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Palos de ciego

¿Quién quema el monte?

Palos de Ciego Nº9 -Septiembre/2026- Mercedes González Rojo

Fotografía en blanco y negro de un grupo de chicos y chicas en el campoEn homenaje a todas esas personas que han vivido y siguen viviendo en los pueblos, guardianes de la riqueza que los mismos nos ofrecen y cuyas voces se siguen teniendo “tan poco” en cuenta.

 

Entramos en el mes de septiembre y ya los últimos coletazos del verano parecen percibirse, especialmente en la luz que acompaña nuestros días, pues parece que las temperaturas, propiciadas por este cambio climático que tenemos encima, tan negado por algunos, aún nos deparan días de calor no propios de estas fechas. El verano avanza hacia su término estacional y en nuestras tierras quedan por doquier las profundas cicatrices que los incendios han ido dejando aquí y allá, mientras aún corremos peligro de que se abran otras nuevas. Lo peor de todo es que, detrás de toda esa tragedia ecológica que va transformado nuestros paisajes, quedan también las tragedias personales: gentes, con nombres y apellidos, que han perdido las casas que contenían toda una vida de recuerdos y memoria que ya nunca podrá recuperarse; que, a partir de ahora, sin duda temblarán cada vez que vean alzarse una columna de humo en el horizonte; que no se atreven a ausentarse de su hogar por miedo a lo que puedan encontrarse a su vuelta,  y que, cuando se ven obligados a hacerlo, no dejan de mirar, con el corazón en un puño, hacia el lugar donde este se encuentra. Y es que el fuego no respeta nada y si no hay cerca manos que intenten mantenerlo a raya mucho menos aún.

En estas últimas semanas he pasado, días después de la tragedia, por los paisajes que han sustituido su amplia gama de verdes salpicada aquí y allá por la mancha multicolor de las flores silvestres, peonías incluidas, hasta una escalera cromática en la que solo encontramos una única variedad de grises ampliándose hasta el casi negro del carbón, dejando, donde antes hubo follaje y vida, solo varas carbonizadas extendiéndose hacia el cielo, envueltas en una soledad y un silencio que logran encogerte hasta el alma. Y después de la devastación de las llamas, en algunos casos han llegado las lluvias, y la fuerza del agua, a la que ya nada detiene a ras de suelo, ha ido arrastrando hasta los cauces la ceniza que aún permanece en los campos, llevándose con ellas la poca tierra fértil que pudiera quedar sobre los mismos. Y, en algunos desgraciados casos, hasta alguna vida humana.

Ante la innegable tragedia, hay quienes nos preguntamos qué hay verdaderamente detrás de estas circunstancias, circunstancias en muchos casos intencionadamente provocadas y, en otros, efecto de la desidia sobre una gestión más eficaz que ahora mismo se tendría que hacer de nuestro territorio. Dejo al entendimiento de quien me lea analizar las verdaderas causas por las que se producen unas y otras, pero este problema no es nuevo. Se viene repitiendo en nuestro país, y más concretamente en nuestra provincia, desde hace décadas, aunque en los últimos años los incendios sean cada vez más devastadores debido al cambio climático y, también, al cambio inevitable de nuestros paisajes que, en un abrir y cerrar de ojos, pueden pasar de ser auténticos paraísos a convertirse en kilómetros y kilómetros de tierra quemada que se lleva consigo la rica biodiversidad que conforma actualmente muchos de nuestros paisajes. Y poco a poco, aunque aún sin demasiado éxito, en nuestros pueblos y comarcas, se alza la voz de personas que viven en estos espacios reclamando medidas para evitar que estas circunstancias se reproduzcan año tras año, como si detrás de las mismas hubiera intereses ocultos para hacerles abandonar una tierra que han elegido para vivir en ella, pese a todo y por encima de todo.

Tampoco son nuevas estas voces que se alzan. Hace ya varias décadas existió, en un lugar de nuestra provincia, concretamente en Noceda del Bierzo, una mujer, maestra y poeta, que ya clamaba contra la continua presencia de los incendios en la realidad de los pueblos. En aquel momento, prácticamente como ahora, la inmensa mayoría eran provocados, entonces, fundamentalmente para ganar espacio para pastos. Hoy en día, los intereses que mueven esta realidad serán seguramente otros pero lo que está claro es que estos incendios son cada vez más difíciles de controlar y, por tanto, más peligrosos. Durante estos dos últimos veranos, la situación –fundamentalmente la de nuestra provincia- me ha hecho pensar mucho en ella y en lo que hoy estaría sufriendo al ver nuestra provincia arder por los cuatro costados. Ella se llamaba Felisa Rodríguez, amaba profundamente la naturaleza y trasladó a su alumnado (primero solo niñas y en sus últimos años como maestra ya niños y niñas conviviendo en aulas mixtas) la importancia de respetar el medio que nos acoge y nos da vida, hasta sus últimas consecuencias. Particularmente, me gusta decir de ella que fue una de las primeras (sino la primera) educadora ambiental de nuestra provincia, antes de que se le pusiera nombre a esta realidad. Felisa, maestra de profesión, escritora por pasión, enseñaba sobre y desde la naturaleza a su alumnado, durante casi toda su carrera en el pueblo que la vio nacer. Clamaba contra los incendios forestales (y otros atentados al medio) desde su poesía, al tiempo que propulsaba campañas para concienciar contra los mismos, desde su propia escuela y su propio pueblo, pero también acudiendo a otras localidades que la invitaban para concienciar a la población frente a los efectos devastadores de esta realidad. También su labor fue muy importante desde la prevención pues desde el primer momento abogó por la reforestación de los lugares (quemados o no) con plantas y árboles autóctonos, siempre más resistentes al efecto devastador del fuego. Y así en su escuela se celebraba, desde mucho antes de que estas prácticas se extendiesen como parte del currículo de aula en todos los centros educativos, el Día del Árbol, como una verdadera fiesta en la que estos eran los protagonistas en todos los sentidos. También tenía un huerto con su alumnado, en el que cada miembro de la clase tenía su propio árbol, del que era responsable, estando al cargo de su cuidado y crecimiento como una forma de aprender a valorar en su justa medida lo que la naturaleza nos regala cada día. Durante toda su vida reclamó más medios para la vigilancia y lucha contra los incendios y, especialmente en su localidad de Noceda, abogó para que no desapareciera la variedad autóctona de su flora y que los árboles propios de la zona no desaparecieran en aras de árboles de rápido crecimiento y peor rendimiento ante los fuegos y la biodiversidad. Buscó crear conciencia y lo hizo apoyada en el conocimiento ancestral heredado de sus antepasados intentando que Noceda (y por extensión el resto del territorio) no perdiera su identidad, aspecto que no consideraba reñido con el avance de la sociedad.

El ejemplo de Felisa Rodríguez, sin duda, ha existido también en muchos otros lugares de nuestra provincia, principalmente en lo que a guardar y transmitir saberes se refiere, y así, con respecto a unos de los últimos incendios sucedidos en las pasadas semanas en la comarca del Condado, recuerdo como una vecina de uno de los pueblos afectados, que se salvó de la quema por pelos, me comentaba como una anciana que siempre ha vivido en el mismo se quejaba de la cercanía al pueblo de un pinar cuya presencia se debía a esa (a mi modo de ver) tremenda política que sustituyó las encinas y los robles que durante siglos poblaron nuestros montes por una especie de crecimiento mucho más rápido y que tampoco es propia de muchos lugares en los que se ha implantado. Era la crónica “de un incendio anunciado”: especie demasiado propensa al fuego, lugar demasiado próximo a los hogares de la gente… En esta ocasión, un golpe de suerte, o más bien un golpe de viento que hizo cambiar la dirección de las llamas, impidió que cuando este verano dichos pinos comenzaron a arder el fuego se extendiera también sobre las casas. Otros lugares no tuvieron tanta suerte. En cualquier caso, este pequeño artículo trata de ser un homenaje a todas esas voces que en los pueblos saben mucho más de lo que desde las altas instancias están dispuestos a escuchar, y una petición –a quien corresponda- para que aprendan a mirar y a tener en cuenta a quienes REALMENTE viven en el territorio. Y qué mejor que hacerlo con uno de tantos de esos poemas a través de los cuales nuestra protagonista alzó la voz contra los repetidos incendios que asolaban –también entonces- el territorio.

 


 

Nota: Felisa Rodríguez es una de las protagonistas de mi proyecto “Rescatar la Memoria” con el que cada año tratamos de salvar la memoria de una mujer, en líneas generales profundamente ligada al mundo rural, cuya biografía nos muestra no solo la gran capacidad de resiliencia de las mismas en duros momentos de nuestra historia, también las enseñanzas de vida que nos dejaron y que, como en este caso, siguen estando plenamente vigentes.

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