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Invierno, guardián del monte herido

Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Alberto Centeno

“Allí donde el fuego había rugido durante días interminables, la calma invernal impone una lentitud sanadora. Las laderas de los montes parecen dormir y en ese sueño helado van tejiendo nuevas esperanzas. Pero el invierno no sólo trae consuelo, también anuncia el tiempo de la prevención”.

        

Cuando escribo estas líneas me encuentro al amor del fuego. Es invierno. Estoy resguardado y envuelto en una atmósfera cálida y cercana, lejos de la intemperie o de inquietudes externas. Pero el crepitar de las llamas me hace recordar la realidad de los incendios forestales sobrevenidos en agosto del pasado año. Mientras el fuego del hogar supone refugio y cercanía, los fuegos desatados en los campos y montes representan destrucción, miedo y pérdida. La misma llama que en la chimenea reconforta, descontrolada en la naturaleza se transforma en un enemigo devastador. Así, el fuego nos muestra su doble cara: aliado del ser humano si se usa con precaución, pero también como una fuerza desbocada, cuando la negligencia o el cambio climático lo desatan sin medida.

            El pasado verano, en la provincia de León, dejó cicatrices ardientes sobre la piel de la tierra. El viento, en aquellos días, se volvía un animal herido que aullaba entre montes y valles, cargado de ceniza y de miedo. El monte, antes verde y silencioso, ardía como si una furia escondida hubiese descendido sobre él, y el humo se elevaba en la atmósfera como un lamento visible. En los pueblos, la gente contemplaba, con ojos empañados de impotencia, cómo la memoria de generaciones quedaba reducida a cenizas y polvo.

            Llegado el otoño, el viento trajo su leve calma. Los montes ennegrecidos recibieron la lluvia como quien recibe una caricia después de la tormenta y el agua corrió por las laderas lavando las heridas abiertas en la tierra. El fuego no puede borrar del todo la raíz de la vida. Entre las cenizas pequeños brotes se atreven a desafiar la devastación y el olor acre de lo quemado convive con la promesa de un renacer secreto, invisible aún, pero preparado para abrirse camino. Pero también se inicia el curso político y surgen preguntas a las que hay que dar respuesta: ¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar? ¿Quién supervisará y responderá por la prevención de los incendios? ¿Seguirán precarizados los recursos, bomberos y trabajadores que se dedican a la extinción de los incendios?

            Ahora, allí donde el fuego había rugido durante días interminables, la calma invernal impone una lentitud sanadora. Las laderas de los montes parecen dormir y en ese sueño helado se van tejiendo nuevas esperanzas. Pero el invierno no sólo trae consuelo, también anuncia el tiempo de la prevención. Es una invitación a preparar la tierra para resistir futuros incendios. En esta estación es cuando se deben limpiar los montes de ramas secas, matorrales y residuos forestales que actúan como combustible. El frío facilita estas tareas, y cada mano que poda, corta o retira restos vegetales se convierte en guardiana de la primavera futura.

            La prevención de incendios forestales exige, además de una implicación de la ciudadanía, una responsabilidad compartida entre administraciones públicas y privadas. En territorios como la provincia de León, marcados por paisajes y extensos recursos naturales, el compromiso institucional se convierte en un pilar esencial para asegurar que el fuego no vuelva a arrasar la memoria de la tierra.

            Por un lado, las administraciones públicas tienen la obligación de planificar, coordinar y financiar políticas de prevención sólidas. Esto implica invertir en la limpieza de montes y la gestión de masas forestales. También, reforzar la formación de brigadas, bomberos y personal especializado, garantizando tecnología, infraestructuras y respuesta rápida ante emergencias. Además, son responsables de la educación ambiental. Los niños y niñas deben aprender en la escuela que el monte no se cuida solo, que el monte es un ser vivo que necesita aliados que le protejan. Igualmente, son necesarias campañas que conciencien a la población sobre los riesgos del fuego y la importancia de habitar el monte de manera respetuosa.

            También, a las administraciones privadas, fundamentalmente las empresas vinculadas al sector forestal, les corresponde aplicar planes de gestión sostenible, asegurando que las talas, podas y usos del monte reduzcan el riesgo de combustibles acumulados. También, invertir en proyectos de restauración ambiental y destinar parte de sus beneficios a mitigar los riesgos que su actividad puede generar. Además, sería importante que los medios de comunicación mantuvieran el tema en el candelero durante todo el año.

            En definitiva, la prevención contra los incendios es un compromiso colectivo: El estado protege, las administraciones colaboran y la ciudadanía se implica. De esta manera, la naturaleza podrá vivir más allá del verano, preservada de un fuego que se combate en invierno con responsabilidad compartida. Allí donde el incendio calla, la prevención habla con claridad. Y su palabra, si es escuchada, garantiza que los montes de León, y de cualquier otro lugar del país, vuelvan a ser espacios de vida, refugio y esperanza.

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