Navegando sin timón
Si pensamos en el operativo que ha gestionado el Ministerio de Sanidad, Defensa, Interior y Política Territorial con la Organización Mundial de la Salud y la Comunidad Europea para socorrer al crucero neerlandés MV Hondius y ofrecer una salida a las personas que permanecen atrapadas y aisladas a causa del hantavirus, no podemos por menos que reconciliarnos con la política y las instituciones. Esa urgencia por coordinar y solucionar una emergencia sanitaria, de poner los medios para que los ocupantes del barco puedan recibir atención médica y psicológica, nos hace seguir creyendo en la humanidad.
Pero todo esto nos explota en la cara en el momento en que aparecen voces insolidarias, eso sí con un timbre de alto nivel, cuestionando la decisión de que el barco atraque en un puerto de las Islas Canarias a fin de que se presten los cuidados necesarios tanto a los enfermos, como al resto de pasajeros y tripulación que a estas alturas cualquiera puede imaginar que se hallan agotados física y emocionalmente.
Lo que llama la atención es el argumentario insolidario y banal en que se apoyan estas voces para justificar la negativa a prestar ayuda. La hipérbole se ha adueñado del lenguaje en favor del miedo, las amenazas catastróficas y la exageración, de modo que, en vez de fomentar la empatía, la solidaridad y el sentirnos comunidad, nos dirigen hacia la deshumanización y el aislamiento con la falsa cantinela de que somos “libres” y “soberanos”.
Resulta sorprendente lo rápido que marcamos una distancia psicológica ante un problema que nos resulta ajeno, como trazamos una barrera que nos deshumaniza y nos vuelve insensibles. Parece improbable que esto pueda ocurrir en un entorno rural y cercano donde las personas se conocen y se cuidan, donde no es necesario que ocurra una tragedia para que los vecinos se unan y trabajen de manera colaborativa a fin de paliar los efectos de la misma.
Cuenta Marga Sánchez Romero en “Prehistoria de mujeres” que en la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca (Burgos) encontraron el cuerpo de “Benjamina”, una niña de diez años especial. Tenía lo que hoy día llamamos craneosinostosis, una enfermedad que era muy evidente, puesto que su cráneo era asimétrico, con lo cual su cara posiblemente era irregular y también es probable que tuviera algún problema psicomotriz.
Sin embargo, esta niña vivió mucho más de lo esperado porque recibió cuidados; de lo contrario, no hubiera sobrevivido. Esto pone de manifiesto qué tipo de organización social existía en aquel entonces y cómo integraba los cuidados cooperativos como una estrategia para el control de la enfermedad.
Aunque parezca mentira, 350.000 años después de que una sociedad que llamamos primitiva sea capaz de organizarse para cuidar a sus miembros, nosotros, que contamos con el respaldo de la ciencia y disponemos de suficientes medios materiales y humanos para la contención de las enfermedades, nos comportamos como auténticos bárbaros ante un problema global.