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Palos de ciego

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Bosque quemado

Cuando el fuego entra en el monte, el código queda grabado sobre la tierra.
La factura la pagan el bosque, los animales y, al final, todos nosotros.

Cada ascua moribunda por separado forjó su fantasma en el suelo

Árboles quemados

Me vine al monte para habitar, por fin, esa choza de bruja que difusamente añoraba desde siempre. Para ser de las brujas que guardan el territorio, que lo protegen, como los Benandantti, esos que nacían vestidos con el saco amniótico sin romper, esos que celebraban aquelarres dormidos cada uno en su cama, esos que protegían las cosechas. Cristianos de bien hasta que su poder fue tal que fueron a la hoguera con el resto de amotinados del sistema.

Del agua que quiero beber

Bosque

Hace tiempo que La Fuente del Segundo Valle dejó de ser una oquedad en el suelo llena de agua fresca en cuyo fondo se podía ver cómo manaba. Cuando me agachaba a beber, antes de posar los labios en el agua, observaba de cerca aquel brotar con tanta atención… Y sin atreverme a tocar por si acaso interrumpía algún encanto extraordinario.

Que no arda lo nuestro

Mujer rezando frente a un monte ardiendo

Para que Zeus vigile la llama eterna del Olimpo
Para que Prometeo nos proteja del fuego
Para que Hermes encienda su fragua
Para que Romano se vuelva a quemar
Para que no arda Paris

¿Quién quema el monte?

Fotografía en blanco y negro de un grupo de chicos y chicas en el campo

Entramos en el mes de septiembre y ya los últimos coletazos del verano parecen percibirse, especialmente en la luz que acompaña nuestros días, pues parece que las temperaturas, propiciadas por este cambio climático que tenemos encima, tan negado por algunos, aún nos deparan días de calor no propios de estas fechas. El verano avanza hacia su término estacional y en nuestras tierras quedan por doquier las profundas cicatrices que los incendios han ido dejando aquí y allá, mientras aún corremos peligro de que se abran otras nuevas.