Tiempo de vendimia y otros pensamientos
Palos de Ciego Nº10 -Octubre/2026- Mirva Valdeburón
Ha oscurecido aproximadamente hace una hora, pintea levemente cuando por fin llego a casa. Intento dejar fuera el peso del día junto con el paraguas que aparco en la entrada. Me sacudo la lluvia y la angustia, aunque no logro desprenderme de ambas.
Me sirvo un vino de uva Albarín en una copa de balón, idónea para un buen tinto. Me gusta tomar el blanco de ese modo, poner en la base de la copa dos uvas congeladas y contemplar los reflejos ambarinos largamente; imagino que el resto de la angustia se disolverá transformándose en color.
Acabo de recordar que es tiempo de vendimia; el contenido de la copa desprende aromas de otoño, tierra, nostalgia, pobreza y sangre. Sangre de generaciones y savia antigua que se mezclan entre cultivos, culturas, dolor y hambre.
Muevo el contenido de la copa y recorro con la mirada el viejo huerto con su parra retorcida y velluda como las manos que le dieron forma y consiguieron que trepase por la fachada y se emparrara en la red de metal, imperfecta y oxidada, que a lo largo de los años se iba ampliando, remendando, limpiando.
Siempre me llamó la atención el hecho de que la parra fuese principalmente para sombra. A pesar del empeño tozudo que se ponía en proteger cinco racimos de uvas, envueltos cuidadosamente en trapos de algodón, como si fuesen bebés recién nacidos a los que proteger de algún espíritu maligno.
Continúo contemplando la copa de vino y mi álbum de recuerdos se precipita hasta llegar a una fotografía detenida en demasiadas casas. Veo el sol de finales de agosto formando una cortina brillante al filtrarse entre la capa de polvo que se desprende al bajar las maletas de los altillos de los armarios y presiento el vacío que dejan los vendimiadores en sus hogares: el vaso de leche caliente de la mañana, la ausencia del beso al acostarte, el olor a jabón de la madre. También la promesa de un retorno alegre que mejorará la economía familiar y destrozará lentamente las espaldas a golpe de porteo o tijeretazo.
El tiempo nos precipita casi imperceptiblemente hacia nuevas realidades, aquellos vendimiadores que se pasaban casi dos meses recogiendo las uvas desde Burdeos hasta Alsacia están jubilados, son nonagenarios o en el peor de los casos ya no están con nosotros. Los hijos de aquellos temporeros hemos olvidado de dónde venimos, ahora vivimos en un país que es productor de vinos excelentes; un país rico y moderno, como era Francia cuando nosotros teníamos que emigrar.
Desde los ojos de una personita de piel blanca de once años, puedo ver claramente las imágenes en blanco y negro de la partida de mis padres, pero también sentir el abrazo del reencuentro.
Desde los ojos de una personita de piel negra de once años, que sale de su país con lo puesto porque cree que no puede haber nada peor que quedarse donde está, solo puedo ver desesperación.
Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, somos incapaces de reconocernos en las personas que llegan a nuestro país simplemente a trabajar, a mejorar su vida y la de sus familias, a disponer de un futuro o en el peor de los casos a huir de la guerra, la persecución y la hambruna.
La fotografía del presente incluye una copa refinada de vino reflejo del tradicional clarete. Un lujo y, al tiempo, anestesia para calmar la desazón que produce esta vida extraña, donde ponemos el foco en lo externo, en lo que podemos producir, computar, facturar, exhibir, demostrar. Respiramos en ausencia de oxígeno, nos ahogamos lentamente.
El vino elaborado con uva de la variedad Albarín representa lucha y tesón, marinados con bastante cabezonería y arraigo a la tierra. Representa a un tipo de hombre que luchó por mantener una cepa única cuando el mercado promovía su desaparición y conseguía que se replantaran las tierras de verdejo blanco que en ese momento estaba en alza.
En ocasiones hay personas que tienen otra mirada, que son capaces de mantener sus convicciones, sentir lo que vale la pena mantener porque es único, porque pertenece a un lugar que lo hace emblemático y valioso y porque consideran relevante mantener la identidad y las raíces.
He caminado sintiendo esas raíces, quiero sujetar la tierra y conservar en la piel la suerte de mis antepasados para poder comprender lo que sucede, fundir vías de ferrocarril y maletas con pateras y esperanza. No me aferro al pasado, pero tampoco rechazo lo que nos enseña; aprendo de esa resiliencia silenciosa y de todo el sufrimiento que lleva implícito. Es posible que me ayude a interpretar el presente, a entenderlo, a encajarlo para no volverme insensible, indiferente.