Un nido
Palos de Ciego N I -Enero/2026- Monse Robles Castro

Durante muchos años hemos tenido un nido de “carboneras” sobre una viga, junto a la puerta del jardín. Pajaritos domésticos y fieles, un año tras otro han venido a anidar junto a nuestra puerta.
Es la nuestra una casa en un pequeño pueblo de la ribera del Curueño. Perteneció a mis bisabuelos. Está hecha de adobe y madera y conserva algunos rincones donde aún los pájaros pueden anidar.
“Carbonera, así en femenino, es el nombre con el que se conoce en la zona al colirrojo tizón. Los machos son de un color negro brillante, de ahí su nombre popular, pero cuando levantan el vuelo, despliegan una alegre cola de un rojo pimentón. Las hembras, por el contrario, son de un discreto gris pardo, ningún alarde ni despliegue de alegre policromía. Es la dura tarea de tener que poner huevos sin que te descubra ningún intruso con ganas de tomar un suculento desayuno.
Durante el verano, la feliz, y creo que fiel, pareja pasaba toda la jornada yendo y viniendo constantemente, padre y madre sin interrupción, con intervalos de pocos minutos, llevando alimentos a su hambrienta prole. Los pollos, en número de tres o cuatro, eran un permanente saco sin fondo, siempre con el pico abierto, anhelantes, esperando la llegada de sus progenitores cargados de suculentos y jugosos “bichos”.
Era un entretenimiento cotidiano el incansable ir y venir de los pajaritos, hasta que en agosto, ya barruntándose el final del verano, los pollos, tan gordos ya que no cabían en el nido, se colocaban en fila sobre la viga. Esto era un espectáculo porque la viga está a muy poca altura, tanto que poniéndose de puntillas, casi se podían tocar. Mi hijo, que es muy alto, sin duda podría tocarlos si quisiera (y yo lo permitiera). Y un día, de repente, todos salían con alegre algarabía, revoloteando por el jardín. Volvían de vez en cuando en los días sucesivos, hasta que poco a poco desaparecían. Aunque siempre quedaban carboneras revoloteando por la huerta. Ya todas similares, no sabíamos si padres o hijos.
Pero desde hace dos o tres años han dejado de anidar. El nido permanece vacío. No sabemos la razón. Tal vez hay demasiadas fiestas veraniegas, barbacoas, paellas, música… Ya se sabe, el verano es para la alegría y el bullicio, la convivencia familiar y con los amigos… No se puede tener todo. Si hay fiesta, no hay pájaros.
Hace cosa de una semana, nos reunimos todos los primos por parte de mi padre, somos ocho con sus respectivas parejas, para celebrar nuestra paellada anual. Y uno de ellos, justo el que estaba con una gran paleta de madera removiendo la paella, va y me dice: «No sé qué pasa, pero hay un pájaro que está revoloteando todo el rato por aquí, como si buscara algo». En ese momento no le presté mucha atención. Yo estaba pendiente de las cervezas, el picoteo y la charla con la familia.
Me olvidé completamente del tema, hasta que ayer mismo, estando yo sentada, al final de la tarde, a la sombra del saúco, vi carboneras entrar por debajo de la galería, justo en el lugar donde estaba el antiguo nido. Se encendió una bombilla en mi cabeza y un resquicio de esperanza. ¿Y si habían vuelto a anidar? Me acerqué con sigilo… y por entre las pajitas, entreví una pequeña cabecita grisácea con un pico muy fino y un ojo negro y brillante que me miraba fijamente..
¡Habían vuelto! ¡Zafarrancho! Había que proteger la nidada. Desde hoy, prohibido entrar y salir dando golpetazos a la puerta, nada de gritos y de quedarse parados junto a la entrada. Hay que entrar y salir lo más ligero posible y sin armar alboroto. Y las paellas y barbacoas se harán bajo otra galería.
Las viejas casas de los pueblos están llenas de rincones, huecos, salientes, viejas tejas, ventanas rotas que dan a oscuros desvanes, portales por donde antes entraban los carros y el ganado, rugosidades varias en los muros que son el lugar ideal para que puedan vivir o anidar todo tipo de aves y… murciélagos.
Sin embargo, en nuestros modernos y elegantes chalés o nuestras restauradas casas de campo, no hay lugar para ellos. Todo es demasiado liso, perfecto, barnizado, metálico, brillante. Nada donde se pueda apoyar un nido, ningún hueco bajo teja para ruidosos pardales. En las vigas bien barnizadas no se sujeta el barro de los nidos de golondrinas y los murciélagos no tienen ningún lugar oscuro y secreto donde refugiarse durante las horas de sol.
Nuestra casa es antigua y no está muy restaurada. Tenemos la suerte de vivir en una vivienda amiga de los pájaros y nosotros también somos sus amigos. Desde la vuelta de las carboneras todos estamos contentos porque hemos recuperado a nuestros amigos emplumados. Los trataremos bien para que regresen en años sucesivos.