José María Merino
Las Friegas
Repasando la desmemoria española, sorprenden las cosas buenas que hemos hecho en el mundo -desde el establecimiento de las bases del sistema parlamentario y la construcción de Hispanoamérica, al decisivo apoyo a la independencia de los Estados Unidos…- y qué fácilmente lo hemos olvidado.
Dentro de esa desmemoria hay algún aspecto que a mí me molesta especialmente. Entre muchas otras cosas -como el olivo- los fenicios nos trajeron el escabeche y el vino, pero los romanos profundizaron en este asunto del vino y llevaron las vides a muchos puntos de la península, como Villamañán, comarca Esla-Campos, el pueblo de mis abuelos paternos y de los vinos que se llaman prieto picudo y albarín.
Nunca olvidaré la fiesta del inicio de la vendimia en Villamañán, en la que a mí me encantaba participar de niño. Lo hacía con mi padre, que me llevaba desde León, porque mi madre aborrecía el evento y nos dejaba ir a los dos solos con mucha reticencia, aunque a mí me ponía un largo mandilón para proteger el resto de la ropa.
Y es que la fiesta, que se llamaba las friegas, consistía en una actividad en la que los asistentes se refregaban los unos a los otros con los primeros racimos de la vendimia, seguida de una merienda colectiva de la gente del pueblo.
En mi inocencia infantil, me fascinaba participar en aquella batalla, y llamaba especialmente mi atención el entusiasmo que ponían mozos y mozas en su enfrentamiento, en el que yo no veía otra cosa que la pura y fogosa formalización de aquel ardoroso ritual de restriegue...
Todos terminábamos impregnados en jugo y, tras quitarnos las ropas que nos habían protegido -aunque muchos mozos tenían a gala mantenerse cubiertos del mosto de la friega- iniciábamos la merienda…
Estoy seguro de que los orígenes de tal fiesta son romanos, báquicos –fricare-, y me sorprende y apena que haya desaparecido -ahora hay en Valencia de don Juan una celebración de el fin de la cosecha, pero no tiene nada que ver con aquello-. Todavía me maravilla la fogosidad que poníamos todos en nuestro mutuo restriegue…
He investigado por qué la fiesta desapareció y me sorprende que nadie la recuerde -años 46, 47, 48, del siglo pasado…-. Mas considerando el aspecto del encuentro y el refriegue de mozos y mozas, en aquellos tiempos tan limitados y estrictos en muchos aspectos, no me extrañaría que la fiesta se hubiese prohibido por decisión clerical, pero el caso es que la desmemoria en el asunto es absoluta.
En cualquier caso, hace muchos años -1973- le dediqué al asunto un poema, que no me resisto a reproducir:
VILLAMAÑÁN
Os hablaré de una batalla
Unos contra otros en ardoroso ataque de racimos
Se escurre de las manos
aquella sangre gorda salpicando
tibios borrones en las ropas
sacramentales remendadas
Nadie fue derrotado ni hubo heridos
era
el día primero de vendimia
Subía el olor del mosto
sobre los tiernos senos de las mozas hasta el trono
de Dioniso reidor
y entre el dorado atardecer volvíamos
rebosantes los cuévanos Teñidos
de roja gloria
cicatrizados y cantando como héroes
José María Merino