¡Un palo, un palo!
Palos de Ciego Nº1 -Enero/2026- Ignacio Chavarría
Son las tres de la mañana. Me he despertado de golpe con la boca pastosa, la nariz reseca y una voz en mi cabeza:
¡Un palo, un palo!
Qué cabrón es el subconsciente… ¿o tal vez el inconsciente? A saber. Ambos juegan en mi contra: aparecen en medio de la noche y me incomodan con sus cosas.
¡Un palo, un palo!
De pronto, esas palabras rasgando mi sueño, imponiendo la vigilia. ¿Qué anunciaba esa publicidad? Por mí, como si vendían palos. Pero no, ya es tarde: ahora me taladra el cerebro ese maldito niño ilusionado.
Enciendo la luz, me incorporo. La luz azul del móvil me hiere con su impertinencia. Escribo: Un palo. El cerebro no me da para más, nunca da para más, ni en su mejor versión.
La pequeña pantalla empieza a escupir con incontinencia su habitual verborrea de datos sin sentido: «pieza de madera u otro material, mucho más larga que gruesa, generalmente cilíndrica y fácil de manejar». «Cada una de las cuatro series en que se divide la baraja de cartas». «Golpe que se da». «Cada una de las variedades tradicionales del cante flamenco». «En fútbol y otros deportes, golpe del balón contra el marco de la portería». «Robo, atraco». «Coito». «Maderos que se colocan perpendicularmente a la quilla de una embarcación, destinados a sostener las velas» …
Sí, vale, una acepción muy rica en significados, pero no es lo que busco. Algo en mi cabeza ha encontrado conexiones que solo la cuántica puede explicar. Un palo.
Y de pronto lo veo: esa reunión con mis amigos de la urbe antes de venir al pueblo, ese brindis: Por el nuevo paleto.
Paleto: un hombre con un palo. Me descojono. Me reclino en la cama, apago la luz y dejo mi mente volar.
Enseguida me visita la Isidora de Pérez Galdós con su eterno desprecio a la gente de pueblo, perdida entre cafés y fondas sin entender nada. Me convierto en el Manuel de Baroja, desorientado en las calles del foro. Siento las burlas por mi acento cerrado en el café de La colmena de Cela. Soy uno de Los olvidados de Buñuel y un santo inocente, con mi Milana bonita al hombro, intentando escribir mi nombre con caligrafía infantil para los señoritos. Qué bien enseñados estamos, qué buen adiestramiento.
¡Un palo, un palo!
Hay algo más, algo que se revuelve y tiene que salir antes de poder volver a dormirme. No es ese inocente Paco Martínez Soria de comedia de destape, bonachón, ignorante de los códigos urbanos, pero que acaba resolviendo los problemas con su sentido común. No son los 80, no es Ozores, ni Esteso ni Pajares. No es el chulo de pueblo de Bigas en Jamón, jamón. No. Hay alguna conexión ahí que trajo el palo a mi mente y lo enlazó con paleto. Alguien inculto, simple, en la acepción más dañina de la palabra. Alguien a quien se puede engañar. Alguien a quien le envuelves un palo en papel de regalo y le das la alegría de su vida.
¡Un palo, un palo!
Sí, eso es. Ya sé qué anunciaba el spot, ya sé quién hay detrás que me quita el sueño. Y sé qué es lo que me desvela: el juego del trilero. Por aquí te enseño la vida de color rosa y llena de frescas burbujas; por detrás están los intereses económicos que me impiden denunciar un genocidio.
Sí, ¡qué palo tan bonito! Al fin y al cabo, ¿quién no necesita un buen palo para andar por caminos pedregosos?