Zurrapas
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Ignacio Chavarría

Esta mañana, como casi todos los días este verano, he ido al bar a socializar. No soy demasiado de socializar, pero sí de bares. He pedido un tercio frío; con el calor apetece una cerveza helada bien arropada de blanca espuma; en invierno tiro más por un caldo tinto que me alegre el alma.
Me he sentado con dos paisanos, previo permiso que, con una media sonrisa, me han denegado. Hablamos un poco de todo: del tiempo, de los incendios, de lo mal que está la vida… cosas intrascendentes, charla de telediario. Ni ellos ni yo terminábamos de dar con la tecla de una conversación más sincera.
Uno de ellos acariciaba distraído a mi perra, que siempre se tumba al lado de quien piensa que le dará algo a escondidas. ¿Es viejina, no? —me pregunta—. Sí, ya tiene años. Siempre me preguntan eso cuando la ven jadeando y los mira con sus ojos tristones y su cara canosa. Yo tengo al mío en casa. Son mejores que las personas; mira que hacen compañía. Tengo tres hijos, ¿sabes? Por ahí andan, por el mundo. Te lo digo de verdad: cuando este se vaya, me voy con él.
Su cara se entristece bajo la máscara de piedra que le ha tallado la vida. Mira a la perra con la vista perdida mucho más allá, puesta en otros tiempos, cuando en su casa no sonaba el eco de la soledad. Cuarenta años llevo solo. Sus dientes rechinan con rabia contenida cuando lo dice… ¿O tal vez es resignación? No sé interpretarlo; solo veo su dolor.
Pero tienes a tus hijos. Su gesto se tuerce; creo que he clavado un clavo más en su cruz. ¿Tú los ves? Yo no. Solo. Cuarenta años solo. Ya ni ganas tengo de estar aquí. Sigo por él, por el perro; cuando se vaya, yo voy detrás, a echar unas cartas con mi padre, que ya debe tener la baraja preparada.
Me recuerda otra conversación que tuve hace poco con una mujer, también del pueblo. Paseaba ella a su perro y me dijo algo parecido: que estaba sola, que ya casi ni ganas tenía de salir de casa, que solo lo hacía por sacar al animal. ¿Y tus hijos? Por ahí andan; tienen sus vidas, sus cosas.
Los pueblos guardan las zurrapas de un jamón que enseña el hueso: resecas, se resisten al cuchillo, pero todavía dan buen sabor a un caldo en invierno. Yo he elegido estar aquí… ¿Elegí estar solo? Ni yo lo sé; la vida te lleva a veces por caminos oscuros. Pero no me desagrada: mis hijos están a una llamada de teléfono para lo que necesite; tengo suerte.
Pero hay otras vidas, otras soledades no deseadas, otras formas de sentir una casa vacía. Y a veces, muchas veces, acariciar la cabeza de tu perro en el silencio de la noche o sentir el ronroneo de un gato restregándose contra tu pierna por la mañana te da la excusa que necesitas para seguir adelante.