Un nido
Palos de Ciego Nº1 -Enero/2026- Alicia
Antaño se hacía la vida en la cocina. Era el corazón de la casa; no había salas de estar como hoy en día, al menos en mi casa era así, y no era por falta de espacio.
Tenía, en la planta de arriba, cinco habitaciones enormes y en la planta de abajo otra habitación, el cuarto de la calefacción que está justo debajo de la escalera, el comedor que se usa para comer solo en los días de fiesta, la despensa donde se cocina en la de butano y el baño que es del mismo tamaño que mi cocina y mi salón juntos.
Las familias también eran grandes o, por lo menos, estaban compuestas de muchos miembros; en la mía, concretamente, y depende del día, en la misma casa podía haber 15 almas a la vez en la cocina. Era un trasiego constante de gente entrando y saliendo de ella, lo cual hacía la convivencia bastante insoportable. Solo había paz a la hora de la siesta, ese momento en que yo quería salir a jugar a la calle y mi abuela no me dejaba porque calentaba mucho el sol, así que me quedaba en la cocina encerrada viendo la telenovela Cristal, mientras ella terminaba de fregar los cacharros.
espués se quitaba el babi de flores, se sentaba en su silla, siempre en la misma, en el mismo sitio al lado de la económica, y se quedaba dormida con sus manos entrelazadas encima de su regazo y la cabeza hacia abajo como si estuviera rezando, y al tercer ronquido, yo me escapaba muy sigilosamente a la cuadra donde me esperaban las vacas.
Era todo bastante estricto y caótico a la vez.
Todo el mundo nos sentamos a la mesa a comer o a cenar, en aquella mesa de madera enorme, cubierta con un hule que, pobre de ti si cortabas chorizo y cortabas el hule… Alrededor de la mesa, el escaño, también de madera enorme en forma de ele con sus colchonetas de cuadros.
Lo primero, se bendecía la mesa; lo segundo, cada persona se sentaba en su sitio y siempre en el mismo y te ponías a comer y podían suceder 2 cosas: silencio absoluto, todo el mundo mirando el parte de la primera cadena, o se armaba el belén y volaban tenedores o cualquier objeto que estuviera en la mesa, empezaban las voces y todo el listado de insultos e improperios y seguidamente los portazos o las hostias y cuando esto sucedía se rompía la tercera norma, que era que no te podías levantar de la mesa hasta que no terminaran todos de comer. Bueno, las mujeres sí se encargan (entre otras 500 cosas más) de servir la comida, recoger y fregar.
Cuando murió la tía, la dueña de la casa, y unos años más tarde mi abuelo, cada uno hacía ya lo que le daba la gana… Creo que esto marcó el inicio del cambio.
Cuando mi abuela vivía, la casa siempre tenía todas las puertas literalmente abiertas; sin embargo, ahora, si no hay nadie en casa, casi siempre están cerradas a cal y canto. Al principio siempre me olvidaba de llevar las llaves para poder abrir; ahora ya me he acostumbrado a llevarlas.
En la cocina ya no hay tanta gente; como mucho nos juntamos cinco (excepto en la fiesta de Reyes o de San Roque), y son los hombres los que hacen la comida, friegan los cacharros y recogen.
La cocina, aquel corazón ruidoso, es hoy el testigo silencioso de un tiempo que se fue y un recuerdo constante de lo mucho que hemos cambiado.