Lugares ancla
Palos de Ciego Nº5 -Mayo/2026- Marta Gómez

«A veces, los fuereños no entienden mi cansancio ni mi polvo. […]
En piedra me convertí. […]
Aquí estaré con mi amor a solas, como recuerdo del porvenir, por los siglos de los siglos.»
Los recuerdos del porvenir, 1963, Elena Garro.
Lo positivo de mantener lugares-ancla en una familia es que te puedes encontrar contigo misma si hay un pliegue del espacio-tiempo. O si imaginas:
-¡Hey! Hacía mucho que no te veía.
Está claro que todos tenemos antepasados, y que éstos habitaron espacios que, en su mayoría, se pueden transitar. Sitios que conocieron a tus padres o abuelos de niños, incluso grados familiares más lejanos. En el caso de los pueblos, esa relación natural con ríos, caminos, huertas, prados, a veces se tornaba peleona y reticente a las obligaciones cíclicas de ir a la yerba, hacer el leñero, tornar las vacas, coger los huevos… Aparte de imprimir robustez física, apuntala algo en el alma: el amor al terruño. En la ciudad también, pero el asfalto, las aceras, en definitiva, lo urbanizado tiene algo de artificial y limpio que iguala y elimina justo lo que más sobresale en la infancia: el asombro.
A menudo, camino por un sendero que une los pueblos de mi concejo. Me recuerdo de niña, yendo o volviendo del colegio: jugando al «veo-veo», al «palabras encadenadas», o aprendiendo a diferenciar los árboles y flores.
Por eso, desde la madurez, creo que es una suerte poder reconocerte en otros tiempos en los mismos lugares: ahí me caí de la bicicleta y fue la primera vez que comí tierra, por allí hay muchas moras, desde esa higuera se cayó mi primo… Además, esta situación se extiende a la memoria familiar o local, con anécdotas muchas veces escuchadas de situaciones vividas por algún vecino. La tierra nos define, nos acota y nos abraza.
Supervivientes del bombardeo de Gernika relataron que, al salir de los lugares donde se habían resguardado del ataque, no sabían ni dónde estaban ni reconocían nada a su alrededor. Era, literalmente, otro pueblo, otro sitio. Imaginemos esa situación, la sensación de estar en casa y, en unas horas, sin haberte movido, casi en un pestañeo, ver y tener que habitar lo desconocido. Hechos similares se pueden asemejar en desastres naturales, pero ante los provocados por el hombre hay algo de perplejidad, impotencia y descreimiento: es hacerse de golpe adulto y borrar toda inocencia.
Qué pensará hoy una niña de Gaza o de Irán – si es que en un bombardeo puedes pensar, si se puede aplacar el sentimiento y buscar una lógica -: ¿sabrá dónde está? ¿algún día será adulta y se podrá recordar?