Palos de ciego

Salón con televisor

Palos de Ciego Nº 1 -Enero/2026- Concha Lucas

 

“La intemperie es lo ajeno a eso en lo que nos hemos constituido de forma no explícita, eso que nos pone a todos en la plaza a mirar el pinar acojonados porque ha aparecido una columna de humo, es agosto y son las tres de la tarde, joder.”

Este fin de semana he participado en un taller de propuestas y proyectos para pensar formas de habitar lo rural en lo rural, que parece una estupidez, pero es donde más difícil resulta hacerlo por obra y gracia de nuestro querido sistema productivista que nos quiere bien apelotonaditos entre el asfalto y el hormigón y nos ha quitado las miguitas para encontrar el camino de vuelta al pueblo.

No hablo solo de normativas, infraestructuras y demás zarandajas pringosas, sino de las dinámicas vitales más elementales.

Ha sido inspirador comprobar cuánta gente hay escondida en los pueblos, no solo al albur de los trinos, los mugidos y las campanas, sino llevando a cabo proyectos y emprendimientos atravesados por el suelo que habitan, que contribuyen a fijar población y a dar vida real a esos entornos para que no se acaben convirtiendo en pueblos dormitorio.

La mayor parte de estos proyectos tienen que ver con la soberanía alimentaria, con la soberanía educativa, con la soberanía sobre el ocio, las relaciones y los afectos, que, cualquiera lo diría, pero están bastante dirigidos.

Cuando me pongo a pensar en el destrozo de la comunidad rural en favor de las concentraciones urbanas, que no comunidades urbanas, el devenir de lo comunitario como un animal residual a punto de  extinguirse, la escombrera de las redes necesarias, la desaparición de hábitos y oficios, y que muchas saludables dinámicas han acabado en la cuneta, el volumen del trabajo que queda por delante tumbaría a un elefante y se avista un futuro peliagudo y lejano, una buena travesía del desierto sin cantimplora.

La impronta que el esquema de sofá frente al televisor gigante nos dejado, atomizándonos tras nuestra puerta y nuestra hipoteca, verdadero chip requetebién implantado y no el de las vacunas y las dinámicas individualizadoras que este sistema capitalista se ha currado a base de bien, han poblado de neorrurales despistados parte de lo rural, colocándonos delante del bigote lo tarados que andan la mayor parte de nuestros esquemas relacionales.

Esquemas que no tienen que ver con las ventanas a ras de calle por las que cotillear que Indalecia hoy come lentejas, o hace ganchillo, o que Julián anda arreglando la pata de la silla, o no hay nadie en casa y estarán tomando el chato en el bar, o en el paseo del colesterol.

Dinámicas urbanitas relacionales que se escandalizarían al saludarse sobre la cancela, mientras estás fuera barriendo o regando los geranios, y, por supuesto, nada de llamarte a gritos desde la calle: Ignaciaaaaaaaa, se te ha ido la luuuuuuuzzzz?

La impronta del sofá frente al televisor gigante, perpetuado en las tiendas de muebles, en los hipermercados de decoración, en algunos grandes almacenes donde nos anuncian que “Ya es primavera” ha impregnado nuestras vidas y, aunque la de ahora sea rural, cuesta volver a reconstruir esa sopa común en la que nadamos cuando vivimos en pueblo, esa sopa que nos reúne los jueves a tomar un vino a las mujeres jóvenes y viejas, a las que van a misa y a las que no van. Para eso siempre hay acuerdo, a preguntarnos entre nosotras, a bajarnos la versión actualizada de las novedades de la semana, esa sopa que nos hace un poco fuertes, frente a la intemperie, sobre todo a la noche, sobre todo en las tormentas, sobre todo cuando hay temporal y el viento parece que se nos va a llevar dentro de la casa.

Esa intemperie que constituye también el foráneo, visillos levantados ante el avistamiento de un coche desconocido que aparca frente a nuestra puerta, ante esa pareja que pasea por la calle y no sabemos de dónde ha salido, ¿será un pájaro?, ¿será un avión?, ¿vendrán a ver a su abuela?

La intemperie es lo ajeno a eso en lo que nos hemos constituido de forma no explícita, eso que nos pone a todos en la plaza a mirar el pinar acojonados porque ha aparecido una columna de humo en el pinar, es agosto y son las tres de la tarde, joder.

No romantizo las relaciones entre vecinos. Soy consciente de que son difíciles muchas veces, y otras horrendas. Se que hay enconos que abarcan generaciones enteras, que si la linde, que si la valla. Pero también he visto una casa quemándose y en la fila de los cubos estaban todes, ya seguirían la pelea luego, si eso.

Le doy vueltas a las comunidades, a las redes vinculares, a las manías del vecino de enfrente y al cotilleo injustificado y al justificado también. Lo que queda por hacer y lo que ya está hecho. Un trabajo día a día, que nos pone un largo camino por delante, pero que, de momento, nos va a dejar hacer el magosto en noviembre, con sus castañicas asadas, sus vecinos y su vino.

Vienen amigos de la capital al evento, flipan con el fuego en directo que les calienta los mofletes y les levanta el flequillo, y el olor a leña, y los dedos negros de las castañas.

Y es que a ellos no les dejan hacer fuego en el portal del bloque.

Yo qué sé, en cada sitio una cosa.

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