El campo se vacía en silencio. Las aldeas se apagan, los caminos se cubren de maleza por desuso, los aperos se herrumbran en los pajares, el adobe llora cuando llueve y nadie lo calma. Aun así, la vida se abre camino: en las manos que siguen sembrando pequeños huertos de hortalizas, en quienes restauran una casa abandonada huyendo de la ciudad, en los vecinos que se saludan en las solitarias calles, en la partida a mediodía, en la cultura que busca huecos por donde colarse.
La despoblación y el abandono rural ya no son titulares: son heridas que sangran. Durante décadas se nos vendió el bienestar, una mejor vida en ciudades iluminadas, y lo aceptamos mientras se desmantelaban escuelas por falta de niños, consultorios por falta de médicos y trenes por falta de viajeros. Hoy, la montaña, la tierra y el río piden otra vez que los miremos de frente, sin romanticismo, con respeto.
Palos de Ciego nace para eso: para observar, escuchar y contar. No solo la pérdida, también la resistencia y la renovación; no solo el silencio, también las voces que, poco a poco, llenan de nuevo las plazas vacías. Cada número quiere ser un espacio donde la actualidad, la cultura, la memoria y la vida rural dialoguen sin complejos.
Porque no hay futuro posible si seguimos dándole la espalda al entorno rural.
Y porque, a veces, dando palos de ciego, también se acierta.

Tu suerte es un pájaro que tiene
el secreto entre las plumas y canta
mudo una canción desesperada.

Me encuentro dando vueltas al libro como si estuviera en el súper de Boñar “El Lozano” escudriñando los ingredientes de un tomate frito que no me decido a llevar. Repentinamente, caigo en la cuenta de cuánta información contiene, aparte de lo que quiso escribir la autora o autor

“Muchos vecinos de la zona sienten que este tipo de proyectos se les impone sin debate real. Los procedimientos de información pública se diluyen entre plazos breves y trámites lejanos, excluyendo la participación. Con la maquinaria ya instalada y en movimiento, lo que queda es el silencio resignado del observador que ve su mundo mutar frente a él”.

“La intemperie es lo ajeno a eso en lo que nos hemos constituido de forma no explícita, eso que nos pone a todos en la plaza a mirar el pinar acojonados porque ha aparecido una columna de humo, es agosto y son las tres de la tarde, joder.”

Antaño se hacía la vida en la cocina. Era el corazón de la casa; no había salas de estar como hoy en día, al menos en mi casa era así, y no era por falta de espacio.

Hace tiempo que dejé de obsesionarme con la idea de que, ante cualquier injusticia, yo podía cambiar las cosas. Y no es que haya adoptado una postura conformista o indolente de ver pasar la vida con todas sus complejidades como si no fuera conmigo. Simplemente me he hecho más consciente de lo que en el ámbito personal uno puede abarcar y lo que en el plano ideal deseamos, pero no podemos controlar….

Ayer falleció el primo de Manolo. Que tú dirás, ¿y a mi qué? Manolo nos trae la leña para calentar la cocina económica y si acaso un trocito de la casa. Porque el resto ya es una especie de capítulo de Supervivientes en el que tienes que ducharte y lavarte el pelo a 13 grados dando gracias y bajar por la mañana a prender la cocina con 5 grados en el piso de abajo.

“Son las tres de la mañana. Me he despertado de golpe con la boca pastosa, la nariz reseca y una voz en mi cabeza: ¡Un palo, un palo!”

Es la nuestra una casa en un pequeño pueblo de la ribera del Curueño. Perteneció a mis bisabuelos. Está hecha de adobe y madera y conserva algunos rincones donde aún los pájaros pueden anidar.
Escultor. Leones, oriundo de Villahibiera de Rueda. No se me ocurre mejor presentación para él que las palabras del maestro Gamoneda después de tener ocasión de ver alguna de sus esculturas en la sala sita en Casa de Carnicerías…..
En la fuente de las ranas ya no hay ranas, pero el agua que la salpica sigue marcando el tiempo con la prisa de un reloj que perdió sus agujas con la certeza de que regresaran algún día…