La vida mentirosa de los adultos - Elena Ferrante
Hay libros que trascienden la literatura para contarte una historia, una historia que vives junto a los personajes, una historia que se convierte n tú historia. La vida mentirosa de los adultos pertenece a este tipo de libros. Y eso, en un club de lectura de un pueblo de León, da bastante juego.
La novela nos coloca en la adolescencia de Giovanna, en ese momento en el que ella empieza a descubrir que los adultos no son exactamente quienes decían ser. O, quizá fuimos nosotros quienes los construimos, en nuestra ingenuidad infantil, de otra manera.
Giovanna escucha accidentalmente a su padre compararla con Vittoria, una tía de la que prácticamente no sabe nada y que parece representar todo aquello que su familia desprecia. A partir de ahí comienza una búsqueda. La niña empieza a mirar a sus padres de otra manera y descubre sus mentiras, sus infidelidades, sus rencores y las pequeñas miserias sobre las que habían levantado una apariencia de normalidad. Dejan de ser dioses para convertirse en vulgares humanos.
Ferrante vuelve a uno de sus territorios habituales: la familia como lugar de protección, pero también como origen de muchas de nuestras heridas.
Y aquí creo que la novela puede resultar especialmente interesante leída desde un entorno rural.
En un pueblo sabemos bastante de familias y de historias heredadas. De personas de las que «mejor no hablar», de enemistades cuyo origen casi nadie recuerda, de versiones diferentes de un mismo acontecimiento y de secretos que, curiosamente, conoce todo el mundo. También sabemos que la familia que uno conoce de niño no siempre es la misma que descubre cuando se va haciendo adulto.
Giovanna empieza precisamente a tirar de uno de esos hilos. Vittoria es la pariente que ha sido expulsada del relato familiar. pero cuando Giovanna la conoce descubre que las cosas no son tan sencillas. Vittoria puede ser vulgar, manipuladora, cruel y contradictoria, pero también posee una verdad, su verdad, tan válida como la que los padres de Giovanna han intentado ocultar.
El problema es que nadie tiene toda la verdad. Y quizá ahí esté una de las ideas más interesantes del libro: los adultos no solamente mentimos a los niños; también nos mentimos entre nosotros y, sobre todo, nos mentimos a nosotros mismos.
Nápoles, la dualidad de un personaje más.
Nápoles tiene una presencia enorme en la novela. Giovanna se mueve entre dos ciudades. Está el Nápoles culto y acomodado de sus padres, profesores e intelectuales, y el Nápoles popular de Vittoria, más áspero, más pobre, más directo y también más violento. No son únicamente dos barrios. Son dos maneras de hablar, comportarse y entender el mundo.
Desde un pueblo leonés quizá podamos reconocer algo de esa división, aunque las circunstancias sean completamente distintas. Durante mucho tiempo también existió aquí una frontera entre quienes estudiaban y quienes no podían hacerlo, entre quienes se marchaban a la ciudad y quienes se quedaban, entre determinadas familias, entre distintas maneras de hablar y hasta entre quienes intentaban desprenderse de su origen rural y quienes lo llevaban con orgullo.
Ferrante muestra muy bien cómo el lenguaje puede convertirse en una frontera social. No hablamos igual delante de todo el mundo. Cambiamos palabras, tono e incluso acento dependiendo de dónde estamos y con quién. Giovanna descubre que también eso forma parte del mundo adulto.
Una protagonista difícil de querer
Giovanna no siempre resulta simpática. Es contradictoria, egoísta, impulsiva y en ocasiones cruel. Pero quizá sería injusto pedirle otra cosa. Está aprendiendo a ser adulta precisamente mientras descubre que los adultos que tenía como referencia son bastante menos admirables de lo que pensaba.
Hay algo especialmente interesante en su relación con su propio cuerpo. Giovanna se mira constantemente desde los ojos de los demás. Quiere saber si es guapa o fea, si se parece a Vittoria, si resulta atractiva. Su identidad depende durante buena parte de la novela de cómo cree que la ven. Y esto puede provocar una conversación interesante entre generaciones. Porque las adolescentes de hoy tienen redes sociales, fotografías y una exposición constante de su imagen, pero esa necesidad de saber cómo nos ven los demás no nació con Instagram.
Las mujeres de Ferrante
Como ocurre tantas veces en Elena Ferrante, las mujeres sostienen buena parte de la novela. Madres, hijas, amigas, amantes, esposas. Entre ellas hay solidaridad, pero también competencia, celos, admiración y crueldad. Ferrante no idealiza las relaciones femeninas. Sus mujeres pueden quererse profundamente y hacerse daño con la misma intensidad. Y quizá por eso funcionan tan bien. No son personajes construidos para representar «a las mujeres». Son mujeres concretas, llenas de contradicciones.
En un club de lectura compuesto mayoritariamente por mujeres y con experiencias vitales muy diferentes, aquí estará una de las partes más interesantes de la conversación: qué personaje comprendemos, a cuál juzgamos y, sobre todo, por qué.
Porque seguramente no todas veremos a Vittoria, a Giovan o a su madre de la misma manera.
Lo que nos deja la novela
Más que la historia concreta, nos interesó la pregunta que queda después de leerla:
¿En qué momento descubrimos que nuestros padres eran simplemente personas? Personas que tuvieron deseos, cometieron errores, fueron cobardes alguna vez, traicionaron a alguien, se equivocaron o tomaron decisiones que nunca llegamos a conocer.
De niños creemos que los adultos poseen las respuestas. Después descubrimos que muchas veces estaban improvisando. Quizá hacerse adulto consista también en eso: dejar de mirar a nuestros padres como padres y empezar a mirarlos como hombres y mujeres. Y entonces aparece la duda: ¿cuántas de las cosas que contamos sobre nuestra propia vida son verdad y cuántas son la versión que hemos decidido conservar?
En un pueblo, donde la memoria individual y la memoria colectiva se mezclan constantemente, esa pregunta tiene todavía más sentido. Porque una misma historia puede tener tantas versiones como personas estaban sentadas alrededor de la mesa. Y puede que ninguna sea completamente mentira; ni completamente verdad.
Ese punto intermedio es precisamente donde Elena Ferrante coloca La vida mentirosa de los adultos.