Introducción a la pérdida
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Luciana Pereira

Cómo averiguar, se dijo,
sí he abandonado la realidad para entrar
en un cuento o he abandonado un cuento
para entrar en la realidad.
Solo humo. Juanjo Millás
Viajando el otro día desde La Alcarria guadalajareña a la Ribera del Porma, iba yo pensando en la calor que estaba pasando, en lo poco que me gusta la autovía de Burgos a la que atraviesa el Sistema Central, y en cuándo llegaría, por fin, el desvío en Aranda de Duero que me adentraría felizmente en tierras de Valladolid y Palencia. Haciendo esos kilómetros a granel por la submeseta sur y la norte, y dejando atrás carteles con términos recios y, sin embargo, deliciosos -Tierra de Campos, Canal de Castilla-, así como nombres de pueblos que yo creo que los inventan para amenizar el camino —Villaviudas, Cevico Navero, Antigüedad, Castromocho— pensé menos en el viaje y más en mis cosas, en concreto en la palabra «pérdida», con la que llegué a las proximidades de Mansilla de las Mulas.
He de decir que, aunque el viaje fue largo y estuve de resaca casi todo el día siguiente, uno de mis yoes felicitó al otro por tocar únicamente una urbe en todo el camino, Guadalajara, y solo por cumplir con cierto compromiso que, si no fuera por eso, hubiera llegado desde el pequeño pueblo alcarreño, Castejón de Henares, al más pequeño aún, Castro del Condado (León), saltando de pueblo en pueblo igual de feliz que el Barón Rampante se desplazaba de árbol en árbol.
Como decía, me enredé sin prisa en la palabra pérdida, pues aún me quedaban un par de horas para llegar al destino.
Resulta que, no hace mucho, cayeron a plomo sobre mí esas vocales y consonantes, colocadas en ese orden y desconocidas para mí:
—Hola, soy una pérdida, y aquí me quedo.
Ni una palabra más.
Tal cual lo cuento, sin avisar, sin pedir permiso. La pérdida, desnuda, franca y sin aditivos se quedó en el hall de entrada, en silencio, ella y yo. Y no supe qué hacer, porque yo estaba a otras cosas y no tenía ganas de visitas ásperas e inesperadas.
Desde entonces convivo con ella. Al principio me pesaba mucho y la apartaba a codazos, pero no había manera, la pérdida se quedaba ahí, importándole un bledo si me molestaba, empujándome con dureza y con impunidad y, sobre todo, sin responder a nada. Al cabo de unas cuantas semanas me pareció que, a pesar de todos mis esfuerzos, la pérdida no se iría nunca. Aunque eso aún es difícil de saber. Así que he seguido mi vida como antes de que apareciera, pues la pérdida, como bien dice la palabra, se perdió, pero yo no, y espero estoicamente el día en que se marche, en que pueda derribarla en el corro de lucha.
Imagino que hay varias o muchas clases de pérdida y cada cual tiene que integrarla en su día a día en función de, al menos, dos variables: el tipo de pérdida y la forma de ser que a cada uno nos ha tocado.
Ya llevaba casi un par de horas de viaje desde la parada del almuerzo, y dirigiéndome al oeste a esas horas el sol me atosigaba sobremanera, así que empecé a buscar la casilla de salida para descansar y tomar algo fresco. Entré en un pueblo que me pareció medio grande y con posibilidades, de nombre Mazariegos, y allí un ser humano de unos cuarenta años me indicó toscamente -no debió de parecerle normal que alguien entrara en Mazariegos preguntando por un bar- que allí no lo había, pero sí en el siguiente, Castromocho, dijo. Mientras avanzaba, me iba rondando la idea de que un pueblo con ese nombre y en un país que de lunes a jueves desprecia el campo, no podía tener un bar abierto un lunes a las cuatro de la tarde. Así fue.
Seguí, pues, enredada en la condenada palabra y en las larguísimas carreteras secundarias de Tierra de Campos sin encontrar ningún sitio donde poder parar bajo el aplastante sol de esa tarde.
Me vino a la cabeza que las pérdidas que había conocido hasta entonces eran las pérdidas triviales: de orina, la pérdida de pelo, la presbicia. Y yo, enfrascada en mi mundo cotidiano, creía que eran pérdidas tremendísimas e irreparables hasta que apareció lo que sentí como una pérdida con mayúsculas.
Por fin, en las cercanías de Mayorga apareció ante mis ojos el detestable oasis en forma de gasolinera + bar de carretera, y delante de un descafeinado con hielo olvidé por un rato los kilómetros que llevaba, los que me faltaban y el sol no de poniente, el anterior, que pega más.
Más animada tras el descanso, tuve un pensamiento tópico pero efectivo, consistente en que llegar a la edad en que se padecen alguna de esas pérdidas es la nada, pues con una compresa, unas gafas o un buen rapado a tiempo o a destiempo, da lo mismo, el problema está resuelto. Resolver con una misma la otra pérdida es otra cosa. Me ha parecido que el tiempo y las buenas compañías son los únicos que te dan respuestas satisfactorias porque una, en tales circunstancias, solo da para hacerse preguntas y más preguntas que construyen un tornado inacabable e inútil.
Llegué a mi pueblo victoriosa, y tras de mí la sombra que llevaba semanas persiguiéndome, pero con parte del recorrido hecho, sin yo saberlo.