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Palos de Ciego Nº 10 -Octubre/2026- Nina Peñasacra
Muchas cosas suceden o pueden suceder cuando la mollera se deja a la deriva, dejando que penetre así en el instante que estás viviendo. Como ahora mismo si, por ejemplo, estás sentad@ un ratín en el escaño de tu cocina. Si tienes una ventana detrás y al sol le ha dado por acariciarte, puede arderte la cabeza como a los del purgatorio antes de que un jeque de fumata blanca dijera que ha dejado de existir. Es entonces cuando haces un minúsculo movimiento de nalgas y percibes los millones de años de luz que te has desplazado. Este mínimo gesto ha hecho que la minina que duerme a mi lado entreabra los ojos para luego hacer una caída de párpados a lo Bette Davis. Sigue sin inmutarse, ni de la estrella más cercana, ni del tiempo que nos dicen que transcurre, y menos aún de mí (salvo comida/bebida, limpieza de arenero y adoración incondicional). Cuánto que aprender de los de cuatro patas, una alerta que pasa desapercibida al disfrazarse de una apacible pereza.
Ya desde otra perspectiva, y una vez eliminado el limbo áureo que a la vez hacía la función de somnífero, la atención recae sobre la mesa de madera. Es lo que tiene la curiosidad, que va por libre, no responde al algoritmo, te susurra que el salvaje oeste está en el Polo Norte, y punto. El mueble no es que contenga nada en especial, aunque opino que podrían escribirse verdaderos y mentirosos tratados, ensayos, relatos, cuentos, guiones, antídotos, prospectos …o lo que sea que se le ocurra a algún extraterrestre vecino, de todo lo que pueda discurrir alrededor de una mesa. ¿Cuántos secretos y representaciones teatrales han soportado en sus digestiones? Solo ellas lo saben. Incluso han hecho huelga; convocado una asamblea y, bajo un emblema que consiste en un escudo con unas iniciales, como pudiera ser la de cualquier administración pública o empresa privada y un logo (en este caso una mesa redonda al estilo artúrico); han decidido por unanimidad dictaminar oídos sordos a los ruegos y preguntas ajenos. O sea, los comedores y bebedores que las soban con los codos apoyados. Los periféricos, vamos. Mención aparte merecen las mesas de despacho…. ¡Uy! Eso es harina de otro costal. Sin comentarios, bastante tengo con la de la cocina.
Encima:
1) Hojas de un taco de calendario jesuítico, algunas de las cuales están echando a andar sobre sus letras y se introducirán con calma en las solapas de algún libro que sea de su temática. Las otras se están poniendo en modo papiroflexia y forman pequeñas aves que a punto están de planear hacia la papelera de reciclaje del PC en forma de bolsa de cartón para reciclaje; que para eso pagamos el impuesto. Una en forma de ave fénix se ha puesto rebelde, así que antes de que la dé por renacer y tener autonomía propia la he soplado y se ha convertido en ceniza. Me sorprendo y me regaño por mi actitud, ha sido un acto reflejo heredado de no sé qué. ¿Seguro de no sé qué?
2) Un bote de miel de un apicultor de la zona, sin pegatina en el cristal, solo color y sabor. La tapa estalla como una botella de champán sin París y con una elegancia felina sale volando la abeja reina con una corona roja del Bajo Egipto. Es entonces cuando te acuerdas de los zánganos, las obreras, las pirámides y el Ojo de Horus que todo lo ve, y ahí lo dejo, ya que… ¡Uno! Como dijo Marco Aurelio “Lo que no es malo para el panal, no puede ser malo para las abejas”, o ¡Dos! “La fábula de las abejas” de Bernard Mandeville: los vicios privados hacen prosperidad pública.
3) Y un cesto antiguo de alambre que contiene un solo huevo. Claramente pertenece a la casta de los que se niegan a que se les estampe un sello y meterse dentro de un cartón serigrafiado en el mejor de los casos. El resto de los que me trajo a comienzo de semana mi colindante Evelio, después de entablar una áspera conversación con su gallo-despertador-fin de semana, se han convertido en pasado. Lo miro y está justo en el centro, contenedor de algún multiverso que guarda el misterio de los misterios: ¿qué o quién fue antes? Del huevo prefiero no hablar, me produce un temblor sagrado que con solo pensarlo sacude el suelo de barro cocido y me pone los pelos tan eléctricos que al final acabo elevándome hasta tocar con ellos en el techo. Acabada la descarga, me doblo hacia un lado como las flores de mariposa moradas que se cierran al oscurecer. Hundo mi cabeza en un enorme cojín para disfrutar de uno de los mejores inventos humanos: la siestina, el descanso de las neuronas hastiadas de tanta exigencia productiva.
Mientras le paso el dedo índice por la barbilla a mi gata; las hojitas del calendario, la miel y el huevo se convierten en eso.