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Palos de ciego

El eclipse en Pallide

Palos de Ciego Nº9 Septiembre/2026- Melquiades González del Rio

Eclipse

El sol, que hoy parece ocultarse pudoroso tras la luna, surgió de una nebulosa cósmica hace ya unos 4.500 millones de años; ahora ronda la mitad de su vida. En años humanos, vive la edad de la madurez, previa a la vejez. Un día, este paréntesis de unos minutos que hoy puede contemplarse con admiración casi religiosa desde la Era del Barrio, se abrirá pero no se cerrará. El sol en agonía seguirá calentando sin control hasta el punto de evaporar el agua del rio Arianes y de la laguna de la Mina; el monte del Corón quedará volatilizado mientras la peña Lende se convertirá en un amasijo informe de metales ardientes. Algo semejante a lo que hoy son los valles de Marte o Venus. 

No se trata de un bulo alarmista ni de un cuento o una fantasía del Apocalipsis; son datos irrefutables de la ciencia. Incluso ya tenemos fecha: dentro de unos mil millones de años. Consuela pensar que no lo veremos, aunque conviene saberlo para respetarnos y respetar el planeta. No tiene por qué aguarnos la fiesta ni el encanto de hoy, pero sí puede darle más sentido, situarnos en el espacio y en el tiempo real para no caer en la tentación de creernos imágenes de dioses o reyes absolutos del universo. Asusta más pensar que la humanidad actual tiene el poder y la tentación de abrir para sí misma ese paréntesis, ese eclipse terminal de desolación antes de que el sol lo haga definitivamente. 

Las apabullantes cifras que rodean el espacio y el tiempo del astro solar ofrecen la perspectiva correcta del valle: un valle que consideramos inmenso, desde Arianes al monte de Viego, desde Pardomino a Linares, no es realmente más que una brezna casi invisible que se desprende de un asolador incendio en Pardomino. Esa brezna también es España, Europa, el planeta o el sistema solar, dentro del Universo. Existen en un espacio y un tiempo fugaces y efímeros, casi indetectables en las dimensiones de años luz que miden el universo. El mismo imponente sol que hoy se oculta tras la luna no es más que una vulgar y ridícula estrella en fusión nuclear, inmolándose a miles de millones de grados, dentro del gigantesco Universo de galaxias. No digamos la dimensión de la vida de un habitante del valle, de su perro o de su vaca. 

Para muchas culturas, el sol ostentó la categoría de dios y no es un invento imaginar que sobre esos peñascos de Remolina o las hendiduras de los Peñones Negros, se levantaban altares en los que nuestros antepasados ofrecieron sacrificios a esa divinidad solar para tenerla propicia. También la sombra de eclipses solares mataba, porque la ignorancia y el fanatismo los atribuían a castigos o premoniciones divinas; era necesario sacrificar al dios para que el sol volviera a su ritmo diario. Lo mismo que matan hoy las sombras de los bulos o conspiraciones que han precedido y acompañan a este espectáculo, aparentemente neutral y amigable, que estamos a punto de ver. 

También hoy, una sociedad consumista y desnortada ha tratado de convertir estos minutos astronómicos locales de pura contemplación, en una mercancía mundial para ser consumida y vendida. Es seguro que muchos de nuestros vecinos y vecinas mayores han contemplado eclipses como este, con sorpresa, sin aspavientos, con la misma pureza y respeto ancestrales con la que, cada noche de guardias, miraban al cielo estrellado desde la cresta del Pando, el parto de un cordero recental en la vecera o el amanecer invernal de las cumbres de la Carbonera en todos los Santos. 

Los vecinos y vecinas del valle han tenido la suerte y el privilegio, porque su trabajo obligaba a madrugar y a trasnochar con frecuencia, de contemplar miles de veces el rutinario y exacto surgir del sol por la peña de las Pintas, el reflejo inicial en la peña del Alba y su pausado y colorido ocaso por las sierras de los Argüellos. No muchas personas del mundo pueden disfrutar cada día de estos increíbles orientes y ocasos. 

Un sol que derretía la nieve, que proporcionaba color verde a los otoños de la Vega, que calentaba la tierra y el agua en primavera, pero que también quemaba. Por eso inventamos el eclipse personal de la siesta para defendernos debajo del carro, a la sombra del chopo o del sombrajo del portalón. Esa misma siesta que también buscaban los animales en el sextil de las ovejas y de las vacas junto al chozo de piedra, en el sextilón de Remolina o en la cueva de los corderos y los marones en la peña Loja o el Moroquil. 

Estamos a 12 de agosto, uno de los días que Manolo el de tía Gabriela tomaba como referencia para predecir el tiempo, mediante las cabañuelas. El sol marcaba los días y también las horas con sus sombras: la llegada a Socollada de la sombra de la peña Lende daba final a la vecera de los marones, la sombra peña Loja a los corderos. Una sombra, previa al reloj, esperada por los pastores cumplideros para regresar puntualmente a casa. 

Reunirse en filandón en la Barrera o al solano entre las Casicas resultaba acogedor al caer el sol o bajo la pared de piedra que separaba la inclemencia del astro de los convocados. El mismo pueblo de Pallide nació y creció en un Pando, ofreciendo cara franca al sol, pero protegiendo su flanco Norte con los verdes robles del acogedor monte del Corón. La sombra propia es una compañía deferente y el contrapunto o respiro que nos presta el implacable calor y luz solar. El eclipse de hoy es en realidad una sombra protectora, pero fugaz, que nos ofrece gratis la luna

El sol crea el verde de los bosques de Tresmonte y otoños de la Vallina, pero también seca la hierba para que pueda alimentar el invierno o achicharra y madura los granos del trigo para que puedan ser molidos. A veces el astro solar entra en conflicto, en nuestro valle, con el agua. Cuando ésta escasea, el sol aprovecha para resecar y matar el suelo. Por eso siempre hemos administrado al agua con avaricia e inteligencia para mitigar los excesos solares y convertir los ocres de las praderas y pacederos en el verde claro de los otoños. Un sol que mirábamos con esperanza cuando trataba de meterse entre los carámbanos de los tejados y argollas de noviembre, pero con desesperación cuando, a pleno mediodía, se empeñaba en acompañarnos en la siega, sobre el trillo o sobre el carro de hierba. En esos momentos se echaba de menos la llegada de un eclipse salvador. 

Un sol que a las gentes de nuestra generación nos volvía de piel morena en verano cuando para las mujeres estaba de moda la piel blanca. De ahí los manguitos, el pañuelo, los guantes veraniegos, el sombrero de paja y la boina. No entendíamos a los turistas locales que se asolaban al mediodía y nos cuesta entender a los que se fríen al sol en las playas. Un sol que decenas de gallos predecían cada mañana en los corrales con una regularidad de reloj. Un sol con el que piropeábamos al ser querido. 

Un sol de vida y muerte; por eso nos enterraban, al final de la vida, bajo tierra como los topos ciegos para evitarnos presenciar nuestro eclipse final. Con la esperanza de prolongarlo plantábamos en el cementerio árboles de sombra, siempre de hoja perenne. Podemos mirar ahora hacia el alto de San Roque. Una casualidad astronómica hará que el sol entre en eclipse sobre la

vertical de la ermita y lo que hoy son las tumbas, los nichos y los columbarios del cementerio. Una casualidad para un recuerdo emocionado para ellos y ellas, que también fueron y son Pallide

Un sol, como todo en la vida, como el despertar o dormir, que nos hacía comprender el valor oscilante de las sombras y los contrastes. Por eso, cuando la noche interrumpe la presencia vitalicia del sol, acudimos a la fantasía tenue de los sueños. El eclipse puede ser una meditación sobre la caducidad del tiempo, una ruptura de la monotonía, un canto a la precisa anticipación científica, pero nunca debe ser un paréntesis a la vida. Por eso hoy lo estamos celebrando en comunidad frente a las peñas, praderas y montes que nos han permitido sobrevivir, con agobios pero con dignidad. 

Puede ser también un símbolo de unos pueblos que se han ido vaciando, sumidos en un oscuro eclipse durante un tiempo, pero que deben ser resucitados por el sol del progreso, el trabajo y la inteligencia. La ciencia puede hoy predecir con exactitud de minutos y segundos los eclipses que oscurecerán el valle dentro de miles o millones de años, pero no puede decirnos nada de cómo será la vida y la actitud de los habitantes que los contemplen. Ni siquiera podemos imaginarlo, como tampoco podría imaginarse el Pallide de hoy un clan de andrajosos viajeros que instalaron hace mil años un chozo de piedras y piornos y un corral de ovejas al lado de dos fuentes en la ladera de la cuesta del Pando que vierte sus aguas en el río Arianes. Los espectaculares medios tecnológicos audiovisuales de hoy, incorporarán con detalle el que ahora estamos viviendo y lo prolongarán sin límite a la memoria colectiva de los futuros habitantes. 

La astronomía ha despojado al eclipse del ropaje del misterio y lo ha alejado del temor; ahora nos queda la contemplación pasmosa, punto de partida y sol de la verdadera sabiduría que siempre florece abonada de emociones. Aunque el sol ya no ejerce de dios, debemos agradecerle que haya guardado las distancias. Si se hubiera ido más lejos, el valle de Reyero sería un témpano de hielo; si se hubiera acercado algo más, un desierto total abrasaría Pallide. 

Todo acontecimiento excepcional lleva a la formulación de un deseo. Desearíamos que el eclipse fuera más duradero y más amplio: que oscureciera las guerras, la desigualdad, la desinformación y la miseria y, puestos a desear imposibles, que ocultara la vejez, la enfermedad y la muerte. 

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