Editorial Palos de ciego Nº8
Palos de Ciego N8 -Agosto/2026- Editorial
Orgullo o prejuicio
Hay palabras que cambian su significado con el tiempo; para algunos, durante siglos, orgullo fue un pecado. Uno de los siete capitales, el que acusa la soberbia del poderoso que se cree por encima de los demás, la arrogancia del que desprecia, la incapacidad para reconocer los propios errores, incluso de exponerlos como virtudes. Pero las palabras hablan de la vida y, como ella, también evolucionan. Hoy, cuando hablamos de orgullo, casi nadie piensa en pecado.
Pensamos en alguien que deja de esconderse, en quien se supera, en aquellos que saltan barreras y no temen decirlo porque saben que así ayudan a otros a saltarlas también.
El pasado 4 de julio, Barrillos de Curueño volvió a llenarse de gente para celebrar La Cuireño. Hubo música, cultura, encuentros, abrazos, risas, conversaciones que llevaban demasiado tiempo pendientes y calles que volvieron, por unas horas, a llenarse de vida, alegría y color. Celebración.
Muchos vinieron simplemente porque era una fiesta, atraídos por la música, el ambiente o la curiosidad. Y está bien que así fuera. Pero para otros fue un regreso, y hay una enorme diferencia entre ambas cosas. Porque hubo un tiempo en que amar a otra persona podía convertirse en un motivo de exilio. Un tiempo en que la diferencia se castigaba con el silencio de un padre que no aceptaba, de una madre que callaba, con las burlas de los vecinos o con la vergüenza por ser diferente. Un tiempo en que era más fácil hacer una maleta que explicar quién eres.
Por eso esta fiesta significa mucho más que un cartel o un escenario. Es un regreso; el de quienes tuvieron que irse a pesar de que nunca dejaron de sentirse de aquí. Y también el regreso de muchos padres y muchas madres que han recorrido su propio camino. Personas que fueron educadas en otra época, con otros miedos y otras certezas, pero que han sabido hacer lo más difícil que puede hacer un ser humano: reconocer y cambiar. Eso también merece ser celebrado y quizá ese sea el verdadero orgullo. No el de sentirse mejor que nadie, sino el de no bajar la cabeza; el de no pedir perdón por existir; el de caminar por la plaza del pueblo sin miedo; el de coger la mano de quien quieres sin mirar antes alrededor; el de no esconder a un hijo ni esconderse de uno mismo.
El orgullo no consiste en levantar una bandera arcoíris, consiste en no tener que esconderla.
Los pueblos tienen fama de guardar la memoria y, con ella, también los prejuicios. Ambos son tozudos y se resisten a desaparecer. La Cuireño es un intento por cambiarlos, por construir nuevas memorias y dejar atrás anticuados prejuicios. Porque aquí las personas tienen nombre, las historias tienen rostro y los abrazos, cuando son sinceros, valen más que los discursos.
En una época en la que parece obligatorio dividirse en bandos, quizá el mayor acto de rebeldía sea algo mucho más sencillo: reencontrarse, aceptarse y quererse sin condiciones. Quizá también haya llegado el momento de pedir perdón; un perdón sin culpa, de reconocimiento. Perdón por los silencios, por las miradas de reproche, por las puertas que se cerraron, por las palabras que nunca se dijeron, por los abrazos que faltaron. Porque solo quien reconoce el daño puede celebrar de verdad el regreso.
En Palos de Ciego hablamos muchas veces de caminos que desaparecen entre la maleza por falta de uso, de pueblos abandonados, de casas que se derrumban, de memoria que se olvida bajo las cruces del cementerio. Pero también creemos que los caminos pueden volver a abrirse caminando por ellos, que los pueblos se repueblan, que las casas se rehabilitan y que la vida puede llegar cualquier mañana con el llanto de un recién nacido.
Nos gustaría creer que nadie tendrá que marcharse nunca más por ser quien es, y que quien un día tuvo que hacerlo encuentre en el suyo un pueblo dispuesto a decirle: Bienvenido a casa, porque hay fiestas que terminan cuando se apaga la música, y otras empiezan cuando alguien vuelve a casa sin miedo.