Lágrimas de barro
Llueve. Es el avance del final del verano, del calor, de las vacaciones, de los turistas. El agua, al principio, cae como fruta madura, en goterones perezosos que bombardean la tierra cuarteada y que se evaporan al tocar las superficies candentes. Luego, poco a poco se envalentona y arrecia con fuerza, como un llanto desesperado que se agarra a la garganta hasta no poder más y se desborda. Se acumula y resbala por las tejas, buscando las canaletas rotas hasta que encuentra una grieta y se desliza por la pared. La tierra se oscurece, se empapa y una diminuta lágrima de barro desciende hasta perderse en el suelo.
La casa llora. Lleva muchos años de duelo porque murieron sus habitantes y quedó sola. La puerta permanece cerrada, esperando que la prole que en el pasado alegraba las estancias regrese, pero tienen otras vidas, en otros sitios.
Las estaciones se suceden y nadie volvió para colocar una teja, para limpiar una canal o tapar una grieta. Se acabaron las risas y las carreras de los niños por las escaleras: «Cuidado, que os vais a matar». Nadie abrió las ventanas para que entrara el aire ni encendió la cocina para espantar la humedad. La casa, sola y descuidada, comienza a morir.
En nuestros pueblos hay muchas así. Algunas todavía tienen dueño que vive a cientos de kilómetros y apenas recuerda dónde guardó las llaves. Otras pertenecen a tantos herederos que, en realidad, ya no son de nadie. Y las hay también que quedaron atrapadas en un limbo de escrituras antiguas, apellidos olvidados y muertos sin descendencia.
Mientras discutimos sobre si la España rural está vaciada o abandonada, las casas siguen deshaciéndose bajo la lluvia. Porque el adobe es duro, pero necesita cuidados. Tierra, agua, paja, madera, piedra. Materiales humildes tratados por manos que los conocían. Tradiciones de padres a hijos; casas levantadas con el sudor de la familia. Casas que respiraban, que, cuando llegaba el verano, si había heridas, alguien las cubría con barro.
Fue así hasta que esas paredes hechas con bloques de paja y barro nos parecieron algo viejo, feo. Quisimos vestirlas de modernas, como en la ciudad, como los ricos, y las cubrimos de cemento. Tapamos el barro con esa piel dura, impermeable, que nos parecía eterna. Enfoscamos paredes torcidas para hacerlas rectas y ocultamos bajo capas grises aquello que nos parecía pobre.
Pero el barro es terco. Absorbe humedad y luego la entrega, se mueve, se contrae, se expande, vive, respira. Y cuando está encerrado, protesta, se rebela, agrieta el cemento, lo empuja, lo escupe hasta verse de nuevo desnudo y libre.
Y entonces, el agua que le dio vida regresa para arrebatársela. Hay algo hermoso y terrible en esa contradicción. El agua que convirtió la tierra en barro, que permitió moldear los adobes y levantar paredes capaces de proteger durante generaciones a una familia, termina deshaciendo la casa cuando ya no quedan manos que la cuiden. Una esquina pierde su forma y en algunos lugares aparece la madera que, desprotegida, comienza a pudrirse. Las tejas resbalan y cubren el suelo astilladas, y llega un día en que la cubierta cede y la casa enseña sus entrañas al cielo.
La despoblación no solo es el número de habitantes que pierde un municipio ni una gráfica descendente. Es una puerta que nadie abre. Un huerto devorado por las zarzas. Un camino que desaparece. Una escuela sin niños. Una casa que llora barro cuando llueve.
Cada una de esas casas guarda una historia que solo el silencio de sus paredes recuerda. Allí alguien nació, alguien murió, alguien preparaba la comida mientras otros trabajaban el campo. Hubo discusiones, risas, inviernos en las cocinas alrededor del fuego y veranos con las ventanas abiertas.
No se trata de conservar cada casa como una pieza de museo. Se trata de habitarlas. Los pueblos necesitan cambiar, las viviendas necesitan adaptarse y no condenar a sus habitantes a vivir como lo hicieron sus abuelos. Mantener la tradición no significa renunciar al presente. Significa entender por qué aquellas casas se construyeron así. Utilizar materiales compatibles. Respetar lo que durante siglos funcionó antes de cubrirlo con cemento y pensar que lo moderno, solo por ser moderno, es necesariamente mejor.
Esta mañana vuelve a llover y en alguna calle una vieja pared de adobe estará dejando caer lentamente otra lágrima de barro. Quizá mañana, cuando salga el sol, quede únicamente una pequeña cicatriz en la fachada. Una cicatriz más que la hiere hasta que ya no quede pared que pueda llorar.
A menos que alguien vuelva.
Cuando las ciudades se han vuelto irrespirables, cuando tu sueldo no es nunca suficiente, cuando tu sonrisa se apaga, entonces, tal vez es el momento de volver. Volver a abrir las puertas, a airear las estancias, a recolocar las tejas, a limpiar las malas hierbas, a manchar tus manos de barro. Volver a encender una cocina y a hablar con los tuyos por la noche en torno a ella mientras separáis las piedras de las lentejas.