Mi amiga de los bosques
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Monse Robles Castro

Tengo la suerte de vivir en el pueblo de mis bisabuelos y de toda mi familia. Un pequeño pueblo en la España despoblada. En la ribera de un pequeño río de montaña con su caudal sin regular por presas ni pantanos. Un río que sigue el curso natural de las estaciones: en primavera ruge de forma alocada y en el verano se remansa en pequeñas pozas transparentes y desaparece debajo de las piedras en algunos tramos. Somos muy pocos, sobre todo en el invierno.
Puedo ver las azuladas crestas de la Montaña Central Leonesa a muy corta distancia. Y son para mí como un imán. No puedo dejar de mirarlas, tan azules. Tan bellas.
Así que, sin poder ni querer evitarlo, una vez más, cogemos las mochilas y las botas y acudimos a la llamada de las rocas y los bosques.
Hoy vamos a subir un pequeño pico calizo, de poco desnivel, pero que desde lo alto tiene una magnífica vista del valle de verdes prados y de las altas cimas circundantes, todas ellas montañas calizas, agrestes, alpinas, de crestas afiladas y cimas puntiagudas.
Comenzamos a ascender por la ladera lentamente y yo resoplando (ya tengo una edad). Es casi verano y pronto empezará a hacer mucho calor. Subimos y subimos (y yo resoplo y resoplo). Cuando paramos unos minutos a mitad de ascensión, para recuperar el resuello, de pronto veo allá abajo que alguien está subiendo hacia nosotros, a derecho, por la pendiente más abrupta, rápidamente. ¿Quién será? Tiene pelo largo, una camiseta celeste, falda corta y… ¡Sus pies están descalzos!
Camina sobre las rocas con increíble agilidad, como un rebeco, a saltos ligeros y etéreos. Y en pocos minutos llega a nuestro lado. Sin resoplar, ni jadear y con una sonrisa radiante. Su piel es de color avellana, curtida por el sol y la intemperie, y sus miembros, delgados y flexibles; su edad, indefinida, aunque joven. Es una mujer… ¡Increíble! Camina descalza, sin mochila, ni gorro, ni cantimplora. Nos saluda con simpatía. De forma natural se une a nuestra marcha, nos acompaña hasta la cima. Habla poco, pero sonríe mucho. Nos pregunta de dónde somos. Se lo decimos. Y al devolverle la pregunta, ella nos responde que es del cielo y las estrellas.
Conoce cada centímetro de la montaña. Sabe encontrar la pequeña roca sombreada que la protege del sol, el pequeño manantial donde calmar la sed. No parece afectarse por los tojos llenos de pinchos, a pesar de que no lleva calzado.
Paramos en la cima un buen rato para disfrutar de las vistas, bebemos agua, picamos frutos secos… Ella no quiere beber ni comer nada. La naturaleza le da todo lo que necesita, dice.
Hace ya un sol fuertísimo, estamos muertos de sed, y ella no quiere beber. No parece necesitarlo. Se tumba cuan larga es sobre la cima para recibir los rayos del sol.
Aprieta el calor. Ya es mediodía, así que empezamos el descenso. Caminamos lentamente en busca de los prados del fondo del valle. Y ya no la vemos más. Ha desaparecido.
Cuando finalmente llegamos al pueblo del que partimos por la mañana, ya es más de mediodía. Las cervezas heladas nos llaman desde el fondo del bar. Bebemos y bebemos, lo necesitamos.
De pronto, aparece ella, con el pelo y la ropa mojados, sonríe… Se ha bañado en el pequeño arroyo del fondo del valle y ha bebido agua allí.
Nos acompaña con agrado, busca nuestra compañía. No bebe cerveza. No tiene móvil, ni usa electricidad, ni agua caliente en su casa. Se baña en el río. Me recuerda a los elfos del bosque, toda ella translúcida, un ser de luz, sin malicia. Nos quedamos noqueados cuando la escuchamos hablar y nos cuenta su modo de vida. Tan simple y al mismo tiempo tan pleno.
¿Tal vez es que nuestra vida se ha vuelto demasiado complicada?
El tiempo pasa, y nuestro estómago nos recuerda que es la hora de comer. Volvemos a nuestro pueblo. Pero vamos a hacer otra excursión a la misma zona la próxima semana, le decimos. ¿Querrá unirse a nosotros? Acepta muy contenta. Quedamos a las 9:30 de un día de la siguiente semana.
Ya en el coche pensamos que seguramente no la veremos más. ¿Cómo podrá saber el día y la hora, si no tiene reloj, ni calendario, ni radio, ni televisión? Es como un ser fantasmagórico que aparece y desaparece.
Transcurre la semana con sus quehaceres diarios, hasta que llega el día de volver a las montañas. De nuestra amiga de los bosques no nos hemos acordado más. Aparcamos al lado de un prado, buscando la sombra. Cuando de pronto vemos que allí hay alguien. Una persona está sentada sobre la hierba, acurrucada, y nos mira y nos sonríe. ¡Es ella! ¡Ha venido de nuevo!
¡Una elfo de los bosques se ha hecho nuestra amiga!
Se trata de un texto lírico y sugerente, muy acorde con la sensibilidad de la prensa rural y con un claro trasfondo de amor por la tierra. La figura de “la amiga de los bosques” actúa como símbolo de una vida natural y libre, contrapuesta a la del narrador moderno. Con un ligero trabajo de ajuste rítmico y condensación, podría convertirse en un relato breve de gran impacto emocional.
El relato mantiene un tono uniforme, pero la parte final (la reaparición de la mujer) podría expandirse un poco más para cerrar con mayor hondura simbólica. Una reflexión final o una imagen poética más rotunda reforzaría el efecto de conclusión.