El huerto
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Inés

Mis ojos atravesaron la ventana del piso superior y pude ver cómo lo que un día fue una huerta envidiable se había ido dejando a su suerte hasta quedar completamente tapado por la hierba alta. El nuestro, nada del otro jueves, se mantenía por las incansables jornadas de mi madre cortando césped. Pero sarna con gusto no pica, y para ella esto de “cuidar tus tierras” era como su parque de atracciones personal.
De repente sentí pena. Me sobrevino de repente, sin previo aviso. Y una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. No era el jardín, no era mi depresión, no era el domingo. Era ver en primera persona qué ocurre cuando alguien ya no está. Ese yanoes en gerundio. Tampoco es que yo tuviera grandes lazos de amistad con el vecino antiguo propietario del envidiable jardín, pero es verdad que siempre, siempre me fascinaba ver el tiempo y amor que le dedicaba y que ya no. Mi lágrima cayó al suelo del baño mientras yo, recién salida de la ducha, dejaba que se me pusiera la piel de pollo contemplando ese breve instante de realidad. Hacía mucho que no pensaba en ella. Ya sabes. Laquenodebesernombrada. La muerte.
Había navegado por mi cabeza mil veces estos últimos meses la idea de pasar a formar parte de ese vecindario silencioso de forma voluntaria. De tirar la toalla. De decidir que no quiero seguir la partida con estas cartas que me han tocado. Pero meses después de todo, aquí seguía. Cierto es que tomarse 14 pastillas al día para tener un presente, ya no vamos a decir bueno, estable más bien, no me hacía mucha gracia. Pero tampoco podía soltar ese flotador que cuatro veces al día me sostenía con una química mágica, por ahora para mí imprescindible. “Ya iremos bajando”, había dicho el psiquiatra. “A tiempo de bajar siempre estamos”, había dicho la psicóloga. Pero la mierda era que cada domingo yo rellenaba mi pastillero premium con 14 pastillas para cada día de toda la gama de colores, tamaños y formas, preparando una semana más de amarga ansiedad constante.
Con el tiempo que llevaba con esto, debería de haberme acostumbrado ya al ritual de abrir y cerrar cajas, contar y distribuir pastillas y todo ese estaribel. Pero no. ¿Quién podría? Quiero decir, ¿cuál es la alternativa? Si no me medico, vuelvo a querer formar parte del patio de los callaos porque mi cabeza no está todavía perfectamente engranada. Si no me lo tomo, por muchas sesiones de MDMR que haga con mi loquera caen en saco roto. Me quedo expuesta. Como ahora estaba. Como parece que estoy siempre. Expuesta y con el culo al aire.
Me envolví en una toalla y terminé de secarme. Mi madre me llamó desde el piso de abajo para un no sé qué y yo volví al presente. Casi asustada de mis propios pensamientos. Quiero estar aquí, obvio que quiero. Pero cruzar la línea, darte cuenta de que el hecho de estar es una elección diaria de la que un trastorno mental se puede aprovechar si bajas la guardia, es una verdad peligrosa. Quizá sí sea hora de ponerle nombre. Porque a lo mejor yo no tengo un huerto que se haya descuidado, pero el TLP ha pasado como un tifón por mi vida de forma transversal. No le ha quedado ni un solo huequecito sin tocar. Aparecía a la hora de comer, porque ya no comía. A la hora de quedar, porque ya no quedaba. A la hora de levantarme, porque me suponía un esfuerzo enorme levantarme. A la hora de estudiar, porque tampoco estudiaba. Siempre había querido una relación larga; cuidado con lo que deseas. Este novio mío, que me acompañaba a todas partes, no había tema sobre el que no opinase. Así, bajito, por debajo justo de la oreja. Daba igual qué oreja. Pero daba su opinión. Me volvía dura y blanda al mismo tiempo. Me hacía entrar en constantes dicotomías sobre si fresa o nata llevadas al extremo. Impulsos, dijo Valeria. Son impulsos, Inés, no puedes dejarte llevar por ellos. Pero cuando una está locamente enamorada, es tonta e impulsiva. Y yo enamorada no estaba, pero lo de locamente, joder que sí lo estaba. Y mi novio me proponía hasta las más absurdas decisiones. Así acababa luego, con otra sobreingesta más de pastillas. O comiéndome 10 polos de naranja de una sentada para calmarme como un niño se agarra a un chupete. Una vez más decidí que mi huerto seguiría cuidado y yo, obediente, tomaría las pastillas, seguiría haciendo deporte y meditando a diario. Puede que la holgazanería me impidiera esto último; tampoco vamos a echarle la culpa de todo al novio tóxico. Pero ahí estaba, viendo las consecuencias del no estar. De desaparecer. Palpar cómo el tiempo había pasado para todos, yo incluida. Y ser consciente de quiénes seguíamos en la mesa de póker, con faroles o no, jugando nuestras cartas dadas.
Miré resoplando una vez más la hierba alta y salí del baño.
Levantarse, caer, levantarse de nuevo, siempre con ese humor negro y canalla que nos saca una sonrisa y que echaremos de menos. Espero seguir leyéndote alli donde escribas
Qué bueno Inés. Qué auténtico me parece, que real y disparatado a la vez. Qué bien describes los sentimientos, las contradicciones y las adicciones amorosas. Me encanta.