situación era grotesca, al principio reímos e incluso saqué unas fotos del ataque. Deje de hacerlo cuando miré la cara de aquellas niñas, su expresión de verdadera desesperación por vender algo, los codazos que se daban con saña. En un intento de calmar las cosas cogí un camello y una pulsera y pagué con las monedas que salieron de mi bolsillo. No las miré, la niña que las cogía tampoco. Di un par de palmadas, grite “Le, le, le” y “Sava” pero como si predicase en el desierto. No se apartaron de la puerta que seguía abierta. Mi compañero dio un grito de desesperación. Yo arranqué el motor y viendo que no había ninguna delante aceleré fuertemente en punto muerto y con el freno de mano puesto. Alguna de nuestras atacantes se apartó. Quité el freno, puse primera y avancé. Todas las niñas dieron un paso atrás y cuando mi amigo intento cerrar la puerta la mujer mayor se agarró a ella y empezó a seguirnos. Aceleré un poco pero la pobre mujer no quería soltar su presa. Frené un poco lo que hizo que se golpease contra la puerta pero no se soltó. Mi copiloto le empezó a hacer cosquillas, creo incluso que le cogió una teta sin querer, y la mujer se limito a reír pero no se soltó. Aceleré un poco más y al final le faltaron las fuerzas y nos dejó marchar.

Viéndonos “libres” de aquella situación mi amigo y yo reímos a carcajada limpia.

Por la tarde, antes de emprender el viaje de regreso, mientras contemplaba de nuevo uno de los más bellos atardeceres de mi vida reflexione sobre el asunto y sobre lo triste que puede ser la vida. Quizás algún día os cuente mi opinión al respecto.

Túnez día 55: Volvemos a las andadas

Hace ya algún tiempo escribí sobre lo fácil que puede llegar a ser acostumbrarse a ciertas cosas. Recuerdo aún que el post fue un  tanto “polémico” por la contestación de uno de mis lectores.

Yo no le di mucha importancia, a mis opiniones me refiero. Pensaba en el fondo que cada cual es como es se vea obligado a dormir por una vez en colchón de plumas o sobre la hierba.

 

Que de cierto es eso que la disciplina fortalece el espíritu y los vicios, ya sean estos simples lujos o no tan simples, lo debilitan.

 

Estoy alojado en un buen hotel. La habitación es limpia y confortable. La cama cómoda y el agua de la ducha caliente.

A punto he estado de pedir que me la cambien.

Indignado por la falta de consideración.

¿Qué han sido de las habitaciones en primera planta, con terraza al jardín y distribución duplex en la que me había alojado en las otras ocasiones?

Me acabo de duchar con agua fría como castigo a mis pensamientos sibaritas.

 

Aún estoy pensando si dormir hoy en el suelo para redondear el escarmiento

Túnez, día ya ni se sabe.

Hace bastantes días que no escribo nada en este diario de viaje y por ende no he publicado nada en el blog. Hoy por hoy uno es el otro y el otro es uno.

Acabo de comprobarlo, nueve días. Eso es mucho tiempo. Además ni siquiera voy a publicar esto hoy o mañana o quizás pasado mañana.

Reflexionando sobre lo sucedido veo días aburridos de trabajo y viaje.  Veo un viaje relámpago a casa.

Regreso al hogar por Navidad, como el turrón. Sorpresas para todos, llantos y risas por igual. Emoción a raudales.

Noche Buena y Navidad. Dos fechas entrañables y llenas de recuerdos han pasado igual de fugaces que mi estancia en el hogar.

 

Aún recuerdo esas largas veladas del 24 de Diciembre. Esa cena pausada seguida de un festín de dulces al calor de la mesa de camilla. Villancicos, risas y por alguna extraña razón la televisión sintonizada en la única cadena que había la Primera (la segunda es documental e informativa, pero no navideña, así que no cuenta). No se le hacía mucho caso pero el especial de Noche Buena era el hilo musical de la larga sobremesa. Pero para larga la sobremesa de Navidad, que se extendía durante horas interminables. Los postres se hacían merienda y las sobras se convertían en cena. Entre comida, juegos y primos parecía que ese día no iba a acabar nunca y acaba cuando empezaba a empachar, justamente cuando debía de hacerlo.

 

Ahora, cuando he querido saborear los mazapanes, me he encontrado subido a un avión rumbo a Túnez. Y siento decirlo pero aunque me hubiese quedado un mes en casa las fiestas hubiesen sido igual de rápido. Creo que cuando se crece el reloj decide ir a un ritmo diferente que cuando eres niño.

 

Niños…es por eso por lo que he empezado a escribir hoy.

No, realmente he empezado a escribir porque he tenido un momento de tranquilidad. Me encuentro en el tren y rítmico va y ven con el que te acuna siempre me ha hecho pensar. No ocurre lo  mismo con el autobús o el avión. Tienen otros encantos pero el tren te permite encontrarte contigo mismo. Al menos te permite descansar y pensar durante un rato. 

He pasado mucho tiempo de mi vida cuidando niños. He sido voluntario en un par de asociaciones infantiles y juveniles. Es sorprendente con que sencillez se enfrentan a la vida. Sencillez que a veces los adultos no llegamos a comprender.

 

Hoy me han acompañado muchos niños en mi viaje de regreso a casa. Desde la pequeña futura Miss España, una pequeña rubia que jugaba con maquillaje y que tenía embobados a todos los azafatos de Tunisair, incluyendo el mostrador de facturación hasta una criatura de 3 meses que miraba todo con sus ojos bien abiertos como

Sin olvidarnos con el niño rizado con el que he estado jugando al escondite en el avión o era en la jungla, quizás fuese en un barco pirata. No lo recuerdo con seguridad.

 

La mirada de un niño, su capacidad para imaginar mil y un mundos maravillosos. Me pregunto hasta que punto nosotros, los adultos y nuestro mundo, les influenciamos, los moldeamos hasta adaptarlos a lo que creemos es la visión correcta de la vida.

Hoy en el avión, tras el despegue he vuelto a mirar por la ventanilla. Esta vez más interesado que otras porque un niño que se sentaba detrás de mí miraba casi con devoción, le faltaban ojos y ventanilla para descubrir todo lo que quería.

 

En un momento dado se ha girado y le ha dicho al padre: ¡Mira papa, mira! Las casas…que pequeñas. Se parece al Googlemap.

La normalidad, la referencia para este niño es una pantalla de ordenador. El mundo real lo ve cada día en su cuarto y este avión con su pequeña ventanilla no son más que intentos no muy conseguidos de imitar esa realidad.

Túnez, día 46: Cuestiones demasiado personales

Acabo de leer el royo que solté ayer y me ha dado vergüenza. ¿Cómo puedo tener esta capacidad de verborrea tan incontrolada? Y eso que hice propósito de enmienda.

Aún así escribiendo sin control ayer se me olvido mencionar la que iba a ser la idea central del día.

Haciendo un poco de memoria recuerdo los primeros días de mi estancia en Túnez. Todo era nuevo, fascinante y exótico. Entre otras cosas yo mismo.

Aquí en el sur el turismo aún no ha arrasado. Así que un extranjero llama un poco la atención Sobre todo si como yo se mueve fuera de los círculos habituales.

El caso es que con el paso de los días le fui cogiendo el pulso al país, aprendiendo algunas palabras y empecé, creo, a pasar desapercibido. Aunque a veces ocurren cosas como ser el primer extranjero que como en cierto restaurante de comida rápida en Gafsa y eso que lleva un par de años abierto.

Ayer volví a sentirme, sino exótico, si diferente.

Como ya conté íbamos cuatro en el coche sin rumbo fijo. Un colega tunecino y su novia en el asiento de atrás. Yo conducía mientras que la carabina iba cantando bellas canciones tunecinas.

En cierto momento deja de cantar y me mira con bastante curiosidad. En su cabeza va tomando forma una pregunta que no se atreve a formular en voz alta. You aren’t muslim? dice de repente. Eso ya me lo había preguntado en la cafetería. Yo niego conla cabeza sin apartar los ojos de la carretera. So you don’t… duda y suelta una palabra en árabe que por supuesto no entiendo. Mi amigo deja por un momento de besar a la novia y se descojona de risa, pero no dice nada y sigue a lo suyo. Yo me mosqueo por dentro, ya que ni la Meca, ni el Ramadan, ni rezar cinco veces al día, suelen ser aquí motivo de risa.

Entonces como ya está lanzada, la carabina hace un par de gestos con las manos que me dejan completamente helado mientras los hace y cuando unos segundos después descifro su significado: Si yo no soy musulmán entonces yo no estoy….CIRCUNCIDADO. Jejeje. No me lo podía creer. Vaya con la preguntita. Aquí empecé a creer que la carabina no era tan inocente como aparentaba.

Yo le solté a bocajarro que no y que ni falta que me hacía. Que el doctor nunca había visto necesidad de ello en mi caso. Ella me intenta explicar que de todas formas es bueno para la salud (razonamiento recurrente cuando algún tunecino intentando convertirme al Islam me dice que comer cerdo es malísimo para la salud mientras yo me acuerdo del jamón ibérico 5 jotas…aunque esa es otra historia). Yo le replico que por mi parte no hay problema, que yo me lavo muy bien todos los días, haciendo hincapié en mis zonas mas intimas y delicadas.

Tras un silencio, bastante corto para mi gusto, vuelve a la carga y me pregunta que como es. Le dije que se echara un novio no musulmán y al momento me arrepentí de mis palabras al ver que esbozaba una sonrisa picarona.

Pero que coño, no le iba a explicar como es mi pene, no me llega el vocabulario en inglés…y no iba a enseñárselo, que estaba conduciendo.

Túnez día 45: Haciendo de carabina a la vieja usanza

No se si lo he comentado alguna vez pero en general no me gusta generalizar. Cuando se escribe un diario de viaje a veces se tiende a hacerlo. Algunas anécdotas, algunas historias se narran como si todo el mundo en el lugar donde las has vivido hiciese lo mismo. Luego estás las costumbres, las normas de cortesía, los usos…que son una fuente inagotable de anécdotas. Que hay que conocer para al menos no meter la pata y no ofender a nadie.

La última vez que estuve en España le comentaba a algún amigo que en cierto sentido, aquí en Túnez, me parecía estar perdiéndome la mitad de la película. Me refería a que en el trabajo y fuera de él solo estaba con hombres. Hablar con alguna mujer tunecina parece a veces una tarea casi imposible. Tras esa frase ya he caído en la primera generalización de hoy.

Si que es verdad que tengo que hacer ciertas distinciones entre la capital y la ciudad donde me encuentro ahora. Diferencias entre una ciudad del norte y otra del sur, diferencias entre una gran ciudad y una ciudad de provincias. Posiblemente lo que hoy voy a contar muchos lo habéis vivido en España, sino en formas si en el fondo.

Una de las cosas que más me chocaron en mi regreso a España fue encontrarme en los bares y en las discotecas a hombres y mujeres. Después de varias semanas en una ciudad donde en los bares solo hay hombres y la única mujer que vi en una sala de baile fue precisamente la bailarina sobre la que hablé en su momento. En los restaurantes si que he visto alguna mujer, pero nunca sola siempre con el que supongo era su marido o bien con un par de amigas y sus hijos. Ver alguna chica joven en la calle más tarde de las siete o las ocho de la tarde es algo bastante inusual. Seguimos con las generalizaciones y así no voy a ningún lado.

El otro día, mientras tomábamos café, un tunecino me comento que se había echado novia. Yo le felicite y le dije que se lo había notado, que de vez en cuando hablaba por teléfono se le cambiaba la cara y la voz. Cara de besugo al horno como decía mi amiga Inés.

Bastante curioso respecto a este tema le pregunté como la había conocido y todo ese rollo. Sin vida social aparente, sin lugares de marcha y con bastantes familias tradicionales aquí en el sur no veo como. Me dijo que vivía cerca de su casa, que la veía pasar por su calle y se las había ingeniado para conseguir su número de teléfono. Me pregunto que si quería conocerla y le dije que si, que por supuesto. Me dijo que acababa de hablar con ella y que le había explicado donde estábamos. De hecho estábamos en la terraza de un bar cercano a su casa. Al cabo de los minutos señaló disimuladamente a una chica que pasó enfrente de nosotros caminando por la acera y me susurro que era ella.

Estupefacto le pregunte sino se iba a acercar y dijo que no, que había mucha gente, que alguien podías verlos, que estábamos en una ciudad donde todo el mundo se conocía…

Me quedé de piedra.

Entonces recordé algunas películas antiguas donde se ve como el hombre se acerca a la reja de la casa de ella para hablar con su amada o escenas donde los amantes se lanzan miradas y sonrisas en la misa del domingo. En general la ambientación de esas películas es muy diversa. A veces cincuenta años, a veces doscientos. Tiene que ser duro, pensé, así se lo dije a mi amigo.

Me contó también que otro día quedaron para tomar café en un bar bastante nuevo donde no suele ir nadie y que aún así pasaron todo el rato temerosos de que alguien los viese.

Ayer sábado mi amigo me llamo y me dijo que necesitaba un pequeño favor. Había quedado con su novia y con una amiga. Si íbamos los cuatro la gente no murmuraría. A mi me olió a carabina y a grito de socorro por su parte. Quien me conoce sabe que no puedo rechazar ese tipo de favores y quien piense mal sobre mis intenciones es que no me conoce

El muy mamón lo tenía bien planeado. En cuanto se subieron al coche y tras las presentaciones de rigor, habló con su novia y me soltó un contundente: Roas of Gabes. Debo recordaros que no tengo ni puñetera idea de árabe y que francés solo cazo algunas palabras, así que la posibilidad de equivocarme al narrar ciertas situaciones es alta porque debo basarme en mi sexto sentido para saber que narices estaba sucediendo.

A pocos kilómetros de Gafsa aparcamos en un bar de carretera. Debo decir que eligieron bien. Un sitio tranquilo, buena música y con un precioso jardín. Lastima de lluvia.

Allí entramos los cuatro. La verdad es que habían hablado poco durante el trayecto. Se les notaba algo nerviosos. Me refiero a mi amigo y a la novia. La carabina estaba en silencio.

Escrutaron detenidamente el local y eligieron un rincón apartado. A mi todo aquello me parecía algo cómico.

Pedimos los cafés. Para mi sorpresa la amiga sabía hablar inglés. No iba a ser una tarde tan aburrida a pesar de todo. Como ya he dicho hasta ese momento no había hablado con ninguna tunecina tranquilamente. Además mi papel en esta historia es entretener a la carabina y sin poder hablar con ella lo veía difícil (ni una sonrisa mal pensada por favor).

La conversación fue bastante interesante. La carabina estudia música y quiere ser profesora. También me cuenta que está un poco cansada de todas estas historias y de lo cerrada de mente que es la sociedad gafsiana. Esto no le impide cumplir su labor de carabina y darle una colleja a mi amigo, o quizás fuese a la novia, al primer intento de beso. Tras esto se olvidó de la pareja que desde ese instante se dedicaron algunos arrumacos y algunos besos en las mejillas y poco más. Todo con mucho recato y pudor. Aunque que queréis que os diga se les notaba el deseo y la pasión en los ojos. Si no estuviese mal visto creo que hubiesen hecho el amor allí mismo.

Pero no creáis que los nervios habían acabado. De cuando en cuando entraba algún nuevo cliente. Generalmente un hombre. Abría la puerta, miraba en el interior del bar y se iba para regresar en poco menos de un minuto con una muchacha. Durante este tiempo todo el mundo miraba la puerta y le sostenía la mirada al recién llegado con rostro muy serio. A veces me parecía que eran como perros marcando el territorio. Todo aquello duraba hasta que la nueva pareja se sentaba en su rincón.

Sobre esto también se reía mi nueva amiga. De hecho la idea de los perros marcando el territorio fue suya. Yo por mi parte seguía en mi papel, mucha conversación pero con mucho tacto. Ya sabéis, el mayor peligro de estás situaciones es que la carabina le de por cambiar de rol… mi ingles no es tan bueno como para rechazar proposiciones deshonestas de una manera educada y tampoco me apetecía hacer la cobra.

Me contó que si bien le gusta la música no ve nada claro su futuro como profesora, aunque esto le puede dar la oportunidad de salir de Gafsa. Además no era plan de contradecir a su padre (¿a quién le suena?). También me cuenta los problemas para encontrar un buen novio. Y no se refería solo a las mismas cosas que nos habían llevado hasta este apartado bar lejos de ojos indiscretos para mi amigo y su amiga. Me cuenta que su padre es muy tradicional y que tendrá que dar el visto bueno a su futuro marido. Parece ser que cumplir con las exigencias del padre no es fácil. Así que tuvo que cortar con el último novio que tuvo cuando un tío suyo la descubrió y se lo contó al padre. You are not muslim, don’t you? bromea mientras me sonrie. En ese momento sonaron todas las alarmas y negué con vehemencia, añadiendo que en mis planes de futuro no se encuentra la idea de la conversión. Creo que capto el mensaje y mi preocupación por lo malentendidos ya que rió y con ganas.

La tarde, el café y la conversación la pasé viendo la proyección de esos minutos que me faltaban de la película. Nunca me cansaré de intentar comprender el interesante punto de vista que sobre el mundo tienen las mujeres (hacía bastantes líneas que no generalizaba y lo estaba echando de menos).

En esas estaba cuando mi amigo propuso que era hora de irse. Hasta ahora me había parecido mucha historia secreta para un simple café y un par de abrazos. Por un lado me sorprendía la inocencia del asunto y por otro me parecía muy triste. Mi lado más romántico se estremecía solo de pensar cuantas historias de amor se habían desvanecido en silencio por culpa de aquella situación. Del sexo, el vicio y la depravación os prometo que ni me acorde. Aunque debería haberlo hecho.

Nos montamos en el coche. Mi amigo se sentó atrás con la novia. Esta vez fue la carabina quién me dijo donde ir. No iríamos directamente de regreso, me quería enseñar una cosa. Al menos eso fue lo que entendí. Puse la radio. En el dial que suelo escuchar daban noticias, en francés, así que presioné el botón de búsqueda y la radio se paró en una cadena de música tunecina. Mi nuevo copiloto se puso a cantar, lo hacía realmente bien. En el asiento mi amigo no perdía el tiempo, mejor dicho era ella quién no lo hacía. Tal como arranque se abalanzó sobre él y empezó a comérselo a besos. Mi imagen de la relación idílica y a distancia se esfumó en un suspiro. El que di mientras cambiaba de posición el espejo retrovisor en un vano intento de darles intimidad. Miré a la carabina y mi cara tenía que ser un poema porque dejó de cantar y me explico que lo que estaba sucediendo era bastante normal (ahora es ella quién generaliza). Today they are lucky. Y continúa diciéndome que no es normal tener a alguien que conduzca y que si quieres algo más aparte de la intimidad de estar solos en un coche pero en marcha debes parar. En ese momento recuerdo que las carreteras de Túnez están llenas de policías y no creo que sean muy considerados con las parejas que encuentren en plena faena (pedazo de eufemismo que acabo de sacarme de la manga).

Se hace de noche y entre canto y canto mi copiloto me guía de nuevo a Gafsa. Dejamos a ambas donde las recogimos y mi amigo con una sonrisa en lo labios me dice, Come on, I want to invit you to have the dinner. Yo acepto convencido de que me lo he ganado.

Ahora me encuentro en la habitación del hotel escuchando música bastante ñoña y pensando sobre todo lo que ha sucedido. Me parece triste y patético tener que llevar una relación de este modo. Pero no es culpa de ellos. Vuelvo a recordar las películas antiguas. En ellas los amantes siempre se las ingenian para verse en secreto.

Sigo escuchando la música, hoy me encuentro melancólico. Seguro que es culpa de este tiempo de mierda.

Pienso en todo lo que se están perdiendo. Vuelvo a oír risas mal intencionadas pero estoy pensando en nada puramente carnal.

Pienso en lo hermoso que es compartir ciertos momentos, poder pasear cogidos de la mano por el parque con cara de besugo al horno. Gritar a los cuatro vientos que estás enamorado. Darle un beso en publico a la persona que amas simplemente porque si porque es ella.

Una relación hay que cuidarla, regarla con mucho amor y procurar que le de el Sol. Bajo la sombra del miedo pocas crecen sanas y fuertes

Túnez, día 41: Adaptación o cuestión de costumbres

Siempre me ha impresionado la capacidad del ser humano para adaptarse a casi cualquier situación. Será por eso por lo que aún seguimos dando vueltas por el universo a pesar del empeño colectivo en lo contrario.

La versión casera de la adaptación es la manera, a veces tan sencilla con la que nos acostumbramos a las cosas o con la que no nos acostumbramos a ellas.

Hace un par de días regresé a Túnez y lo primero que sentí fue un poco de miedo. Miedo a haberme acostumbrado. Todo me resultaba conocido. Ni siquiera el hecho de cambiar de hotel (impresionantes algunos de los hoteles donde me estoy alojando) me ha quitado esa sensación algo monótona.

Es el inconveniente de acostumbrase a las cosas, facilita la vida porque aprendes de la experiencia pero va mermando la capacidad de asombro.

Y sin capacidad de asombro esos pequeños detalles sobre los que ya he hablado van perdiendo su valor.

No estoy escribiendo sobre nada nuevo. ¿Cómo creéis que nació el puenting? La gente se acostumbra a su vida, pierde el interés por los regalos cotidianos y decide tirarse por un puente. Hasta que alguien vio el negocio y propuso que antes de tirarse la gente se atara a una cuerda. No por caridad sino porque muerto el cliente no repite el salto y eso no es rentable.

Pero me estoy yendo por las ramas, como siempre.

 

Durante mi viaje al sur, si, me han vuelto a mandar aquí, he realizado mi puenting particular. No ha sido nada premeditado. Me he despistado en la salida de la autopista, la única que hay en el país, y en vez de dar la vuelta he decidido atajar por vamos a llamarlas carreteras secundarias.-por no llamarlas cuaternarias que es cuando se debieron construir. Toda una inmersión en el Túnez profundo.

Si lo piensas bien no me he encontrado con nada que no me encontraría en España. Pequeños pueblecitos en mitad de ninguna parte, compuestos por tres casas y una calle, la carretera. Ancianos tomando café o te en la puerta del bar. Gente de campo recogiendo los aperos para regresar a sus casas. Niños jugando en las calles. Lo dicho nada alejado de lo que encuentras en algunas zonas de España, salvo quizás las ropas y los turbantes.

En eso iba pensando cuando me para la policía y van ya más de una docena de veces desde que he llegado. Enseño mi carné de conducir y al verme extranjero el agente me solicita el pasaporte. Esto ocurre en una carretera que la vamos a llamar así por el asfalto, ya que llevo más de 20 Km. sin ver una señal de trafico ni líneas blancas en el suelo y en la cual llevo media hora sin cruzarme un coche. En un lugar que por no haber no hay ni desierto. Pero en el que alguien ha ordenado que se aposte un policía.  Estoy sacando mi pasaporte cuando en dirección contraria aparece un carro tirado por un caballo y conducido por dos jóvenes que no pasan de la veintena.

El agente se separa del coche y les da el alto.

Yo me sonrío, control de policía a un carro. Me pregunto que papeles les va a pedir. Mi sorpresa es mayúscula cuando veo que el carro en vez de frenar acelera. El policía que no sale de su asombro pone cara de mala leche, me arroja el pasaporte y me grita “Sava Sava” haciéndome gestos para que me vaya.

A los del carro se les ha caído el pelo, pienso mientras reanudo la marcha, si les atrapan, porque por el espejo retrovisor puedo observar como el policía echa a correr tras los fugitivos. Se encontraba allí sin coche, moto o bicicleta.

Así me alejo con la imagen del policía corriendo walkitaki en mano. Y yo que había pensado que está estancia en Túnez iba a ser más aburrida por culpa de la adaptación, digo de la “acosrumbramiento”