Palos de ciego

Mañanas idílicas

Palos de Ciego Nº 5 -Mayo/2026- Concha Lucas

Imagen de cocina de pueblo

Esta mañana podía ser una mañana idílica de sábado, con el café lento de la ausencia de horarios. Una mañana idílica en mi cocina idílica, con estufa de leña encendida y ventanas al monte y, al fondo, melancólicos mugidos y ladridos lejanos.

Podía ser todo eso si no estuviera puesta la radio con el recuento de muertos en Gaza, genocidio reality retransmitido en directo ante nuestro estupor y nuestra pasividad; el que calla otorga.

Siempre nos sorprendió que el Holocausto nazi ocurriera ante la inacción del resto. La excusa fue que no había información y, cuando la hubo, no acabaron de creer lo que estaba ocurriendo.

Pues aquí estamos nosotres, conscientes y conocedores desde el primer momento.  Paralizados ante el horror, sin coger por las solapas a nuestros gobernantes para que lo frenen, sin salir a la calle masivamente, demostrando que el poder ha hecho un trabajo estupendo con sus peatones, y nos ha apeado de cualquier posibilidad de acción. Vamos, que nos ha convertido, y nos hemos dejado convertir en unos perfectos inútiles, de forma mayoritaria.

Ahora fumas, ahora no fumas, ahora puedes, ¿puedes o te da la gana, mala persona? Insultar llamando gitano, ahora ya no, ahora puedes piropear. ¿Piropear? ¿Decirquemelachupesespiropear? a las mujeres por la calle, ahora no, que te multan, ¿y si te llamo guapa pa subirte la autoestima? También te multan, quehayqueveryanosepuededecirnada.

El poder, revestido de sus múltiples formas, como un Mortadelo estatal disfrazado de papá, de mamá, de profesor, de jefe, de novio, de vecine de abajo, de amigues del bar, nos va llevando de la manita a comportarnos como a él le conviene.

Y aquí estamos nosotres, niñes obedientes para que los Reyes Magos nos traigan juguetes, tomando café un sábado, mirando románticamente al monte mientras continúa la eliminación de un pueblo, parados como pasmarotes sin saber por dónde tirar.

Soy consciente de que no es el único genocidio, de que nos rodean pueblos que huyen o son masacrados mediante matanzas y persecuciones, y hablar de este es hablar de todos.

Vino la crisis de 2008; todos pensamos: “No van a desahuciar”, desahuciaron; vino la pandemia; todos pensamos: “No van a dejar morir a los ancianos en las residencias”, los dejaron morir; vino la Dana, vinieron incendios, vino la manada: “No rebajarán las penas”, las rebajaron.

Parece mentira que aún no hayamos caído en la línea de actuación de los responsables de la gestión general. No damos crédito y preferimos pensar que nos estamos equivocando.

¿Cómo el Estado no va a cuidarnos?

Sería impensable que nos dejara caer.

Todavía creemos que papá poder está ahí para gestionar nuestras vidas y garantizar que sean razonablemente aceptables.

Hola… ¿hay alguien ahí?

El poder es un narcisista maligno, la triada oscura, un portal orgánico que nos ha detectado y nos depreda sin que nos demos cuenta.

Es el psicópata encantador que nos emboba, que nos hace sentir especiales, nos enamora hasta las trancas para después ir cogiendo de nosotros lo que le interesa, cada vez más, y más, y más, y nosotres ahí, que queremos seguir gustándole y aguantamos lo que sea como adictos al novie tóxico que somos, creyéndonos sus palabras sin fijarnos en sus hechos.

Sin analizar sus acciones, y ahí nos quedaremos hasta que decida que tiene suficiente de nosotros y escupa nuestros huesos sobre el montón de huesos de sus anteriores víctimas, con un despido, un desahucio, un desalojo por subida del precio de la vivienda, una enfermedad no atendida por la privatización de la sanidad, la represión en la calle a porrazo limpio, el destrozo de nuestra naturaleza y un larguísimo, kilométrico etcétera.

Acciones que nos dan muchas pistas de su intención y a las que permanecemos inexplicablemente ciegos.

Y habrá quien pregunte: «¿Qué poder?» ¿Cuál de todos? ¿El legislativo, el ejecutivo? ¿El judicial? ¿O el cuarto poder? ¿O quizás el quinto? O el poder de la conspiración, el poder del amor, ¿el de un centauro?

Todos ellos y alguno más, a veces de uno en uno, a veces todos a la vez, incluso el poder de un monigote que en la puerta de un bar te indica dónde mear, o el de un semáforo que te indica que el sujeto oficial no lleva falda. Dispositivos de control, dice Foucault.

El control que se extiende sin control: la vigilancia de los demás, nuestra educación, ¿educación?, la social, la académica, la emocional, nuestra propia vulnerabilidad frente a las expectativas de los demás.

Así vamos, el muñeco amarillo del Google Maps, el pobre, convencido de que puede caminar por cualquier sitio, aún no se ha dado cuenta de que no tiene ningún poder de acción sobre esos lugares.

Así estamos, creyéndonos reales en este Show de Truman, negándonos a constatar que acabamos de estrellarnos contra el cartón.

Sigo tomando café, ahí sigue la ventana, el monte, las vacas lejanas.

El muñequito amarillo debería ir virando al naranja, para acabar en el rojo y, sobre todo, para dejar de ser el muñequito plano e inútil que perpetúa este mundo de cartón donde tantos sufren y, ¿por qué no?, ya puestos…  Hacerlo tridimensional y, como Giotto en el Renacimiento, construir esa volumetría que sacó a las figuras del fondo plano de los cuadros para ponerlos en el mundo real y hacer otro Renacimiento con un gran cambio de perspectiva, pero este mucho mejor, un cambio en el que no sea el hombre blanco el centro de todas las cosas, sino la propia vida en todos sus formatos, ahí es na.

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