Palos de ciego

Ser neorrural en el siglo XXI y no morir en el intento (I)

Palos de Ciego Nº5 -Mayo/2026- Alberto Centeno

paisaje de campo con pueblo

“Para nosotros, una vida en el campo debe significar otro modelo de vida, no solo un traslado físico. Quizás vivir con menos para ser más felices. Vivir de otra manera, de forma más autónoma, donde seamos más dueños de nuestro tiempo”.

Aunque soy de un pueblo, La Bañeza, en el que viví mis primeros 14 años, mi traslado a León me convirtió en un urbanita contemplativo del medio rural. Cuando me jubilé y dejé la docencia, que experimenté durante 40 años, decidí ir a vivir a un pueblo de la zona del Condado, a 26 km. de León, donde resido desde hace 14 años.

¿Por qué ubicarse en este lugar? Pudo haber sido en cualquier otro pueblo, pues mi mujer y yo estuvimos visitando diferentes poblaciones en un radio de 50 km. de la capital. Sin embargo, tanto a ella como a mí, Castro del Condado nos pareció una localidad tan singular como discreta, en la que se podría disfrutar de una cierta tranquilidad y de unas vistas espectaculares de la montaña leonesa. En invierno no llegamos a los 30 vecinos los que estamos viviendo en ella. Un ejemplo de arquitectura de adobe y piedra, aunque a día de hoy algunos de sus edificios se han ido transformando en su exterior para hacer frente a las condiciones climatológicas.

     Elegir un lugar es también elegir un modo de mirar: la serenidad como refugio frente al exceso.

Ahora he pasado a ser un neorrural que, a pesar de las dificultades de adaptación e integración en un nuevo entorno social, apuesta por la reflexión, la escucha, el diálogo y el compromiso sobre la problemática de un medio rural que poco a poco se va despoblando y que requiere soluciones urgentes.

¿Cómo concibo esta figura de neorrural? En principio, creo que no existe un único perfil para estas personas; las motivaciones para instalarse en el campo pueden ser diversas y obedecen a las expectativas y experiencias personales que cada uno tenga. Vivir en el campo no es cuestión de suerte, sino de decisiones que también tienen su precio. Cada experiencia es única y me gustaría compartir la mía, de alguna manera, con los lectores de este medio de comunicación, a través de los artículos que se vayan publicando. Será un placer intercambiar puntos de vista.

Ser neorrural implica una ética de presencia:no sólo habitar el territorio, sino intentar contribuir a su futuro.

Tanto mi mujer como yo somos conscientes que hemos cambiado nuestro entorno de vida urbanita por otro absolutamente rural. Somos una pareja de aprendices, no nos gusta simplificar y no dividimos el mundo entre la ciudad y el campo. Todo es más complejo. La ciudad sigue formando parte de nosotros y no renegamos de ella, pues allí hemos crecido y vivido la mayor parte de nuestra vida. Todavía nos encanta acercarnos a la ciudad de vez en cuando, pues allí tenemos amigos y familia.

Solo quien acepta sus raíces múltiples puede hallar equilibrio entre el bullicio y el silencio.

Para nosotros, una vida en el campo debe significar otro modelo de vida, no sólo un traslado físico. Quizás vivir con menos para ser más felices. Vivir de otra manera, de forma más autónoma, donde seamos más dueños de nuestro tiempo. Una vida sin la obligación de largos traslados y donde nuestro ritmo de vida se adecúe a los tiempos de la naturaleza. Un sueño posible que merece la pena perseguir.

El campo no es evasión, sino retorno consciente: una manera de aprender a vivir despacio.

*(Esta primera entrega es el inicio de un ciclo de tres textos en los que intentaré reflexionar sobre la figura del neorrural y lo que significa, para mi mujer y para mí, vivir en el campo).

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