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Palos de ciego

SEDUCCIÓN ( o ANESTESIA GENERAL)

Palos de Ciego Nº 9 -Septiembre/2026- Nina Peñasacra

Gente esperando la cola del cine

Dijeron que las aguas del Esla cantaron algo previamente.  Desde todos los rincones de la villa y alrededores se escucharon sonidos ancestrales. Asomada a la ventana veo una romería de figuras que caminan a una. ¿Tienen un rumbo fijo?  Las miro y parpadeo varias veces, se asemejan a un ejército derrengado, destellos quebradizos quizá de las últimas almas guerreras que defendieron esta nuestra tierra. Algunos me resultan familiares, son ellos, los que habitamos hoy mezclados con…. Pero ¿qué hacen?, ¿a dónde van?

Aplasto las palmas de mis manos contra los cristales y dejo la cicatriz de unas huellas que pueden ser como la de cualquiera de los que habitaron en nuestras cuevas. Completamente ajenos a la descarnación que sobre nosotros ejecutaron y ejecutan los que vinieron después. Aunque la nariz ha empañado el cristal, detrás del vaho distingo claramente que delante de todos camina un hombre peculiar; sostiene un arco y una flecha, lista para alcanzar la diana ante cualquier adversidad. Parece atolondrado, como si la más bella de las ninfas hubiese retenido en su mente los sentidos. Los raposos de los montes que nos protegen tienen sus mismos ojos y lo delatan: ¿Acaso tiene la capacidad de cambiar una voluntad divina?

Le siguen varios personajes: un ciego, quizás un adivino; un ser gigante con un solo ojo herido que se bambolea como las hojas de los populus tremula y al que su padre le tiende un tridente para apoyarse, una maga rodeada de una piara de cerdos, una persona disfrazada de mendigo y un hermoso ser con alas en las sandalias.

Tan solo unos pasos los separan de unos hombres que se llevan a la boca deliciosas flores de lotos del olvido. Caminan desarmados.

 Sopla un viento de aura caliente mientras se escucha el fuerte sonido de un helicóptero volando bajo, van a recoger agua para apagar los fuegos que nos cercan como alimañas. Es la canción del verano con voz de aspas cortando el aire que parece no va a pasar de moda cada año; poco a poco se hace familiar y da miedo porque devorará el lamento y la costumbre se convertirá en ley. Pero el ejército no reacciona, ellos siguen su ruta ¡qué más les da! sus guerras fueron otras y ni siquiera los dioses del Olimpo tuvieron piedad. Todos menos uno al fango del averno.

Un conocido refrán dice que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”, pero solo se oye decir, no dejan hacer, un adivino para tal predicción no es necesario. Se olvidan, los desconsiderados, y así nos conviene, que el universo juega con sus propios dados y tal vez lance uno que disipe las cortinas de humos que entretejen en las sombras; y haga aparecer esos movimientos espontáneos que nacen de los pueblos empachados por los opios legales.  Y ojalá no encuentren medios ni remedios, como los que se nos niegan, para resguardase como las fieras. Ofrecen alimentos que depositan en los altares de la ignorancia, como lotos encubiertos de patrañas que vomitamos en forma de palabras vacuas que caen al suelo y que los lectores adiestrados en la defensa saben leer entre líneas.

Cierra la comitiva un gran telar arrastrado por una estructura de metal y piedra a modo de altar, tirada por un caballo de madera. Se distingue a una mujer de pelo muy largo y ondulado, con un elaborado recogido hacia un lado, coronado con una peineta brillante que destaca sobre las espadas que llevan un grupo de hombres que la rodean. Es la incongruencia de la belleza dentro la guerra. Conspiran entre ellos para cortejarla y conseguir así poder y descendencia propia mientras un joven intenta poner orden. Se asemeja a la berrea silenciosa en los habitáculos en los que los otros: (des)toman decisiones, emponzoñas, protocolizan, (des)regulan, se pasan la pelota porque en medio de salarios seguros desconocen las competencias y escasea el sentido común porque no les hierve la sangre en las venas. En sus mediocres agendas diciendo sí y haciendo no, o al revés, pues la estupidez insiste siempre.

La mujer permanece absorta en su labor, está sentada y teje una hilera, luego la vuelve a destejer en una intencionada argucia que esconde entre los dedos y los hilos. Títeres de lugares asombrosos en los que vivimos y que, por una pueril irracionalidad, no pueden soportar su brillo.

El muchacho se da cuenta de lo difícil que es poner ese orden en situaciones críticas y un numen se apiada de él, aconsejándole que vaya en busca de su padre. Está el primero en la fila, pero él no lo sabe. ¿A quién podemos acudir cuando la solicitud choca con las peñas y nos devuelve en eco voces que también bailan al son de nuestros despistados? El antifaz de la doble batalla, la aceptación de “a caballo regalado no le mires el diente”.  ¿Tampoco lo sabemos? Ni prevenidos ni con prevención.

De repente una ruptura de todo, suena el teléfono, me quito los auriculares con un pequeño movimiento brusco y la extraña melodía que estaba escuchando nada tiene que ver con este tono impuesto por el fabricante. Reparo un momento en que yo no he seleccionado esa música.

  • Pero ¿qué haces?, ¿no ves la hora que es?
  • Perdona, no me había dado cuenta…
  • ¡Venga!, date prisa, menos mal que te he sacado la entrada porque había una cola alucinante.

Tomo rápidamente el bolso; salgo disparada por la puerta y corro por la calle como lluvia que no traga las alcantarillas. Me distraigo un segundo mirando al cielo, que ha parido una enorme nube que todo lo cubre y se me eriza el vello. En la puerta está esperándome mi amiga Mirte, no intercambiamos palabras, solo un gesto de su dedo índice apuntando su reloj. La sala está casi llena por la coincidencia del espejismo veraniego que aumenta la población y esa cosa junguiana que se llama inconsciente colectivo. Serán las historias que podemos moldear a nuestro antojo.

Después de un rato se oye un estruendo y el agua golpea con fuerza el techo del local. Todos apartamos los ojos de la epopeya y miramos hacia arriba: el rayo con poder de destrucción y la lluvia como paliativo del fuego, como alimento de la seca tierra, pero también como diluvio. Luego, calma.

            Por fin aparecen los títulos de crédito y en el mismo instante de encenderse la luz, aparece de la nada una lechuza que nos escruta con la mirada. Un grupo aplaude como si formara parte de un espectáculo sobrenatural. Bajamos todos por las escaleras y salimos seguidos, como si un hilo de plata invisible tirase de nosotros. Ya en la calle, soy incapaz de articular palabra, levanto los hombros y las palmas hacia arriba; Mirte me mira con ojos redondos y me dice: “¿Pero no escuchaste el sonido de las sirenas?”

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