Lex Ciconiaria
Tendemos a pensar que lo antiguo siempre estaba cubierto de barbarie y que el progreso, gracias a Dios, nos ha ido civilizando. Sin embargo, muchos de los avances actuales en lo referente a la calidad de vida que disfrutamos vienen de esos antiguos bárbaros. Pongo por ejemplo la Lex Ciconiaria, que fue aprobada por el Senado romano aproximadamente en el siglo II d. C., dentro del periodo del Alto Imperio romano. Esta ley era una antigua norma romana y griega que obligaba legalmente a los hijos a cuidar de sus padres ancianos. Se basaba en la observación del entorno, de la naturaleza que les rodeaba y con la que estaban en contacto; y, sobre todo, en la capacidad de aprender y aplicar lo observado.
Derivado del latín ciconia (cigüeña), el término refleja la observación del comportamiento de estas aves, a las que se atribuía la crianza de sus progenitores cuando estos envejecían. La ley representaba la reciprocidad del cuidado: así como los padres cuidan a los hijos en la infancia, la ley garantizaba que los hijos protegieran a los padres en la vejez.
¿Te suena?, pues sí, nuestra actual jubilación tiene ahí sus raíces. Gracias a las cigüeñas, actualmente podemos dedicar nuestra vejez a viajar, a hacer crucigramas o a ver obras. Al gusto de cada uno.
Pues basta con salir de las ciudades, con desviarse unos kilómetros de las autovías, para comprobar que esa promesa se rompe. En nuestros pueblos, la vejez no se parece a esa imagen idealizada que nos gusta proyectar. En nuestros pueblos, la vejez, en muchos casos, duele.
Duele en las piernas que ya no conducen, en los horarios de autobuses imposibles, en las consultas médicas que desaparecen. Duele en las casas grandes que se quedan demasiado vacías, en los inviernos largos, en el silencio que no siempre es buscado.
Hemos construido un sistema que protege, sí, pero que a menudo no acompaña. Que se cobra, pero no se distribuye equitativamente. Que reconoce en teoría, pero olvida en la práctica. Y en ese olvido —en esa cita médica que no se cubre, en ese transporte que no existe, en ese trámite digital que nadie sabe hacer— se va perdiendo algo más profundo que un servicio: se pierde la dignidad.
Quizá el problema no sea solo institucional. Quizá también sea nuestro. Porque mientras las ciudades crecen y concentran recursos, los pueblos envejecen y se vacían. Y nosotros, los que nos fuimos, los que miramos de reojo desde la distancia, hemos aceptado esa deriva como si fuera inevitable.
Pero no lo es.
Hubo un tiempo en que bastaba mirar a una cigüeña para entender cómo debía organizarse una sociedad. No por romanticismo, sino por sentido común: quien ha cuidado, debe ser cuidado. Sin excusas, sin atajos, sin lugares que lo condicionen.
Hoy seguimos viendo cigüeñas en los campanarios y postes de nuestros pueblos; siguen ahí, puntuales, ajenas a nuestra vida y a nuestras leyes. Quizá deberíamos mirarlas un poco más; no para idealizar el pasado, sino para crear el presente.
Y tal vez, si lo hiciéramos de verdad, no podríamos evitar sentir cierta vergüenza.