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Palos de ciego

La riqueza de nuestra lengua también se esconde en nuestros pueblos

Palos de Ciego Nº10 -Octubre/2026- Mercedes González Rojo

1. Cantueso, comúnmente conocido en algunos lugares de Andalucía como tomilloCuando hace ya algunos años comencé una fase profesional que me llevó por muchos pueblos de la provincia llevando formación y cultura a la población de los mismos (fundamentalmente mujeres, porque eran casi exclusivamente ellas las que acudían a las actividades) me encontré con una realidad que, en muchos casos, hacía que aquellas participantes se avergonzaran en parte de sí mismas. A día de hoy parece muy lejano hablar de lo que eran los coletazos del pasado siglo XX (vamos, otro siglo, nunca mejor dicho), pero ahí estábamos, y gran parte de la oferta formativa para personas adultas que en aquel momento se ofrecía en las diferentes comarcas de nuestra provincia, estaba organizada por animadoras y animadores de los CEAS (la mayoría también eran “ellas”), Centros de Acción Social, cuya tarea parecía estar mucho más presente en los pueblos que a día de hoy,  preocupándose por buscar,  de manera individualizada, profesionales con proyectos que se adaptasen a la realidad y a las necesidades culturales del territorio y la gente que vivía en el mismo y no empresas que lo mismo sirvan para un roto que para un descosido. Y así, con el paso del tiempo, fruto de un claro cambio de políticas, y sin duda de otros asuntillos más,  las cosas se han ido yendo por otros derroteros mientras aquellas profesionales se van poco a poco jubilando. Todo ello ha ido cambiando el perfil de las actividades y, en parte, también el perfil de quienes asisten a ellas, porque los pueblos han ido transformándose a través de quienes los habitan. Y sin embargo, hay realidades que siguen sin cambiar.

          Mis primeras incursiones en la tarea que comento, y que pone el marco al tema de hoy, comenzaron en territorio atendido por  el CEAS de Villablino, pueblos algunos de ellos bien metidos en la montaña.  Luego vendrían otros lugares repartidos por Cabrera, Bierzo, la conocida como Montaña Leonesa y resto de la provincia; en muchas ocasiones pueblos a los que casi nadie quería desplazarse, fundamentalmente por el tiempo que implica llegar a las mismas. En la mayoría de aquellos pueblos, aparte de esa mayoritaria sino total presencia femenina, una característica común se hacía patente: el hecho de que muchas de las personas que asistían a las actividades, continuamente, se me disculpaban por, según ellas, “hablar tan mal”. Es cierto que, en ocasiones, yo no las entendía cuando utilizaban determinadas palabras, pero el problema no era tanto que ellas hablaran mal sino que yo misma desconocía algunos de los elementos a los que se referían con sus palabras o expresiones,  a menudo ligados al mundo del campo o de la naturaleza, o que –proveniente de una comarca muy diferente a la suya- los conocía bajo otro nombre. Y si a esa diferencia unimos el tema de los acentos que –según la comarca- cambian tan a menudo, la cosa se me complicaba aún más. Y es que, en este sentido, he de reconocer que yo nunca he sido muy buena con las lenguas, y que tengo lo que se dice un “oído bastante duro”, quizá por una profunda sensación de ridículo que se instaló en mí siendo apenas una niña desde una temprana experiencia vivida (aún no había cumplido los cinco años), aunque apenas la recuerde más que desde la repetición del relato paterno, algo que tal vez en otro momento pueda compartir. Sin embargo, y a pesar de esa dificultad de entendimiento entre ellas y yo que a veces surgía, para mí no era necesaria esa continua disculpa que repetidamente me encontraba en sus labios, porque si es verdad que, inicialmente,  a veces no entendía de lo que me estaban hablando, jamás se me ocurrió pensar que el fallo era de ellas que eran las que hablaban sino más bien mía que desconocía muchos de los aspectos, elementos o circunstancias a los que se referían: objetos que no había llegado a conocer nunca, labores cuya realización ignoraba por completo, etc., etc. Y así, más de una vez les llegué a referir, en relación con el mundo de las plantas, en cuya nomenclatura diferíamos bastante, una anécdota personal vivida en una etapa en la que me encontraba en tierras de Andalucía.  Allí, en una visita a la Sierra de Cazorla se me dio la circunstancia de discutir largo y tendido con una amiga, andaluza, claro está, por la hierba aromática que se extendía a nuestro alrededor. Ella me señalaba la abundante presencia de tomillo y yo, por mucho que me empeñaba en mirar, no veía a mi alrededor ninguna de las variedades que yo conocía bajo ese nombre en nuestra provincia sino más bien una amplia presencia de cantueso (la lavanda silvestre de nuestros montes). Al final resultó ser que, de alguna manera, ambas teníamos razón porque uno de los nombres que esta planta tiene en algunas zonas es la de “tomillo de san Juan”; vamos, para abreviar, tomillo a secas. Venga esta pequeña anécdota a ilustrar  como nuestra cultura, y en especial nuestra cultura rural, es todo un mundo que encierra una riqueza inmaterial incalculable que no deberíamos dejar perder, aunque solo sea para custodiarla dentro del bagaje personal de cada uno de nosotros.

2. En la memoria de las personas mayores que aún quedan en los pueblos siguen guardadas palabras y expresiones que no deberíamos permitir que se pierdan.En aquel entonces, en más de una ocasión me costó  hacerles entender que la mayor parte de las veces esas palabras que durante años les hicieron sentir de menos, no eran producto de la ignorancia (como durante décadas les habían inculcado incluso desde la escuela, a través de un cuerpo de maestros instruido para igualar identidades) sino de diferentes realidades heredadas de una cultura ancestral que había ido evolucionando de manera distinta en cada comarca, con lo que eso supone de elemento identitario propio y de riqueza territorial. Y es que, mientras en otras regiones se había luchado por defender ese lenguaje propio, en León se había intentado hacer tabla rasa y homogeneizar el lenguaje con el castellano normalizado, una realidad que afortunadamente hoy va cambiando poco a poco lo que nos permite rescatar nuestra riqueza patrimonial que no tiene por qué anular la presencia de lo normalizado. En este sentido yo he de reconocer que, personalmente, he aprendido mucho en mi periplo laboral por los pueblos de nuestra provincia, todos muy parecidos en lo básico, todos muy diferentes, lo que me hace insistir en lo importante que es reconocer a cada cual sus méritos y resguardar del olvido todos esos elementos diferenciadores, que son la base de lo que hoy somos, como cultura.

Centrándonos precisamente en lo que al lenguaje se refiere, en gran parte, esa riqueza de la que hablamos ha quedado salvaguardada en la memoria de todas aquellas personas que, viviendo o no en nuestras zonas rurales, han sabido ser fieles a nuestras raíces. Es cierto que el lenguaje evoluciona, el lenguaje se contamina, pero esta realidad no debería servir de disculpa para hacernos perder palabras tan bonitas y tan nuestras, a veces también palabras tan crueles, como las que salpican nuestro lenguaje diario (la mayor parte de las veces sin ser conscientes de ellas hasta que las utilizamos en un ámbito geográfico muy diferente al nuestro). Nos ha costado hacernos conscientes de esas diferencias que enriquecen nuestro lenguaje, y a la percepción de las mismas como riqueza y no como muestra de un empobrecimiento cultural vienen a contribuir diferentes circunstancias: la presencia de cada vez más autores que utilizan variantes de esa lengua astur-leonesa que hasta bien poco no se reconocía, la creación de esa Cátedra de Estudios Leoneses (ligada a la ULE) con proyectos encaminados a salvaguardar y extender el conocimiento de usos lingüísticos propios, el reconocimiento de personas como Eva González Fernández, madre del pachuezo, y una de las protagonistas del proyecto “Rescatar la Memoria” en el que la hemos incluido… Y mucho más recientemente, en este mismo año,  la edición de un nuevo libro sobre lenguaje escrito por la filóloga leonesa Margarita Álvarez,  proveniente de la comarca de la Omaña. Hablando en femenino. Mujer y lenguaje, es el cuarto libro dedicado a esta disciplina, el lenguaje, escrito por esta autora, junto a otros dos centrados más en el habla de  comarca omañesa (El habla tradicional de la Omaña Baja, 2010; y Omaña, la voz del agua, 2024) y uno más genérico como fue Palabras hilvanadas: el lenguaje del menosprecio (2021). En todos los casos, tanto los más genéricos como los más comarcales, a través de ese rescate y análisis del lenguaje que nos deja en cada uno de ellos, nos hace conscientes de que las verdaderas guardianas de las raíces de nuestra cultura siguen estando en los pueblos, cada vez menos, es cierto (son los inevitables efectos de la globalización) pero aún sigue siendo así; personas, mujeres y hombres, que aún guardan en su memoria, sino en su decir diario, como se nombraban las cosas, las labores, los sentimientos, las emociones,…, en cada uno de los lugares de los que procedemos. En algunos casos, tal vez salvaguardarlas ya no sea posible, al menos desde su presencia, pero igual rascando un poquito en la memoria que guardamos de ellos y de su relato cotidiano, seamos capaces de rescatar algunas.

Y no, no es nostalgia, es, simplemente, reconocer el valor que cada cual tiene en la evolución de un lenguaje y una cultura. Y no dejarnos homogeneizar por otras que vienen de fuera sino enriquecernos con aquellas y con estas. ¿O acaso no es más bonito e interesante rescatar nuestro propio lenguaje que dejarnos llevar por extranjerismos cuyo significado nos cuesta entender muchas veces?

A nuestro alrededor se esconden palabras capaces de definir mucho más exactamente todos y cada uno de los elementos que conforman nuestra verdadera cultura, nuestras auténticas raíces. Y, sin necesidad de tener que renunciar a lo que se nos viene encima en este mundo cada vez más globalizado, escarbemos en el significado de esas palabras, de esas expresiones que nos acompañaron desde nuestra infancia, impidiendo que se pierdan para siempre. Así que, por mi parte, gracias a todas esas personas que, como Margarita, se esfuerzan en rescatarlas y en explicarnos su significado y su evolución. Y para los demás, recomendarles leerlas y, sobre todo, invitarles a recoger el vocabulario de quienes aún habitan nuestros pueblos custodiando el conocimiento de aquello que se ha ido perdiendo pero también de lo que aún permanece. Para que podamos seguir viviendo en un mundo polivalente donde, además de lo común, también seamos capaces de conservar lo que nos diferencia. Porque la globalización total, la homogeneización, sirve para empobrecer la mente en vez de seguir haciéndola crecer.

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