Los veraneos
Palos de Ciego Nº8 -Agosto/2026- Pilar Llamazares
Solsticio de verano, 21 de junio, como todos los inicios del verano se activa el despertador de recuerdos que llevo tatuados en mi piel, que es el lienzo donde escribo mis experiencias. Verano de los años 60 y 70, un pequeño pueblo donde no nos podíamos permitir ir de veraneo ya que el plato fuerte de las tareas del campo transcurre en esta época.
Era un tiempo donde no se mencionaban olas de calor, ni DANAS, ni ciclogénesis explosiva pero sí llorábamos gotas de sudor desde las 12 horas hasta las 20; tampoco existían las cremas de protección solar así que teníamos un moreno no deseado, no obstante, el sol solo nos coloreaba no nos quemaba la piel.
Como vivíamos en nuestro pequeño mundo no sabíamos que entre la gente de jet se empezaba a llevar el bronceado, sin embargo, lo que nosotras deseábamos era tener una piel blanca, bien cuidada, sinónimo de belleza y de salud.
Por las noticias de la tele o de la radio sabíamos que estaba de moda veranear en Benidorm o en la Costa Brava, Lloret de Mar era lo más y por las revistas del corazón, que todavía no se llamaban así, veíamos que la élite del mundo veraneaba en la costa azul francesa. Las revistas Hola y Semana que solo veíamos en los quioscos o en alguna consulta del médico, eran las que más éxito tenían, menudo glamour la familia monegasca y los playboys que se sumaban a los saraos, Marbella por aquella época también estaba llena de estrellas. Marbella/Marsella eran dos paraísos que yo me montaba en mi imaginación y que soñaba con visitar algún día.
Los veraneantes que venían a mi pueblo eran bien distintos, seguramente tampoco podrían permitirse esos lujos, llegaban en el mes de agosto porque trabajaban en fábricas o en el servicio doméstico, pero venían tan bien vestidos, limpios, blancos (qué envidia), con complementos de última moda, sombreros, sandalias de dedo, bolsos, gafas de sol, ah! Y por supuesto la cámara fotográfica.
Muchas de las fotos que yo conservo de aquella época son de la cámara fotográfica de mi familia barcelonesa que venían todos los años a pasar sus vacaciones a casa de mi abuela que era mi casa y también la suya. Además de la fantástica cámara nos traían pequeños regalos que recibíamos con tanta alegría que nada más que marchaban ya estábamos deseando que regresaran. Los veraneantes cambiaban un poco nuestras rutinas, nos llegaba algo de aire fresco y nos hablaban de un mundo muy lejano al nuestro.
El respiro también nos lo daba el fin de semana, las fiestas son para el verano, todos los fines de semana había fiestas en los pueblos cercanos. Íbamos acompañados por algún adulto o cuando ya éramos un poco mayores acudíamos toda la panda del pueblo juntos andando y cantando a la ida y a la vuelta, recordando aquellos veranos me viene a la memoria aquella canción de Víctor Manuel “bailando con la orquesta prometimos no olvidarnos” porque no había fiesta que se preciase que no llevara una orquesta.
La verdad es que sentía cierta pelusa de esta gente que se iba de vacaciones, aunque fuera con un presupuesto chico.
Cuando por fin me pude permitir ir de vacaciones visité Marbella y Marsella y descubrí que hay infinitos paraísos y lo bello que es viajar.