A mi abuela le gustaba el fútbol
Palos de Ciego Nº9 -Septiembre/2026- Ignacio Chavarría

A mi abuela le gustaba el fútbol, le gustaba de verdad. Entonces, hace ya cincuenta años, no era fácil verlo en televisión. Mi abuelo era más de encerrarse en su taller, rodeado de maderas, clavos y cola blanca, así que quedaba descartado ir al campo a ver a todos esos muchachos correr en pantalón corto. Ella lo escuchaba por la radio mientras planchaba o cocinaba, y mientras, yo jugaba en su salón con mis coches de juguete.
A pesar de que parecía estar a lo mío, como todos los niños, me enteraba de todo. Un día la escuché indignada; mi abuela era una persona entrañable y tranquila, así que me sorprendió su reacción. Me explicó que el árbitro se había equivocado pitando una jugada y que eso la había enfadado. Dentro de mi cabeza de chorlito, le dije que, si era tan claro que se había equivocado, nada más fácil que rectificar. Ella me dijo: —No, cariño, eso ya está pitado, no se puede rectificar.
Su respuesta creó un cortocircuito en mis tiernas entendederas. ¿No se puede? Me acababa de dar de narices con mi primera injusticia.
Tiempo después —años, para ser exactos—, sucedió otra vez. Os pongo en contexto: estaba viendo una película con mis padres; mi padre, abogado; mi madre, ama de casa. La película en cuestión era Testigo de cargo, un clásico de 1957 dirigido por Billy Wilder. En ella, un abogado defensor, interpretado por Charles Laughton, defiende a un hombre acusado de asesinar a una millonaria. Durante el juicio, un giro inesperado parece indicar que la esposa del acusado —interpretada por la maravillosa Marlene Dietrich— es, en realidad, la culpable. Y con esa certeza, el juez absuelve al hombre.
Sin embargo, después de que él es absuelto, se confirma su culpabilidad de una manera que no permite que sea juzgado nuevamente, quedando libres los dos. Toda una trama, ¿verdad? Esa fue mi segunda bofetada de realidad respecto a la injusticia.
Estaba yo en plena adolescencia contestona, así que bombardeé a mi padre con todo tipo de preguntas sobre el caso: —¿Cómo puede ser que le dejen libre si todo el mundo sabe que él la mató?
Nada de lo que mi padre decía —con todos sus conocimientos legales y su santa paciencia— consiguió convencerme de que eso era justicia.
Creo que nos ponemos palos en las ruedas nosotros mismos, que buscamos excusas, que hacemos trampas al solitario para ser injustos, para mantener la cabeza alta ante nuestros errores y poder decir: “Es que no se puede rearbitrar”, “es que no se puede juzgar de nuevo”, en lugar de decir: “Es que nos hemos EQUIVOCADO.”
Ahora resulta que el VAR puede revisar las jugadas y cambiar. Donde dije digo, digo VAR. Mira tú que sí se puede.
Y por si te lo estás preguntando, no, no estoy hablando de fútbol. Ni de cine.