Cucaracha
Palos de Ciego Nº3 -Marzo/2026- Ignacio Chavarría

Con la mano abierta, con la mano cerrada, con la mirada torva, con el habla vana, hasta el silencio te para.
El portazo. Se va. Esperas que un día no regrese, que no vuelva más; lo esperas porque tú no te atreves a marchar. Aprovecha. Aprovecha ahora que no está. El portazo lo dejó fuera. Aprovecha. Llena con tus cuatro cosas esa vieja mochila con la que llegaste y vete.
¿No?
Es el miedo, ese nudo en el estómago que te detiene incluso en la soledad. Porque no eres nada, eres nada en la nada, menos que eso, una cucaracha.
¿Dónde irás? No puedes: tienes tu collar, un collar al cuello, un collar de perro atado a la cadena de sus silencios. Con la palma, con el puño, con desprecio, con abusos, hasta las caricias te dañan. No te atreves. Temes que descubra tu huida, escuchar sus llaves chocando, dispuestas a abrir la puerta cuando tú te vas, cuando no estás preparada. ¿Estarás algún día preparada?
Los silencios que desprecian. Cucaracha. ¡Tú qué sabrás! Nada. Te sientas en la cocina, te duele el alma. ¿No deberías limpiar? ¿Cocinar? Esas cosas para las que apenas sirves, pero que te dan derecho a existir.
Te tiemblan las manos. Se acelera tu pulso. Lo va a notar. Notará, cuando llegue, que quisiste marchar. Desagradecida. Con todo lo que hace él por ti.
Con el cinto, con cariño, ¿consentido?, aunque no quieras, te usa con descuido.
Escuchas sus llaves chocando, dispuestas a cerrar: a cerrar tu voz, a cerrar tu llanto. ¿Por qué lloras, si no te ha tocado? Todo lo exageras; le volverás loco.
Es un hombre, como todos, buena persona. ¿Buena persona? Le provocas.
¿Por qué le provocas?
Fuera de casa todo son risas; dentro, el silencio. El aire pesado, irrespirable. Huele a campo. Huele a vino. Huelo a miedo.
Con el vientre vacío, con los ojos perdidos, con su semilla, sin tu niño. Puede que un día. Tal vez un día. Sí, llegará un día en que el miedo desaparezca; que puedas mirar una mano sin esperar el golpe; que tus palabras salgan seguras. Sin temor al desprecio. Miras por la ventana, las cigüeñas se marchan, se van sin ti como se fueron los inviernos, como se vaciaron los campos, dejándote sola entre adobe callado.
Puede que llegue esa metamorfosis: que ese día me acueste cucaracha y me levante persona. Pero debo ser yo. Con la frente limpia, con el alma en calma, con valor, con voz, con el aire fresco acariciando mi cara.