Parásitos
Palos de Ciego Nº4 -Abril/2026- Ignacio Chavarría

Esta mañana he visto a mi primer lobo en libertad. Paseaba con mi perra por uno de los muchos caminos que comunican los pueblos ajenos a las vías asfaltadas.
A mi derecha, en uno de los prados, pastaban las vacas. Me llamó la atención que hacían cosas raras… no las que hacen normalmente las vacas: éstas eran raras incluso para ellas. Se movían de un lado a otro, como una marea parda sobre el verde prado. En medio, un par de becerros eran pastoreados por la manada. Mugían las madres con llamadas de aviso, insistentes, intranquilas.
Me quedé un rato mirando. Evidentemente, no era yo el motivo de tanto trasiego, ni era mi perra, que olisqueaba intrigada el aire a mi lado. Había algo más. Fijé la mirada donde ellas miraban, hacia donde apuntaban sus defensas, y me pareció ver un animal moviéndose rápido de lado a lado.
En un primer momento imaginé, en mi ignorancia de ciudad, que era un perro que cuidaba la vacada. El animal se movía en horizontal, intentando rodearlas, y ellas le ofrecían un parapeto de cuernos y pezuñas.
Grité.
Fue algo instintivo, esa manía que tenemos los humanos de interferir donde no nos llaman. Entonces lo pude ver. Al oír la voz, se irguió y me miró. Nos miramos. Un instante. Estaba lejos. Mi perra gruñó y se deshizo el hechizo. El animal empezó a trotar, alejándose, mirando de vez en cuando hacia atrás, hacia mí. Cruzó el sembrado hasta el linde de árboles que arropan el río, y se paró allí un momento. Respiré. Y desapareció. Un lobo, joder. Mi primer lobo.
¿Qué hacía ese animal solo a las afueras del pueblo? Supongo que sobrevivir. Puede que los incendios de este verano hayan arrasado su casa. Puede que ya no tenga bosque donde esconderse. Puede que le falte caza, o que le hayan perseguido tanto que ya le dé todo lo mismo y vaya, a pecho descubierto, sable en mano, hacia el enemigo, buscando la muerte.
Puede.
Lo que sí sé es que es culpa nuestra. Todo es culpa nuestra: los incendios, las inundaciones, los desprendimientos, los virus, las enfermedades, las muertes, las extinciones. Somos los culpables.
Creemos que somos colonizadores, gallardos aventureros, descubridores de mundos, pero somos parásitos. Enterramos el agua desangrando los campos. Asfaltamos la tierra, ahogándola hasta que hiede a muerte. Encerramos, matamos y usamos animales. Recursos; como si fueran nuestros, como si tuviéramos derecho.
No nos damos cuenta de que compartimos este mundo. O sí; somos conscientes, pero nos importa un carajo. Podemos, pero no debemos, y lo que debemos hacer no queremos.
Nos estamos convirtiendo en los próximos dinosaurios. La tierra se está defendiendo y, cuando encuentre la vacuna, tal vez —con suerte— desapareceremos. Y entonces los lobos volverán a aullar libres las noches de luna llena.