Palos de ciego

La balsa del Condado: ¿Progreso o cicatriz en el paisaje?

Palos de Ciego Nº1 – Enero/2026 – Alberto Centeno

“Muchos vecinos de la zona sienten que este tipo de proyectos se les impone sin debate real. Los procedimientos de información pública se diluyen entre plazos breves y trámites lejanos, excluyendo la participación. Con la maquinaria ya instalada y en movimiento, lo que queda es el silencio resignado del observador que ve su mundo mutar frente a él”.

El invierno se asienta en el Condado, al norte de León, con una quietud espesa y un aire que huele a tierra húmeda y leña. A orillas del Porma, los chopos desnudos dibujan siluetas grises sobre el cielo, y los pueblos parecen recogerse en su propio silencio. Pero este enero de 2026 no forma parte de un invierno cualquiera: el territorio ya muestra las huellas de la transformación. Quien circule por la CL-624, en dirección a Puente Villarente, en el lateral derecho, a la altura del desvío hacia Vegas del Condado, no puede evitar ver las excavadoras, bien paradas, bien removiendo la tierra arcillosa. El ruido grave de los motores anuncia una transformación irreversible. El paisaje, entre heladas y brumas, respira un cambio que ya no es anuncio, sino hecho: materia removida en nombre del progreso.

 La Junta de Castilla y León proclama la construcción de una gran balsa de almacenamiento de agua -más de once hectáreas de superficie- destinada a regular el riego que depende del canal de Arriola. Sus cifras prometen beneficios tangibles: 2.804 regantes favorecidos, más de 4.600 hectáreas de cultivo estabilizadas y un horizonte de pleno funcionamiento en 2027. Los discursos repiten las palabras talismán —modernización, eficiencia, ahorro, competitividad— envolviendo el proyecto en un relato de prosperidad necesaria. Pero, bajo este lenguaje calculado, laten hondas dudas: ¿cuál es el coste real, ambiental y social, de esta instalación? ¿Qué supone para los pueblos que viven y respiran en torno a la futura balsa, como Castro del Condado, donde aún se recuerda aquel tiempo en que se miraba al cielo para sembrar?

Promesa y preocupación se enfrentan en paralelo. La obra, bajo la bandera de “interés general”, busca garantizar agua estable para tiempos inciertos. Pero rara vez este tipo de obras incluye un balance que abarque todos sus efectos. León vive cambios climáticos notorios: inviernos cada vez más áridos, veranos prolongados y extremas oscilaciones que tensionan el equilibrio hídrico. Una lámina artificial de agua, como muestran estudios de entornos similares, puede alterar el microclima local: la evaporación genera humedad y brumas que se adueñarán de los amaneceres del valle del Porma. Mientras, de noche, el calor acumulado se libera lentamente, impidiendo el enfriamiento profundo del suelo. Así podrá modificarse la temperatura en los alrededores: las plantas y cultivos tradicionales tendrán que adaptarse a estas variaciones, y no siempre podrán hacerlo sin pérdida.

La cicatriz que deja la balsa no es solo visual. El impacto medioambiental de esta obra va mucho más allá de lo visible. El movimiento de tierras cambia la estructura arcillosa y la dinámica del agua en el subsuelo. La vegetación autóctona se arranca de raíz, la fauna se ve forzada a desplazarse hacia márgenes reducidos, arrinconada ante la homogeneidad agrícola que avanza sin tregua. Los acuíferos cercanos pueden verse afectados, modificando la humedad y la disponibilidad de agua incluso en los pozos domésticos. Así que, lo que parece ser un depósito de agua para riego de cultivos, encierra la posibilidad de generar problemas silenciosos que, aunque invisibles, son de gravedad.

En lo social, el impacto es igualmente profundo y más intangible. Muchos vecinos de la zona sienten que este tipo de proyectos se les impone sin debate real. Los procedimientos de información pública se diluyen entre plazos breves y trámites lejanos, excluyendo la participación. Con la maquinaria ya instalada y en movimiento, lo que queda es el silencio resignado del observador que ve su mundo mutar frente a él. La obra no solo impone muros, diques y taludes: interrumpe caminos tradicionales y modifica la relación cotidiana de los vecinos con el entorno.

En los pueblos cercanos a la balsa, donde cada elemento del paisaje tenía un sentido práctico y emocional, la obra se percibe como una solución impuesta, más próxima al cálculo técnico que a la memoria colectiva. La fractura no es únicamente una cuestión ambiental sino también emocional. El proyecto separa dos visiones del futuro. Para unos, es la única senda viable: sin modernización no hay competitividad, sin competitividad no hay relevo generacional, y sin jóvenes agricultores, el mundo rural se apaga. Para otros, la modernización forzada erosiona para siempre un medio natural que sostenía la identidad y la vida. En esta segunda mirada, las tierras y riberas no son meros recursos, sino el entramado físico de la pertenencia.

La dimensión energética añade otra capa de coste: maquinaria trabajando sin pausa, materiales transportados y procesados, bombas y sistemas eléctricos que mantendrán la balsa operativa. Todo ello implica consumo constante, emisiones de carbono y una contribución indirecta al calentamiento global. Una paradoja: una infraestructura pensada para enfrentar desafíos hídricos que, a la vez, alimenta otros problemas de escala planetaria.

Sin embargo, en medio de estas tensiones, la esperanza no se pierde; la historia del Condado enseña que sus gentes poseen una capacidad de adaptación resistente. Quizás, la clave para que esta obra no sea una herida abierta reside en cómo se gestione. Si junto a la balsa se impulsan medidas como restauración ambiental, recuperación de corredores verdes, educación medioambiental y verdadera participación vecinal, el progreso puede reconciliarse con la raíz natural y cultural del lugar. El futuro que se necesita es el que armoniza el ciclo del agua y la biodiversidad con la vitalidad de la economía rural.

Cuando, dentro de varios meses, la lámina de agua de la balsa refleje el cielo del Condado, ese espejo debe ser también un reflejo de nuestra conciencia y responsabilidad. La tierra no se posee, se habita; el agua no se guarda, se comparte; y el futuro de este rincón de León no depende solo de infraestructuras, sino del amor que sus gentes tienen por la tierra que han heredado.

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