Pobreza energética
Palos de Ciego Nº1 -Enero/2026- Inés

Ayer falleció el primo de Manolo. Que tú dirás, ¿y a mi qué? Manolo nos trae la leña para calentar la cocina económica y si acaso un trocito de la casa. Porque el resto ya es una especie de capítulo de Supervivientes en el que tienes que ducharte y lavarte el pelo a 13 grados dando gracias y bajar por la mañana a prender la cocina con 5 grados en el piso de abajo.
Sumado a todo lo que llevábamos encima este invierno pusimos nombre, cara y apellidos a la pobreza energética. Hacíamos el tetris con el poco dinero que teníamos para comprar leña y si acaso llenar solo una vez el depósito de gasoil para tener agua caliente. A mí la gente que me romantiza lo de vivir en un pueblo, o se lo monta muy bien, o tiene un bofetón con la mano abierta en la cara.
En realidad, todo esto venía arrastrándose desde hacía ya meses. Meses en los que los del curro despidieron a mi madre, que lleva 35 años en la empresa resolviendo más tomates que los de Orlando (me perdonen la publicidad). Sabían perfectamente que no nos sobraba el dinero. Sabían la gran putada que iba a suponer, y que yo estaba encima enferma entrando y saliendo del hospital. Por lo que mi madre además tenía que guardarse sus preocupaciones para no echarle más leña al fuego, nunca mejor dicho. Escribiría sus nombres y con un escupitajo los metería al congelador. Pero no creo en esas cosas y espero que tengan una jubilación miserable.
A lo que iba, el entierro de las narices. Yo no sabía si ir o no. Sabía de oídas quien era el que se había desempadronado involuntariamente en cuestión, pero no tenía claro ni su nombre ni su cara, y eso que parece ser que vino una vez a casa a traernos fruta de su huerto. Ni puñetera idea Julia. Pero lo que sí tenía claro era que aparecer por allí me requería un esfuerzo y un mal gusto que sencillamente no me daba la gana. Honra a los muertos y cárgate en sus huertos. Si se lo merecen claro.
Volvió mi madre del entierro y yo con cara de preocupación porque esto de la muerte no es algo de lo que se hable todos los días ni que te lo diga el horóscopo. Y vino que yo no sabía si se había ido a un entierro o a tomarse tres copazos. Obviamente pregunté, no fuera a ser que se hubiese fumado algo mágico y yo aquí perdiéndomelo. Y me dijo que el entierro pues como todos los entierros, visto uno vistos todos. Pero que lo bien que se lo había pasado no tenía precio. El sepelio podría compararse con la puñetera fashion week de Milán. Porque apareció por allí todo quisqui. Yo, ingenua, no entendía nada. Pa´qué? Pues porque era como ver una revista de esas amarillistas en vivo y en directo y por supuesto comentarla. Estaba el primo de no se quién que vaya pinta, mira esa que le puso los cuernos a nosecuantos, un hijo que no había pisado el pueblo en treinta años completamente desubicado, pero ahí tenía que estar y un largo etcétera de comentarios que cada vez que alguien abría la boca subía el pan. A mí nunca me ha importado que hablen mal sobre esto o aquello de lo que hago, si lo hacen probablemente sea porque algo bueno estoy haciendo, ese amarillismo me causaba cierta dicotomía. Pero es cierto que la muerte es una cuestión muy cultural. Recuerdo hacer botellón en mi erasmus en Sarajevo en un parque donde había columpios y pequeños monolitos con gente ahí enterrada. No salía de mi asombro, y de la borrachera tampoco.
Echamos un leño más a la cocina mientras me seguía contando. Entendí entonces el propósito del entierro. Qué otra ocasión más sino iba a ser capaz de reunir a todas las mujeres para ponerse al día de todo lo que concurría en el valle mientras miraban a los demás como si valiesen menos que unas bragas del rastro. Es curioso. Cuando yo me muera que hagan lo que les salga del higo, pero si, ojalá hablen de mí. Y mucho. Resoplé y salió vaho de mi boca, al lado de la estufa y dentro de casa. Una fantasía.
Me acordé de los psicópatas que nos habían dejado en la miseria y de todos sus muertos, ya que era el trending topic del día. Pero también sabía que teníamos algo en común todos esos que guardamos las sartenes en el horno boca abajo para que entren todas, porque sí mi ciela, si haces eso perdona, pero eres clase trabajadora. Pobreza energética. Pobreza en los huesos. Pobreza y frío. Nadie quiere sentirse pobre. Decir que es pobre. Pero si estas en tu casa (que ojo, al menos tienes casa) y no puedes ducharte porque es posible que cojas una neumonía mientras, puedes decirte pobre. Lo eres. Subí a mi habitación sorteando la lámpara de mi cuarto, que se había descolgado del techo y un agujero que hice en el suelo lleno de carcoma la semana anterior, casi acabo en el piso de abajo. Por fin me senté en el escritorio pegada a un mini calefactor que me permitía sobrevivir lejos de la estufa. Ojalá a los psicópatas que han echado a mi madre les ocurra algo que realmente les ponga en su sitio. Yo no quiero que la espichen, eso sería muy fácil. Yo quiero que sufran. Igual que nos están haciendo sufrir a nosotras. Igual que me están haciendo sufrir a mi cada mañana que bajo a encender la cocina económica con un jersey encima de otro hasta que se caldee la casa. Hay quien me dirá que no pierda el tiempo maldiciendo a gente, que no se merecen mi tiempo. ¿Y sabéis que os digo? Que eso lo decís porque por la mañana no hay 5 grados en vuestra casa.
Otra cosa me ha quedado requete clara, el próximo entierro no me lo pierdo por nada.