Somos demasiados en casa
Palos de Ciego Nº4 -Abril/2026- Monse Robles Castro

En mitad de la noche oscura, mientras dormíamos, escuchamos unos extraños ruidos dentro de nuestra habitación. Deben de ser las cuatro o las cinco de la madrugada, estamos profundamente dormidos, cuando de pronto nos despierta un ruido. Todo está oscuro y tranquilo, pero cada poco rato oímos un extraño rascar, parece que en el suelo o en un rincón de la habitación. Es como un ruido de sierra, ras, ras, ras…
La noche siguiente se repite lo mismo y las noches sucesivas también. Ras, ras , ras…
Miramos y miramos, pero no vemos nada. Cuando caemos en la cuenta, resulta que tenemos compañía en casa, en nuestra casa de adobe y madera, de más de cien años. Una casa llena de rincones oscuros y acogedores. Demasiado acogedores me temo.
Un día entro en la despensa a coger legumbre, cuando nada más cruzar la puerta veo a dos o tres ratones correteando apresurados entre los tarros de las repisas. Pero en un instante han desaparecido.
Otro día estamos sentados en el sofá tomando algo y charlando con un amigo, cuando de pronto, un pequeño ratoncito aparece en una esquina, nos mira con curiosidad y atraviesa la habitación hasta el otro lado, con toda tranquilidad. No os creáis que se apresuró a correr como un loco. No. Está claro que estaba en su casa.
Son los nuestros unos ratones chiquititos, no esas horribles ratas de alcantarilla. Grises, redonditos, peludos, de hocico curioso y pequeñas orejas redondeadas. Pienso que es posible que sean ratones de campo, pues nuestra casa está al mismo nivel que la huerta y el jardín. No hay escalones ni barreras arquitectónicas que nos separen del mundo natural. La casa y la huerta son un todo continuo.
Aunque en nuestra familia somos bastantes tolerantes con las supuestas incomodidades de la naturaleza, creo que ha llegado el momento de hacer algo al respecto. Somos demasiados viviendo en la misma casa. Demasiada densidad de población. Ras, ras, ras…
Descartamos el uso de raticida, no queremos envenenar a los gatos del pueblo. Muchos gatos mueren por comer ratones envenenados.
Ponemos trampas. Pequeños cepos con un trocito de tocino o queso. Y debo reconocer, en honor a la verdad, que fueron muy efectivas. Ufff… yo no sé cuántos ratones cayeron. Muchos realmente. Nunca pensé que tuviéramos tantos en casa. Pero vivimos en el campo…
Sucedió que por entonces apareció una gata callejera en la huerta. Estaba muerta de hambre y se quedó con nosotros. Pasado un tiempo desapareció, pero nos dejó un precioso gatito rubio: Rayo, del que ya he hablado en otra ocasión.
Rayo no es un gran trabajador. No es un gato “murador”. En nuestra zona el verbo murar significa cazar ratones. Así se dice de un gato que es “buen murador”. Pero el nuestro no lo es. Realmente en cuatro años sólo lo he visto una vez con un ratón. No nos deja regalitos en la puerta: pájaros, ratoncitos, topillos, murciélagos, como suelen hacer los gatos para ganarse el jornal. Él se dedica a dormir unas catorce horas diarias, comer y ronronear. Tiene buen carácter. Menos cuando desaparece durante semanas. Pero esa es otra historia.
Sin embargo, lo curioso del caso es que, desde que hay gato en casa, no ha vuelto a aparecer ningún invitado no deseado. Nunca más. Y eso que nuestro gato no caza. Creo que con su olor es suficiente para alejar a los roedores.
Lo bueno del caso es que se ha resuelto el problema de la forma más sencilla y natural.
La naturaleza es sabia y tiene soluciones para todo. 😊