Rutinas
Palos de Ciego Nº9 -Septiembre/2026- Marta Gómez
Martirio:
“Estoy deseando que llegue noviembre, los días de lluvia,
la escarcha, todo lo que no sea este verano interminable”.
F.G. Lorca. La casa de Bernarda Alba (1936).
Quién pudiera cruzar puertas reversibles, siempre (YO)
Juventud, volcán, verano.
—¡Violeta! Ven al salón.
Cogí dos esquinas de la sábana. Al abrir los brazos no abarcaba todo el lateral, no la podía estirar del todo, pero tras el primer doblez, ya sí. La coreografía estaba interiorizada.
Después, cerramos el sofá, de nuevo menguado.
Unos minutos antes, aún habíamos desayunado juntos, pero el colacao sabía a fin y silencio.
Aunque la casa se quedaba grande, a mí me parecía más pequeña. Me ahogaba.
Salí a por la bici y recorrí las calles de mi pueblo una y otra y otra vez. Al principio, Lupo me perseguía, jugando; luego, tras tanta vuelta, se tumbó y durmió.
Cuando se marcharon, mi prima lloraba.
Yo no entendía por qué. Si la que me quedaba sola era yo.
—¡Violeta! A comer.
Comimos en silencio, viendo el telediario. Yo recorrí con un dedo el hule del escaño, de chincheta descascarillada en chincheta descascarillada, agrandando los jirones de los laterales de la tabla; ausente.
Mi padre recuperó su sitio en la cocina, el que antes era de su padre, y después, de su hermano mayor. Mi abuela retomó el ganchillo acompasando resoplidos con tirones en el hilo. Mi madre no cambiaba: seguía trabajando.
Las rutinas permiten el tiempo (TÚ)
Madurez, sedimentos diarios, septiembre.
—Vamos a ver, Violeta: si te dijeran cómo has pasado la vida, ¿qué dirías?
—Preocupada.
—¿No te relajas ahora en verano? ¿No tienes ganas?
—No. Desde niña, no. De pequeña quería el verano igual que daba por hechas la prehistoria, la existencia de futuro o la bondad humana. Ya no.
—No seas tan negativa.
—No me gusta el verano. Quiero estar organizada, hacer los humildes esfuerzos diarios que me ayudan a sostenerme.
—¿Tienes miedo?
¿Es el fin? (ELLA)
Insoportable, en todo momento, en todo tiempo.
Violeta vivía una grieta con su alrededor, la vivencia de un dolor hondo la separaba de sus amigas, no la entendían ni ellas, era más fácil no hacerlo; y se veía abocada a entrar en la espiral del ensimismamiento —no egoísta, sino necesario—.
Violeta quería el otoño como mujer amenazada que ansía cruzar el umbral de su casa, dar doble vuelta a la llave, ponerse las zapatillas con hambre de suelo firme, inhalar una bocanada de aire no contaminado y propio, aovillarse y abrazarse en la cama y, por fin, animarse con palmadas invisibles en la espalda: «Lo conseguí, un día más». Y, después, llorar, un día más.