Amal y su tribu
Palos de Ciego Nº8 -Agosto/2026- Mirva Valdeburón
Yo estimo la belleza, en la que la palabra se siente mariposa,
la que armoniza y resplandece su entorno,
la que incita con su presencia los colores del universo
y con su ausencia más que nostalgia
es un cielo de alas que acaricia la memoria.
Belleza
Saleh Abdalahi
Cuando Amal llegaba a la casa de la yaya, para nosotros significaba el comienzo del verano. Ella vivía en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf y pasaba dos meses con nosotros mediante el programa de vacaciones en paz.
La yaya dice que a los saharauis los despojaron de sus tierras, sus derechos y su libertad y que llevan más de cincuenta años viviendo como refugiados en la tierra más inhóspita que uno pueda imaginar. Ella lo sabe de primera mano porque ha estado en los campamentos varias veces y piensa que, aunque no está en situación de solucionar tamaña injusticia, lo que sí puede hacer es mejorar la vida de una familia saharaui y con ello su propia vida. La yaya dice que somos familia.
Durante los meses de verano, los primos nos mudábamos al pueblo con la yaya y los padres solían venir los fines de semana en plan controlador. Laura los llama “los obligatorios” porque todo lo que dicen es obligatorio. Nos dejaban en el pueblo muy contentos, pero luego les parecía que aquello era un desmadre.
Amal es la que más se parece a la yaya porque solo ellas saben de seres y sucesos realmente misteriosos. Mi prima Laura también es muy especial; tiene sueños recurrentes que van evolucionando a lo largo del verano.
La yaya suele mandar a los primos mayores que monten una tienda de campaña en la finca porque algunos días no hay en la casa suficientes camas para todos; además, sabe que no van a perderse una verbena y serán los últimos en acostarse. Elige el lugar perfecto que se encuentra en la parte más soleada del prado, asegurándose de ese modo de que, por muy larga que haya sido la noche, el calor los echará a media mañana y, como hormigas en procesión, desfilarán hasta la cocina con los ojos somnolientos y los restos de las risas.
La primera vez que Amal vio que montábamos la tienda de campaña en la huerta, dijo con su castellano de indio sioux: «¿Por qué una jaima, si tienes casa muy grande? . Cuando la yaya le dijo que algunos días la casa se quedaba pequeña y la jaima nos venía de perlas, la miró perpleja y dijo muy seria: En el Sáhara duermes todos juntos y no tienes camas. Aquí tienes todo y necesitas jaima. ¡Yo no entiendes nada!.
Y se marchó muy tiesa.
Laura, Amal y yo, somos las pequeñas de la casa y las que más tiempo pasamos con la yaya. Para los mayores somos unas apestadas; nos tienen por chivatas, meticonas, gritonas y pesadas como moscas cojoneras. En realidad, de Amal no piensan lo mismo; es la perfecta hermana exótica, con sus profundos ojos oscuros, la boca de color cereza, los dedos largos, el cuerpo moviéndose como un junco en un humedal y ese halo de misterio que los tiene hechizados. Gracias a ella, en alguna ocasión nos dejan ir con ellos al río o a la peña de merienda.
La mayoría de los días pasamos las mañanas en la cocina porque la yaya tiene que cocinar para postadolescentes caníbales y niñas devoradoras. Si además venían “los obligatorios” después de hornear magdalenas, un bizcocho de miel y nueces, y preparar dos jarras grandes de gazpacho, hacíamos albóndigas como para una boda. Antes de hacer las bolitas, la yaya nos contó que era imprescindible añadir a la mezcla una pizca de canela. Se trata de un ingrediente secreto que sirve para fomentar las relaciones y alimentar la amistad.
Como si de un conjuro se tratara, en cuanto la canela desaparece entre los ingredientes, la yaya comienza a contar historias sobre los seres mágicos que viven en el bosque y que en ocasiones se mudan a la casa. Ella los conoce perfectamente y sabe que hay que darles cobijo y dejarlos hacer, pues más nos vale tenerlos como amigos.
Aquel día Amal habló de Miyec, su daira, y de las historias de los djinns, los seres mágicos que habitan el desierto. Contaba que podían tener forma de animal o de persona, aparecer mientras caminas por la hammada o en tu propia jaima. Provocar tormentas sin agua, soplar vientos de luces y oscurecer el sol. Son seres muy listos y te pueden volver loco; lo mismo te cambian los objetos de sitio, enredan las palabras para perder a los amigos o te embrujan para que te enamores como una tonta.
Laura, por su parte, nos relató su sueño y dijo que éramos una tribu india de sioux que pasaba los veranos en las montañas, cerca de un río. La yaya era Nube Blanca, la chamana de la tribu, y nosotras grandes cazadoras y recolectoras de frutos que almacenábamos para cuando llegaran las nieves.
¿Nube Blanca? —dijo la yaya— mientras le daba una gran calada a su cigarrillo y entornaba los ojos mirando a Laura. ¿Y cómo se supone que os llamáis las demás?.
Laura dijo que eso todavía no lo había soñado.
Amal contó con sus ojos misteriosos que en la casa había visto a una india sioux con una trenza muy larga y que se hacía llamar Agua Dorada. Laura pensó que Amal de alguna forma entraba en su sueño porque Agua Dorada era una sioux que pertenecía a su tribu. La yaya, apagando el cigarrillo, dijo que Amal, a quien veía, era a la Xana de la charca oscura, porque en verano se llenaba de gente y prefería estar entre nosotros.
Cuando llegaban “los obligatorios”, la yaya mandaba a los jóvenes que montaran la mesa grande debajo de los tilos. Mientras comíamos, Amal miraba las ventanas y saludaba a Agua Dorada o a la Xana; nunca llegaremos a saberlo. Los chicos hablaban sin parar de las noches de fiesta, las risas, los amigos y se callaban mucho más de lo que contaban.
En la sobremesa, Amal solía preparar un té saharaui. Le lleva su tiempo porque es todo un ritual de hospitalidad que ella ofrece a “los obligatorios”. Se sirven tres vasos seguidos de té con un significado digno de la poesía saharaui: el primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte.
Puede que el primer té desplegara toda su amargura porque “los obligatorios” le recordaron a la yaya todo aquello que consideraban que ya no estaba en edad de hacer, como fumar, atender la huerta e incluso ocuparse de Amal.
El segundo té inundó la mesa con el aroma del azúcar caliente y la yaya declinó hacer comentario alguno. Prendió otro cigarrillo, le dio una buena calada, elevó la barbilla y, frunciendo la boca, espiró círculos de humo como roscas de sartén.
Con el tercer té, una leve brisa bailó entre nosotros y suavizó el ambiente. La yaya miró a Amal y, a través de sus ojos, rememoró a su familia saharaui, a los amigos que dejó en los campamentos y comprendió que, -como decía Laura- todos ellos pertenecían a su tribu.