Estirando el libro
Palos de Ciego Nº1 – Enero/2026- Luciana Pereira
Me encuentro dando vueltas al libro como si estuviera en el súper de Boñar “El Lozano” escudriñando los ingredientes de un tomate frito que no me decido a llevar. Repentinamente, caigo en la cuenta de cuánta información contiene, aparte de lo que quiso escribir la autora o autor:
“Narrativa hispánica. Alfaguara. 19,90 €”. Las siglas FSC, con la leyenda Bosque para todos para siempre. Otra información adicional y subliminal: el autor, en este caso, figura en la cubierta mucho más grande que el título. Y ya si voy a la página de créditos, la cabeza me da vueltas, y descubro, entre otras muchas cosas, que Alfaguara ya no es Alfaguara, es Penguim Random House, la editorial más grande del mundo. Me imagino a esta editorial como un estómago que no para de engullir editoriales, y que un día, por lógica, necesitará una operación de reducción de estómago.
Leí hace poco, en alguna parte, que el libro tiene forma de puerta, con todo lo que eso conlleva. Y es que la puerta, aún no recogiendo ninguna información como lo hace un libro, contiene un gran simbolismo en sí misma y, por el contrario, el libro no, lo que convierte a la puerta en un objeto mucho más interesante; tanto es así que, probablemente, en un ideograma, la puerta sería el centro y el libro sería un elemento secundario pululando alrededor.
Pienso muchas veces en el protagonista de Novela de ajedrez. Al tipo le encierran durante meses en una habitación con todas las comodidades, pero sin nada, absolutamente nada con lo que entretenerse, ni el capuchón de un bolígrafo, y con una ventana tapiada. Si hubiera tenido una novela, o quizá un libro de poesía, ¿qué habría hecho con él además de leerlo y releerlo? Si lo pensamos bien, las posibilidades son infinitas: aprenderse párrafos de memoria, traducir el libro a otro idioma —quizá un idioma inventado—, intentar leerlo del revés, como aquella vez en que leí un manga empezando por nuestro derecho y la historia se volvió profundísima, con toques de ciencia ficción y una gran carga apocalíptica. También se podría personalizar el final, enrollar la página de créditos y simular que se fuma, etc, etc.
Sin embargo, cualquiera que se encontrara en esa situación, por mucha carga simbólica que la puerta tenga, preferiría tener un libro a mano y no un objeto rectangular de dos metros de alto.
Paradójicamente, entretenida en estas reflexiones, apenas he avanzado con el libro que tengo entre manos, y decido salir a ver cómo está la noche. Me encuentro con un sapo y dos luciérnagas. El sapo va y me suelta:
—Lo que quieres decir es que si el libro es un tren regional, la puerta es una parada de autobús.
Me parece bien y asiento.
Las dos luciérnagas no dicen nada, porque las luciérnagas no hablan. Al menos con humanos.