La nieve
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Mirva Valdeburón

Las estrellas salen balseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Sylvia Plath
Me despierto sintiendo el olor del invierno, esa mezcla de frío y leña que te retiene entre las sábanas mientras te aferras al abrazo del sueño, sin embargo, lo que ocurre hoy es totalmente distinto, ese olor me lleva a la necesidad indeleble de ponerme en pie.
Como si de una premonición se tratase, me apresuro a levantar la persiana para descubrir que mi pintura favorita se ha transformado en un dibujo a carboncillo difuminado.
La nieve cae lentamente y la escasa luz del amanecer tiñe el paisaje de gris. Corro a prepararme un café con una prisa totalmente injustificada, pensando que no puedo perderme el paso del blanco y negro al color, o mejor dicho, al monocromático blanco helado, pues una nunca sabe en qué momento el carboncillo se transforma en una fotografía de alta calidad.
Al calorcito del café y con la chimenea prendida, me instalé ante la ventana. No sé qué tipo de atracción fatal ejerce la nieve sobre mí, pero no puedo apartar la mirada, me atrapa como si una suerte de hipnotismo me hubiera poseído. Calculo que en estos momentos la capa que cubre el patio trasero tendrá unos diez centímetros y me doy cuenta de que lo que realmente quiero es salir corriendo con un metro de carpintero, hundirlo en la nieve y comprobar exactamente cuántos centímetros hay.
No entiendo esta obsesión por medir la nieve, ya que nunca he tenido una relación fluida con las matemáticas. De todas formas, si lo pienso en términos prosaicos y me olvido de la parte científica, reconozco que están presentes en la vida diaria.
Siempre que nieva me apetece hacer unas sopas de ajo, una asociación totalmente nostálgica, la casa de la abuela, las madreñas en la puerta, la cazuela roja en la chapa y los números presentes otra vez: cuatro dientes de ajo bien machacaditos, medio pocín de aceite de oliva, una cucharada de pimentón, dos vasos de agua y al llegar al pan de hogaza, (que como mínimo debería ser del día anterior), hago un poco de magia, me desprendo de la ciencia y acudo a las humanidades: la cantidad dependerá únicamente de cómo te gusten, espesinas o bien caldosas.
El día avanza, entre el fuego y la lectura, dejo sobre la mesa a Annie Ernaux. Parece que no consigo concentrarme y pruebo con Sylvia Plath:
Las estrellas salen balseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Doy un significado a estos versos desprovisto del contexto y del objeto del poema, me invento que describen el momento que estoy viviendo y decido coger el metro de carpintero y salir a medir la capa de nieve. Diecisiete maravillosos centímetros.
La influencia de los versos me arrastra hasta la calle, no puedo esperar a que las estrellas salgan balseando. Me visto a conciencia: botas, polainas, plumas y gorro, no soporto pasear con paraguas e interrumpir el camino de los copos. Sigue nevando intensamente, pero no estoy en el Everest y no necesito esperar a que se abra una ventana de buen tiempo, salgo decidida a llegar al hayedo. Calculo mentalmente, mil trescientos metros de altura y unos trescientos cincuenta de desnivel. ¡Otra vez las mates pidiéndome amistad!
Comienzo el ascenso y me centro únicamente en el sonido de las botas al hundirse en la nieve, a veces lo pierdo porque la ventisca acaricia las ramas de los pinos derramando montones de estrellas azuladas y cada poco, alguna rama antigua que no soporta el peso se quiebra.
Miro a lo lejos el camino inalterado, únicamente mis huellas perturban el equilibrio, y me pregunto qué busco, qué pretendo descubrir. Entonces comprendo que este momento en sí mismo es un refugio, un camino hacia la armonía.
Qué maravilla de artículo,Mirva Valdeburón. Ese sentimiento atávico que a todas nos transita cuando la nieve borra los caminos y cubre el paisaje. Enhorabuena
Gracias Cflantains. Solo en el ámbito rural lo podemos sentir de esa forma y es bonito compartirlo.
En conjunto, es un relato breve muy atmosférico, de gran coherencia sensorial y emocional, que equilibra bien lo cotidiano y lo poético. El arranque es muy eficaz: el olor del invierno, la mezcla de frío y leña y la urgencia de levantarse colocan al lector de inmediato dentro de una experiencia física y emocional.
La inserción del poema de Sylvia Plath y la mención a Annie Ernaux sitúan el texto en un campo literario claro y coherente, y otorgan profundidad a la experiencia aparentemente simple de una nevada.
Por otro lado, aparecen algunas oraciones muy largas, encadenadas mediante comas que podrían ganar fuerza y claridad si se fragmentan en frases más breves, especialmente en la descripción de la receta de sopas de ajo.
Muchas gracias Alberto. Agradezco infinito tus comentarios. Me vienen de perlas para mejorar.