Un auténtico Latin Lover
Palos de Ciego Nº3 -Marzo/2026- Monse Robles Castro

Tenemos un precioso gato rubio llamado Rayo.
Un día, hace ya tres años, apareció por nuestra huerta una gata muy flaca y desmejorada. Tenía, como se suele decir por aquí, «muy mal pelo»; parecía sarnosa y desnutrida. Como nos dio pena, le echamos de comer y ella se quedó con nosotros. Habían pasado varias semanas cuando descubrimos que nos había traído un regalito: tres preciosos gatitos, dos rubios y uno negro. Los amamantó durante un tiempo, pero un día, de pronto, la gata desapareció.
Los cuidamos amorosamente. A los tres. Y los adoptamos. Sin embargo, la vida social de los gatos es azarosa. Con el paso del tiempo, primero desapareció uno de los rubios y después lo hizo el negro; no volvimos a saber nunca más de ellos.
Pero Rayo se quedó con nosotros.
Pronto nos planteamos si deberíamos esterilizarlo. La opinión profesional veterinaria nos animaba a “emascularlo”. El gato sería mucho más feliz, nos decían. Viviría relajado y tranquilo: Comer, ronronear y dormir. No se escaparía de casa en época de celo. No sufriría estrés ni peleas… Sería el rey de la casa y un auténtico peluche.
Hicimos reunión familiar para hablar del tema. Y la opinión unánime de los varones de la familia, a saber: mi marido, mi primo y mi hijo, fue totalmente en contra. “A ver si a ti te gustaría que te cortaran los huevos”, dijeron al unísono. “Pregúntale a él lo que prefiere”. “Dejemos que tenga una vida aventurera y romántica, que conquiste preciosas gatitas y disfrute del amor”.
Bueno… pues así lo hicimos. Y todo fue bien durante el primer año.
Rayo es un gato con muy buen carácter. Es cariñoso y tranquilo. Y es muy raro que arañe a alguien.
Cuando está en casa, su jornada laboral consiste en catorce horas durmiendo y dejarse acariciar y toquetear por todos como un peluche. Esta laboriosa jornada para ganarse los garbanzos la cumple escrupulosamente.
Poco a poco los oscuros días invernales comenzaron a alargarse… La primavera se fue abriendo camino y nuestro gato salió de su letargo. Comenzó a campear. Empezó a desaparecer, por un día o dos. Siempre volvía puntualmente, pero cada vez más flaco. Comía poco y empezó a perder su delicioso aspecto acolchado del invierno.
Llegado el mes de julio, desapareció totalmente y durante más de tres semanas no supimos nada más de él. Todos pensábamos que nos habíamos quedado sin gato, que algo malo le había pasado, que le había atropellado un coche, que había comido algún ratón envenenado, que alguien nos lo había robado, al ser tan rubio y tan guapo…
El caso es que poco a poco nos fuimos olvidando de él. Llegó agosto y el pueblo se convirtió en una fiesta… Todas las casas abiertas, todas las familias, los amigos, paelladas, barbacoas, excursiones, baños en el río. La felicidad de los veranos del pueblo.
Cuando, de pronto, un día por la mañana al levantarnos y salir a la puerta de la huerta, vimos que nuestro gato estaba echado sobre el felpudo. La cabeza gacha, el morro apoyado sobre la alfombra, los ojos cerrados. No maullaba, no nos llamaba, no abría los ojos para mirarnos cariñosamente como era su costumbre. No nos pedía nada, solo estaba allí, rendido, exhausto, medio muerto, de vuelta a casa, a su hogar.
Rápidamente nos acercamos y lo recogimos con todo el cuidado posible. Era un puñado de huesos, cubierto de pelo ensangrentado. Una de sus patas traseras tenía una herida abierta y desgarrada hasta los tendones, cubierta de sangre seca y pelos arrancados. Un párpado había sido rasgado por un arañazo, aunque afortunadamente no había perdido el ojo. Tenía fiebre y no se mantenía en pie. Había aprovechado sus últimas fuerzas para arrastrarse en silencio hasta la puerta de casa, de su hogar humano.
Activamos inmediatamente la emergencia sanitaria. Lavado de heridas, desinfección con Betadine, gotas en el ojo, una buena cama, comida y a reponerse…
Cómo estaría su cuerpo que se pasó todo el mes de agosto sin pisar la puerta de la calle. Solamente dormía, comía, iba a su caja de arena y volvía a acostarse.
Hasta que poco a poco se fue recuperando y volvió a ser alegre.
Este era nuestro gato “entero”, que disfrutaba de una vida aventurera y del amor como un auténtico latín lover.
Pero nosotros no podíamos por menos y le preguntábamos: Rayo, realmente… ¿Mereció la pena?