Pereza
Palos de Ciego Nº2 -Febrero/2026- Concha Lucas

La hegemonía tiene esas cosas, que nunca te pregunta de forma honesta, siempre lo hace desde arriba, nunca para establecer un diálogo justo, sino para demostrarte por enésima vez que estás equivocada.
En el trabajo me preguntan si no me dan pereza los treinta kilómetros de carretera que me separan del pueblo donde vivo.
Me lo preguntan en medio del ruido del tráfico, atronados por la alarma histérica del banco de enfrente que acaba de dispararse sin ton ni son y el grupo electrógeno de la obra de abajo, que hace que no nos entendamos entre nosotros ni gritándonos a la oreja.
Practico otros pecados capitales, pero justo la pereza, no.
Me miran sin entender muy bien mis explicaciones, que me sitúan lejos del centro comercial, del supermercado, del cine, de todos esos lugares con los que muchos están unidos de forma umbilical, conectados como el astronauta a la nave espacial. Me sitúan en ese no lugar que ellos imaginan inhóspito y lleno de peligros, donde la vida normal no es posible, donde salir a la calle puede ser exponerme a que me coma un diplodocus, o el bigfoot, o el hombre lobo, o el hombre del saco.
Recorro mi camino de vuelta a casa, para muchos innecesario e incómodo, atravesando el bosque de robles, las choperas, sin perder de vista el fondo de la carretera por si salta algún corzo, mirando de reojo esas montañas que posan para mí en un atardecer naranja no apto para Stendhal.
¿Pereza?
Amanecer en este paraje cada día para ir al trabajo es un privilegio, pues tengo muy presente el recuerdo de mi previa al “fuga mundi». El metro me esperaba a diario con las fauces abiertas, las sirenas de las ambulancias, los atascos en los semáforos antes de las ocho de la mañana, la vuelta en ese tren de la bruja donde era imposible divisar nada en el reflejo loco y negro de la ventanilla con vistas al túnel, la escalera mecánica que nos transportaba como paquetes de Amazon, cada uno a su destino, las noches de ventanita iluminada junto a otras miles idénticas, y el tenedor golpeando platos para la tortilla en el patio. Vanesaaaaaaaaaaa, ¡que bajes la música, coño!. La intimidad no deseada de la meada del vecino a través de las paredes de papel, y el del cuarto roncando como un oso en hibernación
¿Pereza?
Aquí, donde vivo, la primavera me avisa de su llegada dejando caer ladridos de corzo aquí y allá, y las primeras cigüeñas, por san Blas, me dicen que, por fin y ya era hora, vamos hacia la luz y, de pronto un día, al portalón de casa le da el sol de forma diferente, y ya sé que puedo salir de la cueva y rascarme los pelos de la espalda contra un árbol.
Tengo una cocina de leña, un pozo, un pequeño huerto y cuatro gallinas, Que diría mi ex suegra, qué ganas de complicarse la vida
El día del apagón comí caliente sintiéndome culpable mientras escuchaba en el transistor a pilas cómo la gente pasaba la noche atrapada en un tren de vuelta del trabajo, la mayoría atascados en un hogar lleno de aparatos eléctricos ese día inútiles. Cuando dejé el edificio donde trabajo, una vecina en silla de ruedas comía en el portal una tortilla de patatas del supermercado. Y, una vez en casa, constaté, por vez primera, que la autonomía que había perseguido siempre tenía su razón de ser, que no andaba tan desencaminada cuando mi instinto me mandó a vivir junto al monte.
Continuo mi camino dale que dale, curvas que curvas, robles que robles, riscos que riscos.
Sin pereza.
No me da pereza, me da pánico la carretera helada de madrugada de camino al trabajo. Y me dejan pensando las pisadas que corretean el desván, por la noche, ¿será un pájaro? ¿Será un avión? No me dan pereza, me dan morcilla las estatales lágrimas de cocodrilo sobre la España vaciada, vaciada a costa de quitar transporte público, restringir el médico, cerrar colegios, las casas caras y las carreteras dignas del Paris-Dakar. No me da pereza, me indigna que se modifiquen leyes deprisa y corriendo para permitir macroproyectos eólicos, los huertos solares sin control, las macro granjas, que ya estará el listo de turno diciendo «claro luego quieres tener luz y comer carne». Argumento cojo, reduccionista, y facilongo, digno del más bocas de la barra del bar.
Si, puede que quiera luz y comer carne, pero no así.
No puedo explicar a los que me preguntan, que poner el cuerpo viviendo en estos territorios es una forma de militancia, es un modo de vida, una posición de coherencia que me atraviesa. No puedo explicar eso a quien mide dónde vive en función de la plusvalía o el miedo a salirse del carril. La hegemonía tiene esas cosas, que nunca te pregunta de forma honesta, siempre lo hace desde arriba, nunca para establecer un diálogo justo, sino para demostrarte por enésima vez que estás equivocada, para volver a informarte de que estas posturas no son alternativas a lo que ya hay, sino otredades perroflauteras sin pies ni cabeza.
Aparco frente a casa y voy pitando al bar que hoy hay vino con las vecinas.
Faltaría más.