Palos de ciego

Conflictos Rústicos

Palos de Ciego Nº 4 -Abril/2026- Concha Lucas

Habito lo rural desde hace años, y no puedo decir que sea un ejemplo de Fuga Mundi, con el coche en la puerta y el supermercado, la farmacia y el cajero a cinco kilómetros.

Sé que no soy muy diferente de Thoreau viviendo en su cabaña no muy lejos de la casa familiar, recibiendo semanalmente la ropa limpia y los túpers que le preparaba su madre.

Al mismo tiempo, pesa sobre mí la presión social, propia y ajena, por haberme exiliado a este entorno que Occidente decidió residual y periférico, marginal y friki.

Presión social que me hace parecer rara por querer venir a compartir territorio con este grupo de personas que, tozudas e incordionas ellas, no acaban de marcharse a la ciudad, que es lo que querrían algunos, para ahorrar recursos médicos, colegios, transporte y servicios y dejar el campo libre a los huertos solares, parques eólicos, macrogranjas, papeleras y cualquier otro proyecto inventado por la bestia extractiva que sujeta esta civilización, cuyo único deseo es campar a sus anchas por estos montes, para pegarles tarascadas y mordiscos, libre de toda esta gente que tanto le estorba.

Así es que me muevo entre la sensación de peatona privilegiada que pudo escapar de la trituradora urbe y la peatona insensata que se complica la vida viniéndose al pueblo, en un permanente conflicto que me hace parecer marciana frente a Bonifacio, que lleva un montón de años sentado al sol a la puerta de casa, después de dejarse el lomo y la vida trabajando el trigo, la avena y el centeno, y que se apoya en su cacha, tranquilamente, mientras nos hace a todos la ficha, sabiendo de memoria quién es quién en esta pequeña muestra del mundo.

Soy consciente de que mi huida ha sido por elección, de que en la misma situación en la que otras personas se limitan a soñar, yo he podido reunir los recursos suficientes para comprar una casa, que se cae, pero casa, y para creer en mi deseo/proyecto que, aunque insensato y poco práctico, he podido llevar a cabo con razonable éxito.

Habrá quien diga que haber sentado mis reales en este simulacro de fin del mundo es poco lógico, pudiendo pasar mi vida cerca del cine y del centro comercial.

Y que, como decía mi abuela, “buena gana de complicarse la vida”.

Y aunque mi madre no viene con el túper y el saco de la ropa limpia, estoy segura de que un helicóptero o una ambulancia me evacuaría, si fuera necesario, para llevarme al hospital.

Aun así, quiero pensar que poner el cuerpo en lo rural es una forma de militancia, que ocupar un espacio, cuando este es residual, pasado de moda y fuera de los circuitos en el candelero, es como ser enlace sindical, o empeñarse en escribir una novela, o acoger una criatura en casa.

Es eso que haces sabiendo que traerá más problemas que otra cosa, pero que te pide el cuerpo a gritos.

Es el Colgado del tarot. Esa carta en la que, cabeza abajo, el colgado asume su difícil postura con expresión beatífica, desde la paciencia y la iluminación. Es el compromiso aceptado. No como una decisión que tiene que ver con el deber o lo mental, sino con lo instintivo.

Es aquello que acaba reuniendo lo que te apetece con lo que debes.

Habitar junto al monte me pone a salvo de una civilización que me araña por dentro, de la vuelta obligada a la ciudad al acabar el fin de semana, al atasco, al continuo ruido del tráfico, a la mierda hormigonada.

Es donde poder hacer fuego a diario en invierno, oler a tierra todo el año, pasear por el bosque un día cualquiera después del trabajo y contemplar cómo una vaca pasa bajo mi ventana después de medianoche, juerguista y prófuga, que se le escapa al vaquero de vez en cuando.

Al mismo tiempo, deseo ser útil para este suelo que me acoge y convertirme en un obstáculo recalcitrante y molesto cuando al animalito civilizatorio le dé por venir a hozar por estos prados, a hincarnos el diente.

En definitiva, me sostengo en precario equilibrio sobre el alambre de mis conflictos y, aun así, quiero pensar que sumarme a este colectivo denostado, superviviente y tozudo me incluye en una simbiosis de beneficios recíprocos.

Que así sea.

Y que no falte el baile y los bares en los pueblos.

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