Respirar pueblo, respirar cultura
Palos de Ciego Nº5 -Mayo/2026- Mercedes González Rojo

Hace apenas unos días, exactamente un sábado por la tarde, avanzaba dejando a un lado el embalse del Porma e internándome en tierras de Luna y Babia, en dirección a San Emiliano. Entre sol y nubes, las aguas resplandecían en la cálida tarde que más parecía una tarde de verano apenas turbada por una pasajera tormenta que se alejaba dejando tras de sí una brillante alfombra de infinitos verdes salpicados por el color de las flores que ya anuncian la primavera. No era una tarde de asueto cualquiera sino más bien una tarde de trabajo, en la que acudía –como invitada- al calecho que, una vez al mes, organiza la Asociación Calechos de Babia y Luna. Bueno, digo una tarde de trabajo por expresarlo de alguna manera, porque para mí acudir a las citas culturales que se programan desde los diferentes pueblos de nuestra provincia es más placer que otra cosa. Y en concreto esta, al estilo “calecho”, con tertulia salpicada de la música de acordeón y pandereta, para dar luego paso a la cena y tras ella a una velada de bailes y canciones entre gente que canta, baila y charla distendidamente, como si el tiempo no hubiera pasado, lo es aún más.
Llevo trabajando en actividades culturales, muchas de ellas ligadas a lo literario, toda mi vida profesional. He trabajado en la ciudad (en las ciudades) no solo de nuestra provincia sino también de otras adyacentes, pero también, y sobre todo, en las zonas rurales. Da igual la estación del año y la comarca, todas las he recorrido y numerosos son los pueblos que he visitado, en repetidas ocasiones y, muchas veces, cuando los accesos eran mucho más complicados de lo que lo son ahora. Nunca me importó, porque en todos mis viajes aprendía algo aunque teóricamente era yo la que iba a compartir mis conocimientos con las gentes que me esperaban en cada uno de ellos. Han sido tantos los pueblos recorridos que, cuando, en ocasiones, conozco por primera vez a alguien nuevo y surge la consabida pregunta de ¿tú, de donde eres?, a menudo se me escapa una sonrisilla si, casi como a modo de justificación, se me contesta: Bueno, yo de un pequeño pueblecito en… Seguro que ni has oído hablar de él; como si por el hecho de que el lugar sea pequeño o esté alejado de las rutas más habituales, necesariamente tuviera que ser desconocido para todo el mundo. Automáticamente mi respuesta es insistir en conocer la correspondiente localidad, pues si muchos han sido los recorridos en mi faceta profesional no lo han sido menos los recorridos a nivel particular, ya que siempre he antepuesto perderme por los hermosos paisajes y lugares que nos ofrece nuestra provincia antes que priorizar grandes viajes al extranjero. Y si esos viajes me dan la posibilidad de encontrarme y hablar con sus gentes, pues mejor que mejor. Y pocas veces me he topado con lugares en los que si no he estado al menos no haya pasado muy cerca de los mismos. Una bonita manera de conocer hasta los más recónditos rincones de nuestra provincia.
Y así, ese sábado que acabo de mencionar, mientras las ruedas de mi coche tragaban kilómetros en busca de su destino y yo me embobaba una vez más con el paisaje que generó ese dicho de “estar en Babia”, recordaba el inicio de mis recorridos profesionales precisamente por los pueblos de estas montañas, y hacía recuento de las bonitas experiencias vividas. Y no solamente aquí y entonces. Porque ahora mismo, en apenas un par de meses, he recorrido diferentes pueblos tanto de nuestra geografía rural como de la asturiana. Desde lugares como Besullo, me he venido a Val de San Lorenzo, Santa Colomba de Somoza (con mi siempre añorado Teleno en el horizonte), La Robla o San Emiliano. Y aún me esperan muchos más para estos meses de primavera y verano. En todos ellos he encontrado siempre una cálida acogida y lo que aparentemente es una actividad laboral se convierte en una actividad de disfrute y calor compartido y de experiencias que me enriquecen. Casi siempre ha sido así. Por eso me fastidia la gente que dice que los pueblos se mueren, que no tienen vida, y dejan de apostar por ellos porque ofrecerles (por ejemplo) cultura no es rentable. Yo creo justo lo contrario, que allí donde haya aunque solo sea media docena de personas ávidas de juntarse para hablar y escuchar, para compartir tiempo y experiencias, allí es donde hay que acudir también, porque la CULTURA no puede ni debe escribirse con mayúscula, con grandes nombres ni con grandes fastos; la cultura es también compartir lo que cada cual sabe y que permite a otros ampliar sus horizontes, disfrutar juntos, experimentar nuevas sensaciones… Y por eso, gracias al empuje de tantas y tantas personas que tal vez un día se fueron y ahora vuelven, o de aquellos que quizá han permanecido siempre en ellos, en nuestros pueblos surgen ahora propuestas ¡tan bonitas! capaces de hacernos disfrutar y compartir espacios y experiencias, mostrándonos que hoy, en nuestros pueblos, también se puede vivir de otra manera. Y en esas estoy yo, acudiendo gozosa a compartir lo poco o mucho que tengo que ofrecer allá donde me reclaman, a menudo de la mano de protagonistas que ya no están pero que también surgieron de los pueblos, porque en ellos nacieron, en ellos se formaron y en ellos compartieron lo aprendido en otras tierras y en diferentes momentos de su vida.
Esta quiere ser hoy mi presentación para un proyecto tan hermoso como “Palos de ciego” que contribuye a esa presencia, a ese desarrollo cultural de pueblos que no están muertos, que simplemente han cambiado su perspectiva y en los que se encuentra gente que, aunque sea menos que antaño, siguen mostrando vitalidad incluso y sobre todo en lo cultural. Desde múltiples aspectos. Y para disfrutar con ellos, solo tenemos que dejarnos querer un poquito, y estar dispuestos a compartir un poco de nuestro tiempo y nuestras experiencias.