Código de barras

Cuando el fuego entra en el monte, el código queda grabado sobre la tierra.
La factura la pagan el bosque, los animales y, al final, todos nosotros.
Cada ascua moribunda por separado forjó su fantasma en el suelo

Me vine al monte para habitar, por fin, esa choza de bruja que difusamente añoraba desde siempre. Para ser de las brujas que guardan el territorio, que lo protegen, como los Benandantti, esos que nacían vestidos con el saco amniótico sin romper, esos que celebraban aquelarres dormidos cada uno en su cama, esos que protegían las cosechas. Cristianos de bien hasta que su poder fue tal que fueron a la hoguera con el resto de amotinados del sistema.
A mi abuela le gustaba el fútbol

Nos ponemos palos en las ruedas nosotros mismos, que buscamos excusas, que hacemos trampas al solitario para ser injustos, para mantener la cabeza alta ante nuestros errores
Que no arda lo nuestro

Para que Zeus vigile la llama eterna del Olimpo
Para que Prometeo nos proteja del fuego
Para que Hermes encienda su fragua
Para que Romano se vuelva a quemar
Para que no arda Paris
¿Quién quema el monte?

Entramos en el mes de septiembre y ya los últimos coletazos del verano parecen percibirse, especialmente en la luz que acompaña nuestros días, pues parece que las temperaturas, propiciadas por este cambio climático que tenemos encima, tan negado por algunos, aún nos deparan días de calor no propios de estas fechas. El verano avanza hacia su término estacional y en nuestras tierras quedan por doquier las profundas cicatrices que los incendios han ido dejando aquí y allá, mientras aún corremos peligro de que se abran otras nuevas.
Ventana de campo, ventana de ciudad

Sigo tomando café junto a la fácil ventana que me nombra y no me numera mientras me limpio las uñas de la tierra del huerto que removí ayer.
Cuando la menta

Me mira con sus tristes ojos. Sí, venís gente nueva, pero mira las fiestas: cada uno en su casa y Dios en la de todos; las calles vacías y, por la noche, botellón. Esas no son mis fiestas.
Los veraneos

Solsticio de verano, 21 de junio, como todos los inicios del verano se activa el despertador de recuerdos que llevo tatuados en mi piel, que es el lienzo donde escribo mis experiencias. Verano de los años 60 y 70, un pequeño pueblo donde no nos podíamos permitir ir de veraneo ya que el plato fuerte de las tareas del campo transcurre en esta época.
Donde la Tradición Respira, la memoria permanece

Donde la Tradición Respira, la memoria permanece
La naturaleza embellece lo que la sociedad descuida

La naturaleza embellece lo que la sociedad descuida