De la alarma al derecho: Inmigración, Orden público y Vida Rural
Palos de Ciego Nº3 -Marzo/2026- Alberto Centeno

“En otro tiempo, los españoles hemos protagonizado importantes migraciones hacia distintas partes del mundo, donde fuimos acogidos y donde generamos riqueza y cultura. Y es necesario recordar que las más importantes culturas lo han sido gracias a la mezcla, la diversidad y la aportación de otras culturas foráneas”.
Los acontecimientos de Torre Pacheco (Murcia), que tuvieron lugar a mediados de julio de 2025, pusieron en el candelero el tema de la inmigración y a situar en el punto de mira problemas como el racismo, la xenofobia, la incitación al odio, la violencia y el desorden público. Más recientemente, el 17 de diciembre del mismo año, un gran número de personas fueron expulsadas del antiguo Instituto B9 de Badalona, sin alternativas reales de realojamiento. Personas migrantes que habían encontrado en ese espacio una forma de supervivencia frente a una emergencia habitacional estructural. La respuesta de Xabier García Albiol, alcalde del ayuntamiento, no fue ofrecer soluciones, sino represión, abandono y propaganda del odio. Recientemente, fuera de nuestras fronteras, en Estados Unidos, la violenta actuación de agentes migratorios que dio lugar a la muerte de dos personas, en Mineápolis.
A ello se suma el racismo institucional que denuncian diversas organizaciones: negativas de empadronamiento, controles policiales selectivos, burocracias que actúan como fronteras invisibles… En lugar de analizar las estructuras que generan exclusión, se construye la idea de que ciertas personas “no cumplen los requisitos” o “no se adaptan”. La responsabilidad recae sobre quienes menos poder tienen, mientras la Administración aparece como un árbitro neutral que solo “aplica la norma”. Han de suceder hechos como los mencionados para que en los medios de comunicación apareciesen informaciones y opiniones diversas sobre el tema migratorio, así como que las autoridades de las diferentes administraciones realizasen todo tipo de declaraciones al respecto.
Me pregunto si este tipo de acontecimientos podrían suceder en el medio rural y qué consecuencias se derivarían de ello. En los entornos rurales, con el aumento de la población, la falta de integración y las desigualdades sociales, es posible que ocurran episodios similares a los que ya se han mencionado. Si bien cada situación es única, las circunstancias que llevaron a los sucesos de Torre Pacheco y Badalona se pueden repetir en el medio rural, con la desventaja de que, al encontrarse dispersa .la población, habría mayor dificultad para dar una respuesta efectiva a las distintas situaciones de crisis que se pudieran presentar. Así pues, es preciso reflexionar sobre las causas de estos sucesos y adoptar las medidas oportunas para prevenir en el futuro este tipo de incidentes.
En los pueblos, la gestión migratoria suele ser silenciosa, sin grandes desalojos ni titulares, pero con otras formas de exclusión: habitaciones sobreocupadas, chabolas en las afueras, furgonetas que recogen a temporeros sin contrato… El asunto sólo emerge cuando hay conflicto (una pelea, un rumor de robo…) y entonces reaparecen los reflejos de siempre: más controles, más policía, más mano dura. La vulnerabilidad previa (salarios en negro, viviendas indignas, aislamiento) queda fuera del cuadro.
Los ayuntamientos rurales, con pocos recursos y escaso personal, oscilan entre la buena voluntad y el miedo al conflicto. Algunos intentan empadronar para facilitar el acceso a la sanidad o la escolarización; otros ceden ante presiones vecinales. Negar el empadronamiento por “falta de habitabilidad” significa, en la práctica, dejar a esa persona sin papeles ni derechos. De nuevo, se invoca la norma para justificar una exclusión. La visión de la migración como cuestión de orden público también moldea la percepción rural. Si los únicos relatos que llegan son los de “oleadas” o “conflictos”, es difícil que un pueblo se acerque a los nuevos vecinos desde la empatía. En cambio, si las instituciones hablaran de derechos y cuidados, podrían abrirse conversaciones más humanas: menos miedo y más reconocimiento mutuo.
No hay que olvidar que muchos de nuestros pueblos han ido creciendo gracias a la diversidad de quienes han ido llegando a la búsqueda de un futuro mejor. La población de origen extranjero irá ganando protagonismo porque, hoy por hoy, es un componente clave para el sostenimiento de la España rural. Así pues, ninguna persona debería vivir con miedo por su origen ni ser tratada como extranjera en el lugar que la acoge. En otro tiempo, los españoles hemos protagonizado importantes migraciones hacia distintas partes del mundo, donde fuimos acogidos y donde generamos riqueza y cultura. Y es necesario recordar que las más importantes culturas lo han sido gracias a la mezcla, la diversidad y la aportación de otras culturas foráneas. Nuestro pasado y presente cultural como país son fruto del mestizaje.
La cuestión para el medio rural no es si aceptar o no la inmigración, sino qué modelo de convivencia construir. Uno basado en la explotación y el miedo, u otro que reconozca derechos y ciudadanía plena. Esa elección se define cada día: en un empadronamiento concedido o negado, en una ordenanza aprobada o en el discurso de un alcalde. Cuando se aplauden desalojos como el del B9, el mensaje que llega a los pueblos es que lo legítimo es eliminar al vulnerable. Pero la tarea del mundo rural podría ser la contraria: demostrar que otra mirada es posible, que la migración no es una amenaza sino una oportunidad para ampliar la comunidad y fortalecer la justicia social.
Es primordial que, desde las diferentes administraciones, entidades o asociaciones, a nivel local, autonómico y estatal, se establezcan proyectos que, en su desarrollo, contribuyan a la lucha contra los prejuicios y actitudes excluyentes que soportan las personas migrantes.